El polaco, especializado en navegación polar, dirige la gestión del buque afectado por el brote de hantavirus que mantiene al barco bajo supervisión sanitaria internacional rumbo a Tenerife.

El polaco, especializado en navegación polar, dirige la gestión del buque afectado por el brote de hantavirus que mantiene al barco bajo supervisión sanitaria internacional rumbo a Tenerife. El Español.

Reportajes Bitácora de una crisis

El capitán Dobrogowski y su tripulación no pueden dejar el Hondius, su mazmorra de lujo: "A nosotros no nos evacúan"

El personal de a bordo embarcó en Ushuaia el 1 de abril y tiene compromiso con la naviera "hasta, al menos, el 28 de agosto", cuando tenían previsto atracar en Islandia al término de diferentes expediciones por el Ártico.

El marino polaco sobrevivió a un incendio en la Antártida en 2020 y ahora dirige el crucero afectado por el brote de hantavirus que dejó tres muertos y mantiene a decenas de tripulantes confinados rumbo a Canarias.

Más información: A bordo del MV Hondius: pelea entre pasajeros, 4 contagiados incluido el médico del barco, 141 confinados con 'recreos' y langosta cada día en la cena.

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La mañana del 12 de abril, cuando el MV Hondius avanzaba lentamente por el Atlántico Sur tras abandonar Tristan da Cunha y poner rumbo hacia Santa Elena, Jan Dobrogowski cogió el micrófono del sistema de megafonía y pidió a los pasajeros que prestaran atención.

El mar estaba relativamente calmado, el cielo cubierto y el barco seguía moviéndose dentro de esa rutina suspendida que tienen las largas travesías oceánicas: desayunos tardíos, observación de aves, conferencias improvisadas sobre glaciología o fauna marina, gente leyendo en silencio frente a los ventanales mientras el océano ocupa todo lo demás.

Hacía apenas unas horas había muerto un pasajero neerlandés de 70 años. El capitán polaco habló con la serenidad medida de alguien acostumbrado a transmitir malas noticias sin permitir que el miedo se expanda más rápido que los hechos.

Vídeo | El capitán del barco estaba preparado para todo, menos para un virus

Explicó que, según el médico de a bordo, se trataba de un fallecimiento aparentemente natural y que no existían indicios de un problema infeccioso que amenazara al resto del pasaje.

El vídeo grabado por uno de los viajeros lo muestra erguido, contenido, casi frío. No dramatiza. No improvisa. Habla como hablan los marinos cuando saben que, en alta mar, el tono de voz también es una herramienta de mando.

Semanas después, esa grabación sería reproducida por televisiones y periódicos de varios países como el instante previo a una crisis internacional. El hombre que anunciaba una muerte aparentemente aislada terminaría convertido en el capitán del barco asociado al brote de hantavirus más mediático de los últimos años.

Jan Dobrogowski, capitán polaco del MV Hondius, durante la comunicación de un fallecido a los pasajeros a bordo del crucero.

Jan Dobrogowski, capitán polaco del MV Hondius, durante la comunicación de un fallecido a los pasajeros a bordo del crucero. E. E.

Rumbo a Canarias

El Hondius acabaría navegando hacia Canarias bajo supervisión sanitaria internacional, con tres fallecidos relacionados con el virus Andes —una variante excepcional capaz de transmitirse entre humanos—, varios pasajeros evacuados, médicos especializados embarcados de urgencia y la Organización Mundial de la Salud siguiendo el caso desde tierra.

Mientras tanto, la tripulación sigue atrapada en una lógica todavía más dura. Fuentes internas en contacto con EL ESPAÑOL explican que la tripulación embarcó el 1 de abril en Ushuaia para una rotación prevista de cuatro meses.

Acababan prácticamente de empezar su campaña cuando estalló el brote. "No hay un plan de evacuación para ellos", señalan esas fuentes. "No pueden abandonar el barco porque alguien tiene que mantenerlo operativo".

La tripulación del 'MV Hondius', durante una comida en Ushuaia (Argentina) el pasado 1 de abril, horas antes de iniciar la expedición que terminaría marcada por el brote de hantavirus en mitad del Atlántico.

La tripulación del 'MV Hondius', durante una comida en Ushuaia (Argentina) el pasado 1 de abril, horas antes de iniciar la expedición que terminaría marcada por el brote de hantavirus en mitad del Atlántico. Cedida.

El plan original contemplaba continuar posteriormente hacia Reikiavik y seguir con las expediciones programadas en Svalbard y el Ártico, que oficialmente no han sido canceladas.

Ahí es donde la figura de Dobrogowski adquiere otra dimensión menos visible: la del capitán contemporáneo obligado a sostener simultáneamente la seguridad sanitaria, la moral de pasajeros y tripulación, las presiones logísticas de una naviera internacional y la continuidad operativa de un barco de expedición polar.

En los comunicados oficiales, Oceanwide Expeditions insistió en que el Hondius seguía bajo supervisión médica coordinada con la OMS, el RIVM neerlandés y el Gobierno holandés. También aseguró que ya no había personas sintomáticas a bordo mientras el barco navegaba hacia Tenerife.

Para entonces, Jan Dobrogowski llevaba más de media vida preparándose —sin saberlo— para una situación así.

Jan Dobrogowski, en una imagen de archivo, navegando entre glaciares.

Jan Dobrogowski, en una imagen de archivo, navegando entre glaciares. Redes.

Un capitán de hierro

En el mundo de la navegación polar existe una especie de cultura moral basada en la anticipación permanente de la catástrofe. Los capitanes aprenden desde jóvenes que el problema nunca es la tormenta que se ve venir, sino la que aparece demasiado lejos de cualquier ayuda posible.

El hielo, el fuego, la avería mecánica, la enfermedad o el aislamiento tienen algo en común en el océano: todo se agrava con la distancia.

Y Dobrogowski, según quienes lo conocen profesionalmente, pertenece a esa vieja escuela de marinos formados para gestionar precisamente eso: escenarios remotos donde las decisiones deben tomarse antes de disponer de toda la información.

Nació en Polonia, aunque los registros públicos sobre su vida privada son mínimos. Ni siquiera ha trascendido oficialmente su año de nacimiento exacto.

Como muchos marinos mercantes de Europa del Este, construyó una carrera internacional donde las biografías personales suelen quedar sepultadas bajo licencias, banderas de conveniencia y certificados técnicos.

Lo poco que se sabe de sus primeros años conduce inevitablemente a Gdynia, la ciudad portuaria del norte polaco donde se encuentra la Universidad Marítima de Gdynia, una institución casi mítica dentro de la marina mercante del país.

Allí se graduó en navegación y ciencias náuticas antes de obtener, en 2009, el título de "Master Mariner Unlimited", la habilitación máxima para comandar cualquier buque de altura sin restricciones de tamaño ni zona geográfica.

La titulación, sin embargo, explica poco sobre el tipo de capitán que terminaría siendo. Lo que realmente parece definir a Dobrogowski ocurrió antes, en los años noventa, a bordo del Zawisza Czarny, un gran velero histórico vinculado al escultismo marítimo polaco y considerado una especie de escuela flotante de liderazgo náutico.

En 1999, siendo todavía primer oficial, dobló dos veces el cabo de Hornos en un mismo año. En el universo marítimo, esa frase sigue teniendo un peso casi físico. El cabo de Hornos, situado en el extremo sur de Chile, continúa funcionando como un símbolo iniciático incluso en tiempos de navegación satelital.

Imagen de archivo del Cabo de Hornos.

Imagen de archivo del Cabo de Hornos. E. E.

Durante siglos fue uno de los puntos más peligrosos del planeta para cualquier barco: olas gigantescas, corrientes cruzadas, vientos violentos y temperaturas cercanas al límite humano.

Los marinos antiguos decían que quien doblaba el Horn ganaba derecho a llevar un pendiente de oro en la oreja izquierda y a apoyar las botas sobre la mesa sin pedir permiso. Dobrogowski lo cruzó dos veces antes de cumplir los treinta.

Tres años después, con apenas 26 años, asumió el mando del Zawisza Czarny y se convirtió en uno de los capitanes más jóvenes de su historia. Aquella etapa aparece constantemente en los perfiles y referencias profesionales sobre él porque ahí empezó a construirse una reputación concreta: la de un navegante especialmente cómodo en condiciones difíciles.

En fotografías de entonces aparece delgado, barbudo, rodeado de tripulaciones jóvenes y cubiertas mojadas por el Atlántico Sur. La prensa náutica polaca lo presentaba como parte de una generación de marinos capaces de mezclar la tradición clásica de los grandes veleros con la navegación técnica contemporánea.

Pero el romanticismo del velero escuela terminó dando paso a otro tipo de mar. Durante las dos décadas siguientes, Dobrogowski fue especializándose en operaciones offshore y navegación polar, probablemente dos de los sectores más exigentes y menos visibles de la marina civil contemporánea.

Trabajó como oficial de posicionamiento dinámico en grandes buques industriales vinculados a operaciones submarinas, plataformas de perforación y trabajos de buceo técnico. Aprendió a dirigir tripulaciones de más de 180 personas en barcos donde conviven ingenieros, soldadores, marinos, técnicos de perforación y personal científico.

Ese tipo de navegación exige otra clase de liderazgo. Menos épico, más burocrático y quirúrgico. En los barcos offshore, un error puede costar millones de dólares antes incluso de provocar víctimas.

Paralelamente, fue construyendo una carrera específica en aguas polares. Obtuvo certificaciones de Ice Pilot, permisos para navegar en Svalbard y habilitaciones conforme al Código Polar internacional. En la práctica, eso lo convirtió en uno de esos capitanes que pasan meses enteros operando cerca de glaciares, placas de hielo y estaciones científicas remotas.

Hay un detalle revelador en su biografía pública: en 2016 navegó por Spitsbergen con su propio velero, el Toroa, y realizó parte del regreso en solitario durante octubre, acompañado únicamente por su perro.

Jan Dobrogowski posa junto a su perro a bordo de su velero personal, una de las imágenes que reflejan la vida itinerante y marítima del capitán polaco fuera de las campañas polares y los grandes buques de expedición.

Jan Dobrogowski posa junto a su perro a bordo de su velero personal, una de las imágenes que reflejan la vida itinerante y marítima del capitán polaco fuera de las campañas polares y los grandes buques de expedición. E. E.

Octubre en Svalbard significa oscuridad creciente, temperaturas agresivas y un deterioro meteorológico rápido. No es una travesía recreativa. Es el tipo de viaje que hacen quienes necesitan comprobar algo sobre sí mismos lejos de tierra firme.

Fuera de los barcos industriales y científicos, Dobrogowski parece haber construido una vida deliberadamente itinerante. Algunas escuelas náuticas y perfiles profesionales lo describen viajando por Europa en una furgoneta camper llamada Brutus junto a su pareja —identificada como Mags—, un perro y un gato.

Practica kitesurf, habla de meteorología con obsesión casi técnica y siente fascinación por la pintura holandesa de género. Hay algo muy europeo del norte en esa mezcla: el marino hipercompetente que, cuando desembarca, busca otra forma de movimiento constante.

Sin embargo, el episodio que mejor anticipa lo ocurrido en el Hondius no tiene que ver con el hielo ni con los virus, sino con el fuego.

Un incendio letal

En 2020, mientras comandaba un buque de suministro e investigación en la Antártida oriental, cerca de Mawson, una de las zonas más inhóspitas del continente blanco, la embarcación sufrió un incendio grave en la sala de máquinas tras semanas operando entre hielo pesado.

El episodio obligó a combatir las llamas durante horas en un entorno donde perder completamente la propulsión podía convertirse en una sentencia. La tripulación consiguió contener el fuego, recuperar parcialmente los sistemas y llevar el barco hasta Perth sin víctimas.

Jan Dobrogowski (derecha), durante una operación logística en una estación de investigación de la Antártida. El capitán polaco ha desarrollado gran parte de su carrera en campañas polares y navegación extrema entre hielo antes de quedar al mando del MV Hondius durante el brote de hantavirus en el Atlántico.

Jan Dobrogowski (derecha), durante una operación logística en una estación de investigación de la Antártida. El capitán polaco ha desarrollado gran parte de su carrera en campañas polares y navegación extrema entre hielo antes de quedar al mando del MV Hondius durante el brote de hantavirus en el Atlántico. E. E.

Más tarde, Dobrogowski describiría aquello como su "Shackleton Moment", en referencia al explorador Ernest Shackleton y a la vieja idea polar de que el liderazgo real aparece cuando toda salida parece cerrada.

La referencia importa porque explica algo esencial sobre el tipo de capitán que es. Shackleton representa, en la cultura marítima polar, al comandante que entiende que la prioridad absoluta es mantener viva y cohesionada a la tripulación incluso cuando todo lo demás fracasa.

No es casual que varias personas vinculadas al Hondius describan precisamente eso al hablar de la atmósfera a bordo durante el brote. "La situación en el barco ha sido sorprendentemente tranquila", explica uno de los pasajeros en conversación con EL ESPAÑOL.

Bitácora del virus

"La gente estaba preocupada por los enfermos, claro, pero ahora el ambiente no se siente diferente a otros días de navegación".

El pasajero describe personas observando aves marinas desde cubierta, viajeros leyendo junto a las ventanas y grupos pequeños manteniendo conversaciones en voz baja mientras el barco seguía avanzando hacia Canarias.

"Tenemos médicos especialistas a bordo desde Cabo Verde y eso ha tranquilizado mucho", añade. "Todo el mundo lleva mascarilla en interiores y mantiene distancia, pero no hay sensación de pánico".

Tres de los pasajeros actualmente a bordo del MV Hondius, días antes de ser confinados.

Tres de los pasajeros actualmente a bordo del MV Hondius, días antes de ser confinados. E. E.

Ese relato contrasta violentamente con la percepción exterior del Hondius, convertido durante días en una especie de crucero fantasma mediático. Desde tierra, el barco parecía un foco epidemiológico aislado frente a las costas africanas.

Dentro, según pasajeros y fuentes de la tripulación, la realidad era más compleja: una convivencia extraña entre confinamiento, disciplina marítima y resignación oceánica.

"La gente no publica demasiado en redes no porque esté prohibido", explica otro viajero. "Simplemente muchos quieren privacidad. De repente tienes medios de comunicación de medio mundo hablando de tu barco".

El buque seguía pareciendo, al menos en apariencia, un crucero de expedición de alta gama: madera clara en los interiores, ventanales panorámicos abiertos sobre el Atlántico, cafés servidos mientras algunos pasajeros observaban aves marinas con prismáticos y conferencias científicas programadas para llenar las horas muertas de navegación.

Pero bajo esa normalidad escandinava empezaba a imponerse otra sensación más incómoda.

Las mascarillas en los pasillos, los movimientos limitados, los médicos especializados embarcados de urgencia y la imposibilidad de abandonar el barco habían transformado lentamente el buque en una especie de mazmorra de lujo flotando en mitad del océano.

Imagen de archivo del interior del buque MV Hondius.

Imagen de archivo del interior del buque MV Hondius. Oceanwide Expeditions.

Buque 'de guerra'

Pero la crisis abrió inevitablemente un debate sobre los límites reales de la gestión sanitaria en alta mar y sobre la fragilidad de los cruceros de expedición cuando un problema médico aparece lejos de cualquier infraestructura hospitalaria.

Porque el Hondius no es un crucero convencional. Es un barco diseñado para navegar precisamente donde casi nadie puede hacerlo. Un buque de expedición polar de bandera neerlandesa, construido con clase de hielo, preparado para operar cerca de glaciares antárticos, islas subpolares y regiones remotas del Ártico.

El tipo de embarcación donde los pasajeros pagan precisamente por la sensación de aislamiento extremo y aventura controlada. La paradoja es que fue ese mismo aislamiento el que convirtió el brote en algo tan delicado.

Imagen de archivo del MV Hondius fondeando en la Antártida.

Imagen de archivo del MV Hondius fondeando en la Antártida. Andrew Peacock.

Dobrogowski quedó atrapado entonces entre dos imágenes opuestas. Para algunos pasajeros y observadores externos, fue el capitán que anunció demasiado pronto que todo estaba bajo control.

Para otros, especialmente dentro del entorno marítimo polar, encarna al comandante obligado a gestionar una crisis inédita sin información suficiente y a miles de kilómetros de cualquier apoyo inmediato. Ambas lecturas conviven ahora sobre su figura.

Durante décadas, el capitán se había preparado para amenazas visibles. El hielo que puede abrir el casco de un barco. El fuego en una sala de máquinas. Las tormentas capaces de dejar una embarcación sin gobierno a miles de kilómetros de tierra. Toda su carrera había girado alrededor de peligros físicos, concretos, casi mecánicos.

Pero la crisis que terminó colocándolo bajo el foco internacional era distinta. Invisible. Microscópica. Un virus imposible de detectar desde el puente de mando y que viajaba dentro del propio barco, mezclado entre pasajeros, tripulación y días aparentemente normales de navegación.

Quizá por eso, cuando se observan sus fotografías más recientes, hay algo extraño en el contraste entre el personaje y el contexto. En unas aparece navegando entre hielo ártico, sonriente, con ropa técnica y barba de explorador contemporáneo.

En otras, enseñando maniobras de vela o hablando sobre seguridad polar en escuelas náuticas. La imagen pública que había construido hasta ahora era la de un capitán especializado en llevar personas exactamente hacia el borde del mundo conocido, alguien acostumbrado a gestionar el riesgo como parte cotidiana del viaje.

El Hondius convirtió de pronto ese riesgo en algo mucho menos romántico.

Cubierta 7 del MV Hondius.

Cubierta 7 del MV Hondius. Ivan Ivanisevic.

Marcado por el hantavirus

En el mar existe una vieja superstición: los barcos conservan memoria de todo lo que ocurre dentro de ellos. Los incendios, las muertes, las averías y las tormentas quedan adheridos a la identidad del buque incluso décadas después.

A partir de ahora, el Hondius ya no será solamente un crucero polar neerlandés diseñado para expediciones científicas y turismo extremo. También será el barco del brote de hantavirus en mitad del Atlántico. Y Jan Dobrogowski, el capitán polaco formado entre veleros del mar Báltico y campañas antárticas, quedará inevitablemente unido a esa historia.

La de un comandante acostumbrado al hielo, al fuego y a las largas distancias, enfrentado por primera vez a una amenaza invisible que no venía del océano ni de la meteorología, sino del interior mismo de su barco.