Publicada

Cruzando Aragón se entiende eso de que Teruel existe. Los arroyos y riachuelos son los que marcan el transcurso de las carreteras y no del revés. La gallina siempre fue antes que el huevo. El cemento entorpece la mirada en el recorrido que lleva a un lugar que no está a una hora de Madrid en coche pero al que merece la pena ir. Más que incluso clicar.

Trocitos de industria salpican el entorno. Los tejados de pizarra de Biescas anuncian que la nieve está cerca y la masa blanca comienza a aparecer a pie de asfalto. No todos los caminos conducen a Roma, algunos llevan a Formigal de la mano de Cantabria Labs, empresa farmacéutica española con más de 30 años de experiencia líder en dermatología y con presencia en más de 100 países.

En este viaje todo estaba medido al milímetro. Sin embargo, eso no se tradujo en rigidez, sino precisamente en lo contrario, en que todo fluyese. La forma en la que la propuesta estaba planeada es sinónimo del buen hacer de la compañía, que traslada su filosofía a cada acción que emprende.

Tres días y dos noches con la mente casi en blanco —reflejo de las cumbres que, por suerte, no eran borrascosas, aunque de vez en cuando aparecía algún intento de Jacob Elordi sobre una tabla de snow—, jornadas en las que sólo había que seguir una guía, sin tomar decisiones más allá de qué escoger en el bufé de desayuno o si llevar térmica o no para esquiar.

El alojamiento, el Hotel Snö Aragón Hills, y su descanso servían de antesala a todas las propuestas. Por la mañana, un grupo de periodistas se calzaba las botas de esquí y recorría la distancia entre Marchica a un paso similar al que cambió el rumbo del mundo cuando se llegó a la luna. Un movimiento nada estético pero con ganas.

Todo aquel que haya descendido alguna ladera es conocedor de varias cosas: la primera, que más vale ir servido de un buen fotoprotector solar y reaplicarlo cada cierto tiempo para evitar parecer un mapache al día siguiente; y, sobre todo, para zafarse de los problemas cutáneos. La segunda, que es una actividad deportiva que deja totalmente extenuada y que hace que la sensación de hambre esté presente con más fuerza de lo habitual.

Para lidiar con el planteamiento inicial, Cantabria Labs —bajo su línea Heliocare— tiene unos perfectos aliados. En este viaje de prensa han presentado los Pigment Stick Color, que ayudan a prevenir, reducir y camuflar las manchas para unificar el tono de piel. Igualmente, es un buen as bajo la manga el Sport Stick SPF50.

Los fotoprotectores en stick de Cantabria Labs en una foto con estética analógica.

Los fotoprotectores en stick de Cantabria Labs en una foto con estética analógica. Cristina Sobrino

De cara a tratar con lo segundo, funciona desde el clásico plato de pasta a pie de pista —siempre agradecido— hasta una cena en la que cada detalle sorprende más que el anterior y que, de forma inesperada, te sigue dejando con ganas de más. Así fue la experiencia en La Glera.

El segundo día de estancia en Formigal acabó por la noche. Y sí, suena a galimatías, pero tiene sentido. Cuando el agotamiento aprieta, la cama se presenta más apetecible que nunca. Sin embargo, la palabra sorpresa reflejada en el timing de cara al plan nocturno hacía que el anhelo de descubrir qué se escondía tras ella superasen a las de posar la cabeza sobre la almohada.

El bus que nos acompañó en todos los desplazamientos que hicimos en el puerto hizo una vez más acto de presencia. No obstante, las direcciones del conductor despistaban. El camino llevaba de forma clara a la zona de las pistas de Anayet, donde había terminado la jornada de esquí de esa misma mañana.

Conforme el vehículo alcanzaba su destino, Frida, del equipo de Patrocinios de Cantabria Labs, señaló una enorme quitanieves diciendo que ese sería nuestro próximo transporte. Al principio, entre las presentes, risitas a media asta al creer que lo decía en broma. Pero no. Eso de sorpresa, sin duda, comenzaba a materializarse.

Mientras las bocas se abrían y los flashes de los móviles saltaban, el chico a cargo de llevarnos sanas y salvas al siguiente punto nos contaba que no había problema, que cabíamos todas y que en realidad no llevaba tanto tiempo haciendo ese trabajo. No desvelaré cuál de estos detalles era verdad y cuál mentira.

Todas las asistentes al viaje subimos a la máquina con muchas ganas, con un poco de miedo y una extraña confianza. Pero, sobre todo, ilusionadas y, por qué no decirlo, no dando crédito ante la situación. ¿En qué otro momento íbamos a tener la oportunidad de vivir algo así? Nunca se sabe si algo gusta hasta que se prueba, pero no se puede probar si no se conoce.

Y es que, en parte, esa es la clave de La Glera. No es un secreto, pero tampocovox populi. De hecho, en su interior, con suerte, pueden caber 20 o 30 comensales. Pero no adelanto acontecimientos. Estábamos subiendo la montaña y casi en posición vertical, rezándole a todos los santos y confiando en la adherencia de los neumáticos del vehículo.

Poco a poco, el acceso a las pistas quedaba más lejos y más inclinado. Las luces del hotel, al fondo, eran indicadores de la altura a la que se estaba ascendiendo. Arriba, arriba, arriba. Blanco, blanco, blanco.

La experiencia de cena en La Glera, un refugio de montaña a 2.000 metros de altura.

En esa subida, de repente, al fondo, una cabaña casi enterrada en la nieve e iluminada. Habíamos llegado a nuestro destino, en una zona ya accesible para tales máquinas o para esquiadores más aventajados. La sensación al bajar de la quitanieves era impactante, al igual que las vistas. Las siluetas de las montañas cortaban el horizonte, dibujándolo a su antojo y mezclándose con los últimos rayos del atardecer.

En la puerta, el cocinero y el camarero. Dos personas cuya amabilidad se elevaba a la enésima potencia. Entre caras de asombro, el primer momento gastro: un brindis con Veuve Clicquot, un champán que puede llegar a convencer incluso a las que no beben, como la persona que se encuentra tras esta pantalla.

El recibimiento, con Veuve Clicquot.

El recibimiento, con Veuve Clicquot. Cristina Sobrino

De fondo, el crepitar del fuego, que alimenta las brasas ante las que se disponían varias chuletas de vaca que bien merecían ser fotografiadas: "Os mando esto. Vais a flipar. Os encantaría estar aquí", envié por WhatsApp al grupo de mi familia.

Sin más, adelante. El espacio bien podría encajar en cualquier comedia romántica icónica: desde The Holiday a Love Actually. Eso sí, ningún hombre que no supiera gestionar sus sentimientos en la zona. O al menos no de forma notable.

Las chuletas de vaca mayor antes de pasar por cocina.

Las chuletas de vaca mayor antes de pasar por cocina. Cristina Sobrino

La vista agradecía toparse con notas de color y rincones personales que se alejan del minimalismo sin alma imperante en decoración —cada vez más desplazado, por suerte—.

Ante las presentes, un danzar de platos que, a pesar de saciar el apetito, seguían resultando tentadores. Todo elaborado con productos de proximidad. Lo primero que se posó en la mesa: pan, aceite, tomate de colgar y aceitunas maceradas. No se necesita más para arrancar. A continuación, tosta de foie con compota de manzana y pan de cristal.

A los entrantes se sumaron una increíble cecina ahumada con almendras tostadas y aceite de oliva variedad Monegrina; ensalada de tomate y boniato asado con burrata y vinagreta agridulce; y un caldo casero de gallina, cuyo potente sabor se alejaba mucho de aditivos y se acercaba a la idea de kilómetro cero.

Quizás lo más interesante de la propuesta gastronómica sea el detalle de que, en apariencia, era muy sencillo, pero en el paladar sabía especial. Todo gracias a lo que aporta el buen hacer a los fogones y el producto de calidad junto a la amabilidad del personal.

Tras esto, el plato principal, a compartir como el resto: las chuletas de vaca mayor se adornaron en mesa con pimientos del piquillo al carbón caramelizados, patata de guarnición y calabaza asada. Aún mugía, pero se podía pedir al punto deseado. Increíble.

Tras degustar la carne, la pregunta tan esperada como inevitable: ¿quién quiere postre? No obstante, y a pesar de los comentarios que indicaban que todas estábamos llenas, el sí fue generalizado. Al otro lado de la respuesta, una deliciosa tarta de queso que merece volver al momento. Habitar en la memoria un ratito.

El momento dulce.

El momento dulce. Cristina Sobrino

El siguiente paso podía haber sido dormir una siesta en la propia cabaña, pero el camino de baldosas amarillas llevaba de vuelta a la quitanieves. En esta ocasión, el recorrido fue mucho más comedido emocionalmente, en parte por el cansancio, en parte por estar procesando aún lo vivido.

Al final la palabra sorpresa del planning de Cantabria Labs se quedó corta. En la experiencia todo sumó. Nada sobraba. Y hoy en día, cuando se vive de estímulo en estímulo, es difícil lograr que tantas personas estén presentes en el momento. Saboreando platos, conversación y camino.