Inmigrantes que entraron con la invasión y que ahora se encuentran durmiendo en las calles de Los Rosales

Inmigrantes que entraron con la invasión y que ahora se encuentran durmiendo en las calles de Los Rosales Iranzu G. Vergara Ceuta

Reportajes

Entramos en Los Rosales, la otra 'no-go zone' de Ceuta donde las mujeres musulmanas mandan: cobijan a cientos de ilegales

Las mujeres de Los Rosales se encargan de alimentar de su propio bolsillo a cientos de inmigrantes desde la entrada masiva y lanzan un grito de ayuda, ya no pueden más.

Atrapadas en tierra de nadie entre Marruecos y España, sienten que no se comprende su lado humanitario ni su deseo de que los lleven a campamentos.

Más información: El nuevo campamento de Los Rosales provoca un "efecto llamada" entre los migrantes de Ceuta que duermen en la calle

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Entrar al corazón del barrio de Los Rosales de Ceuta de noche resulta casi imposible a no ser que uno de los vecinos te dé su confianza y te abra las puertas de su mundo. Son las mujeres que viven ahí las que acompañan a EL ESPAÑOL para poder vivir desde dentro la situación con la que conviven desde hace 57 días cuando se produjo la entrada masiva.

Son casi las 22.00h de la noche, el barrio está en plena ebullición, la vida se reaviva de forma nocturna en sus calles. Una vez que aparcamos el coche, al bajar del vehículo y dar tan solo unos pasos estamos en el corazón de este barrio.

Las vecinas aparcan los coches cerca de sus casas porque relatan que están "inseguras" con tantas personas viviendo y durmiendo en sus calles: "Aunque están tranquilos, al final no sabes quiénes son y genera inseguridad, pero no sentimos miedo", relata Fátima -nombre ficticio-.

De hecho, conforme van avanzando por las callejuelas del interior de Los Rosales los inmigrantes que se encuentran viviendo en esas calles les saludan con respeto. Ya se han convertido en unos 'vecinos' más del barrio después de convivir ahí durante casi dos meses, y los que todavía les queda.

La estética es parecida a la de las casas marroquíes al otro lado de la frontera las casas llenas de colores vibrantes: rojos, amarillos, azules...que contrastan cultural y arquitectónicamente con la otra zona de la ciudad, con el centro donde son de mayoría cristiana.

Los muros de las casas de esta barriada, que colinda con El Príncipe y Sidi Embarek, sirven de refugio para los cientos de migrantes que viven en las calles.

Pronto llegamos a unas callejuelas justo antes de una plaza que se abre en medio de Los Rosales. Ahí las puertas de las casas están abiertas, las mujeres salen con sillas y se reúnen en las calles para charlar cuando cae la noche.

Por las callejuelas aledañas los inmigrantes que están instaurados ya en el barrio pasean o se reúnen junto a sus teléfonos móviles antes de que se produzca el reparto de la cena.

Enseguida una de las mujeres sale con una caja de cartón grande con decenas de panes dentro.

En total, son 230 bocas que alimentar cada día tanto en la cena como en la comida, desde hace dos meses.

Son las familias de este barrio y, en concreto, las mujeres las que alimentan a estos migrantes -todos hombres, menos una mujer- que continúan viviendo en las calles.

"No tenemos ningún tipo de ayuda por parte del Gobierno, todo lo compramos y cocinamos nosotras", explica Fátima a EL ESPAÑOL.

La suma monetaria de la alimentación de estas personas es enorme. El menú varía cada día y tratan de hacer platos que sean asequibles para el bolsillo: "Si por la noche hacemos potajes, por la mañana bocadillos".

Así tratan de alternar comidas diferentes, por ejemplo verduras o macarrones, para que puedan estar alimentados y de alguna forma con comidas equilibradas en la medida de lo posible.

Tras el reparto de comida entre los inmigrantes que se encuentran en las calles, cada uno coge su cuenco de comida y se lo lleva a su especie de parcela donde tienen sus "pequeños asentamientos" montados.

En total, son 230 bocas que alimentar cada día. Lo que hace un gasto enorme a cada familia que cada día alimenta con dinero de su propio bolsillo a los inmigrantes.

"Damos lo que tenemos y lo que no", explica Fátima, pero la situación ha llegado a un punto en que es insostenible y no pueden más: "Necesitamos que esta situación acabe y se los lleven ya a campamentos", relata Fátima.

El gasto que hacen cada día es grande y el esfuerzo económico también es importante.

A pesar de que están haciendo desde hace dos meses una labor humanitaria por estos inmigrantes, el barrio no puede más y los vecinos tampoco.

Muchos tienen "ataques de ansiedad o sueñan por las noches con todo esto", porque relatan que "a nivel psicológico es una carga muy grande".

Por eso, quieren que "se los lleven a los campamentos" y así puedan "recuperar las calles de nuestros barrios y que no haya gente durmiendo por las esquinas cada día".

Al final, no es agradable para estos vecinos ni para sus hijos que al salir de su casa todas las calles del barrio estén llenas de "gente durmiendo en colchones por la calle".

Quieren recuperar su normalidad y que el Gobierno se haga cargo de estos inmigrantes que cobijan en sus calles y que duermen bajo sus ventanas.

Después de la cena, paseando por las calles del barrio en cada rincón hay colchones, tiendas de campaña, ropa tendida en las calles en una cuerda, pequeños refugios hechos con telas a modo de pequeños refugios con colchones y almohadas para pasar las noches bajo algo de cobijo.

Conforme avanzamos por las calles todos saludan o se retiran de donde están para enseñar dónde están viviendo. Algunos muestran los platos de comida que les dan las vecinas y en un callejón, una madre yace en el suelo tumbada.

No quiere abandonar a su hijo que también está en este barrio y por eso rechazó ir al campamento de la Hípica con el resto de mujeres donde las llevó el Gobierno para protegerlas de las agresiones sexuales o de la violencia de las calles.

Censo propio de los inmigrantes

Los vecinos cuando se instaló el campamento en Los Rosales ante un temor a que eso provocase un efecto llamada y que acudiesen más inmigrantes de El Trampolín o de las playas a acampar a las puertas a la espera de poder acceder -aunque esto resulta imposible- decidieron tomar cartas en el asunto.

Fueron estas vecinas las que comenzaron a filiar en una lista a todos los inmigrantes que había en sus calles.

En total, consiguieron documentar a 230 que son los que llevan en este barrio desde que se produjo la entrada masiva.

Lo que quieren es mantener la tranquilidad en el barrio, algo que han tenido claro desde el primer momento.

Los propios vecinos han echado "a quienes han sido violentos, han robado o han generado cualquier tipo de incidente" en el barrio.

De hecho, ahora cuentan con una especie de sereno o vigilante que vela durante todas las noches por las calles del barrio mientras los migrantes duermen en las calles para "que no les roben, peguen o ataquen" y también para impedir que "durante la noche entren otros en el barrio".

Lo que quieren es impedir a toda cosa que lleguen nuevos inmigrantes, solo quieren mantener a los que tienen y que aseguran "no son problemáticos" en el barrio y cuando lo son "les echamos".

Mientras viven ahí les dan "lejía, agua y productos de limpieza" para ir limpiando los sitios de cada uno donde tienen los colchones y las mantas. Esto hace que en el barrio no huela mal, no haya suciedad y estén las calles limpias al pasear por ellas.

También les facilitan productos para higiene personal y les dan agua para que puedan lavarse y ducharse. De hecho, la ropa que llevan está limpia y no hay un aspecto de dejadez en el barrio.

Al final, han llegado a confraternizar y a sobrellevar lo mejor posible esta situación por parte de los vecinos hasta que todo pase.

Pero esto no significa que no quieran que se vayan todos, también 'los suyos' del barrio, para poder volver a recuperar sus vidas y la normalidad que tenían antes de la entrada masiva.

En tierra de nadie

Lo que relatan estas vecinas de la periferia es que se sienten en tierra de nadie, doblemente castigadas.

Para ellas desde Marruecos "no entienden que queramos que las personas que entraron vayan a campamentos", y desde España también les critican "por darles de comer, y tener un mínimo de humanidad porque son personas", explican a EL ESPAÑOL.

Así, en tierra de nadie están entre dos posiciones enfrentadas siendo musulmanas, pero ceutíes y todas reivindican que son "españolas" y que van a "defender a España y a Ceuta" como cualquier otro ceutí.

Pero, también remarcan que son musulmanas y a sus "hermanos" hay que "ayudarles", pero como harían "con cualquier otra persona" porque aseguran que "a nadie se le puede negar algo tan básico como comida".