Juan, con algunos integrantes de los Forty Two (izq.) y tras ser golpeado en una reyerta.

Juan, con algunos integrantes de los Forty Two (izq.) y tras ser golpeado en una reyerta. Arte E. E.

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Encargar un apuñalamiento en España vale hoy 200 €: Juan, ex de una banda latina, acuchilla pero "no garantiza la muerte"

En lo que va de 2026, según datos, van más de 130 heridos en Madrid por arma blanca y dos han muerto. Entre los barrios más afectados está Vallecas.

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La respuesta de Juan (Venezuela, 2003) es el silencio. Tras unos segundos, levanta su mirada y rompe el hielo. "No sé a cuántos he apuñalado", dice en voz baja.

Su memoria, de momento, ha bloqueado algunos recuerdos. Por eso, durante casi una década, él no estuvo sobrio. El alcohol, la cocaína, la marihuana, el crack y otras drogas fueron una capa que lo separaba de su realidad.

—Me sentía mala persona cuando no me drogaba. Antes de cometer algún apuñalamiento o participar en una pelea le pedía a Dios que me cuidara y me drogaba lo que más pudiera— asegura.

Tiene 23 años. Llegó hace una década a España. Y durante ese tiempo integró la banda Forty Two (42). De allí salió con 24 antecedentes penales e incontables noches en los calabozos.

Sus respuestas son parcas en un principio. Desconfía. También recuerda que una de las reglas de su banda era no hablar. Y ahora siente que se convirtió en un 'chivato'.

Para acceder a su pasado necesita un permiso. "Es que yo ya me he perdonado", se repite a sí mismo. Y momentos después lo reconoce:

Por mis manos ha corrido mucha sangre. Muchas víctimas…— dice y después resopla.

Su primer ataque fue cuando tenía 14 años. En ese tiempo, le pagaron 50 euros.

—¿Quieres formar parte de la banda de forma oficial?— le dijo a Juan uno de los líderes del capítulo de Hortaleza, en Madrid.

Él lo miró y asintió con la cabeza. Entre tanto, el joven, que no era mayor de edad, pero era respetado por todos, le entregó un paño blanco.

Tienes que ir a apuñalar a alguien. A quien sea. Si lo haces y me devuelves este paño con su sangre, te daré 50 euros y entrarás en la banda— sentenció.

Juan no dudó. Tomó uno de los puñales que le dieron en la banda y salió a la calle.

Sentía temor. Además de una mezcla de rabia e impotencia porque era el punto de inflexión, en el que a cambio de sangre, Juan decidió entregar su inocencia.

Eran cerca de las dos de la mañana. El joven venezolano no recuerda el mes. Pero iba en busca de su víctima.

Entonces se fue a un bar. Y allí vio que había dos chicos. Eran mayores. Pero creía que era una forma de mostrar el valor.

Cuando pasó al lado de ellos, miró a la cara a uno e intentó buscar pelea.

—¿Qué te pasa?— dijo, mientras se amarraba el pañuelo en su mano derecha.

El otro no respondió. Pero su acompañante sí lo hizo.

Lárgate, niño. No son horas de estar en la calle— contestó.

Sin mediar palabra, Juan sacó el puñal y lo incrustó tres veces en el costado de uno de ellos.

El acompañante respondió pegándole un puño en la cabeza. Entonces, Juan se giró y le propinó otra puñalada en el estómago.

Ambos gritaron pidiendo auxilio. Cuando las demás personas salieron del bar para ver qué estaba sucediendo, Juan había salido corriendo.

En esa carrera que hizo hasta volver al piso en el que estaban sus compañeros de banda no hubo un sentimiento de culpa. No era capaz de dimensionar el daño que causaba.

Cuando llegó y vio el pañuelo, sabía que lo había logrado. Estaba manchado de sangre. Y su puñal estaba sucio.

Después de mostrar su "valía" ante los cabecillas de la banda, Juan empezó a engancharse más a la droga.

Tenía 14 años. Dos apuñalamientos. Y la sensación de ser alguien, aunque fuese una quimera.

Él intentaba convencerlos de que su edad no importaba a la hora de cometer delitos. Entre tanto, los integrantes de la banda se aprovechaban de lo que ya sabían: los adolescentes temen menos a las consecuencias y un juez no puede enviarlos a una cárcel.

Mercado de puñaladas

Con el tiempo, Juan lo entendió también. Y lo aprovechó. Semanalmente debía vender droga para la banda. Con ello cumplía con su "cuota".

—Quería hacerme más poderoso. Para lograrlo, vendía más y más droga— agrega.

Pero eso no era suficiente. Con el pasar de los años en la banda, encontró un mercado más profundo que el de las drogas: el de las puñaladas.

—Este mercado no era para todos. Algunos se enfocaban solo en reyertas, otros en okupar pisos— afirma.

Su primera víctima fue un hombre de 28 años. Era peruano. Otra persona lo mandó a atacar porque le debía 2.000 euros.

En ese primer "trabajo" cobró 300 euros. Desde el principio, Juan advirtió al comprador: "No garantizo que muera".

—De esa persona me dieron el nombre, dónde vivía, una foto y yo me encargué solamente de investigarlo: a qué hora salía, a qué hora regresaba y el lugar para atacar cuando fuese más vulnerable— expresa.

El encargo se lo hicieron un martes. El jueves ya estaba hecho, aunque el ataque no fue certero, pero sí lo dejó malherido. Según datos de SAMUR-Protección Civil, en lo que va de 2026 se han registrado más de 130 heridos por arma blanca y dos de ellos han muerto.

Le clavé dos puñaladas. No quería que muriera porque igual debía pagar su deuda— asegura.

Ese mercado de apuñalamientos surgió por una necesidad extraña: el alto costo de un sicario, lo escandaloso que suele ser y que no siempre se busca matar a la víctima. A veces buscan, simplemente, darle un "susto".

Juan tuvo incontables clientes. No profundiza mucho en ellos debido a que, en este momento, puede ser perjudicial para sus procesos legales.

Hubo semanas en las que recibía dos o tres peticiones. Entonces, cuando tenía bastante trabajo, cobraba un máximo de 500 euros porque a un sicario lo puedes contratar por unos 700 u 800— sentencia.

Si sus "contrataciones" bajaban de esa media o estaba consumiendo más droga de lo habitual, rebajaba su precio hasta 200 euros.

Sus clientes más habituales solían ser prestamistas. También los mismos de la banda, que buscaban ajustar cuentas con algún "rival".

A Juan no le importaban sus víctimas. Tampoco si sobrevivían o no. En su interior no había nada. Tampoco un razonamiento mínimo que lo llevara a pensar en las consecuencias de sus actos.

Los finales

La justicia tiene conocimiento de 24 víctimas de Juan. Al preguntarle por las que no se saben, el silencio retorna.

Esta vez se vuelve denso y tarda en responder. Sus ojos cambian y dejan la inocencia de quien quiere olvidar su pasado.

—No lo sé…— repite dos veces. Él lo atribuye a la droga. Gran parte de esos años puede haber quedado en un rincón desvaído al que no quiere acceder.

También se convence de que se pudo perdonar porque "ante los ojos de Dios todos tenemos una salvación", murmura.

Pero su voz trastabilla cuando dice algo que no lo convence del todo. Y las ojeras revelan su insomnio.

De vez en cuando mira sus manos y las marcas que le quedaron de una guerra en la que él cobró a muchas víctimas.

Cree que con haberle pedido perdón a Dios es suficiente. "Hasta ahora no he tenido la oportunidad de pedirle perdón a alguien al que hiciera daño", reflexiona. Y, de cierta manera, intenta justificar los ataques.

Lo hice porque sentía rabia. Mi familia no me quería y haciendo esto me sentía importante— concluye.

Juan esboza una leve sonrisa de consuelo. Toma un poco de agua y se levanta del banco de la iglesia. Procede a santiguarse y, antes de irse, se gira por última vez.

Creo que confesar ante Dios me ha quitado un peso— dice, antes de tomar un patinete y perderse por las calles de Madrid.