Edificio de la Agencia Tributaria./
Un viejo chiste cuenta la historia de un turista que deja un billete de 100€ en un hotel.
El dueño lo usa para pagar al carnicero; el carnicero paga al matadero; el del matadero liquida su deuda con la cooperativa; el gerente de la cooperativa salda lo suyo con una prostituta local… y ella, finalmente, paga la cuenta pendiente en el hotel. El turista, insatisfecho, recupera su billete y se marcha.
Resultado: nadie produjo nada, pero todos quedaron libres de deudas.
“¿Todos?”. No. España resiste cual reducto a modo de aldea gala. Aquí, el “billete mágico” nunca llega a cumplir su recorrido: siempre aparece un político que se resiste a la magia, cual Panorámix frustrado —o más bien un Gárgamel recaudador— que interrumpe el ciclo y lo desvía hacia el Estado.
El contribuyente —es decir, casi todos los que leemos esto— asiste al deterioro de su entorno como en un retrato de Dorian Gray: cuanto más paga, más se corrompe el cuadro de la política.
El mecanismo es simple: con tipos que alcanzan hasta el 52% en algunos casos, y sumando directos e indirectos, el único ganador es el político de turno, que actúa como un Gárgamel empeñado en cazar pitufos.
Los números son claros: de los 365 días del año, 34 se van en cotizaciones sociales, 65 en IRPF, 49 en IVA, y casi 80 más en impuestos indirectos como la luz, la gasolina, el IBI o la matriculación. En total, trabajamos 228 días para Hacienda, y solo 137 para nosotros.
Se nos dice que la presión fiscal en España (37%) está por debajo de la media europea. Pero lo que importa es el esfuerzo fiscal real: supera el 52%, 17 puntos por encima de la media de la UE.
Al paganini, es decir, a casi todos los que leemos este artículo, sólo nos queda ver cómo empeoramos, cual retrato de Dorian Gray, pues la democracia está subvertida por quienes, en la práctica, sólo piensan en mantener o mejorar su estatus, a base de corromper la política.
Al final, uno termina añorando el diezmo romano. Al menos entonces, quienes protestaban contra los impuestos sabían que recibirían palos. Hoy, Hacienda golpea con sonrisa tecnocrática y letra pequeña. Solo quien resiste —cual David frente a Goliat— se atreve a plantar cara. A veces, incluso, gana.
En España, el “billete maldito” nunca circula: se evapora en la recaudación, y todos aprendemos, a fuerza de impuestos y burocracia, que no hay magia que salve nuestras deudas. Sólo queda trabajar, pagar… y mirar cómo se corrompe el retrato que pintamos cada día.
Los políticos y el aparato que han montado alrededor hay que pagarlo, y ellos lo hacen a costa de la sociedad, con impuestos y corrupción incluidos.
Sólo la toma de conciencia individual dentro de una sociedad civil sin anestesia puede ser el contrapunto necesario para convertir la partitocracia corrupta por sí misma en una democracia que realmente sirva a sus ciudadanos.
Deja de mirar hacia arriba, mira a tu alrededor, reflexiona y actúa: hay alternativas para quien se atreve a buscarlas. Pero hay que elegir entre píldora roja o azul, mero espectador o actor de tu propio destino. Sin remedio.
Publicado por: fdodominguezc@gmail.com
Fernando Domínguez