Alberto estuvo retenido durante varias horas en su piso.

Alberto estuvo retenido durante varias horas en su piso.

Reportajes

"Me pedían 30.000 € para no matarme": Alberto, un inversor en criptomonedas, sobrevivió a un secuestro exprés en Madrid

España ha atraído a empresarios que buscan nuevas oportunidades de inversión, pero detrás de ellos hay bandas que hacen secuestros 'exprés'.

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Es de noche. El reloj marca las 23:30. Alberto (Colombia, 1956) recuerda la fecha y el lugar con claridad: 25 de julio de 2023, en un bar de Madrid

—¿Crees que podrás invertir los 60.000 euros?— le dijo un supuesto empresario a Alberto. 

Él le respondió que no lo sabía. 

—¿Qué te hace dudarlo? Es un negocio simple. Yo me encargo de invertir ese dinero en criptomonedas. Ya lo he hecho— dijo mientras le enseñaba chats con otras personas. 

Alberto frena el relato. Mira a su alrededor y toma un poco de agua. No se siente cómodo. En ocasiones, los recuerdos dolorosos se esconden detrás de un telón.

—Parte de ese dinero son los ahorros de mi vida, también la venta de mis pisos en Colombia— le respondió. 

El supuesto empresario, que se hace llamar Stefan, dice que proviene de Italia. Su acento es extraño. "Sus ojos tenían un brillo de codicia. Eso me hizo desconfiar", expresa Alberto. 

—No te preocupes. Lo único que sucederá es que tu dinero aumentará al menos un 20%— insistió Stefan. 

Alberto, notoriamente incómodo, le dijo que ya era muy tarde y que regresaría a su piso. Como había bebido algunas cervezas, le comentó a Stefan que tomaría un taxi.  

Él lo acompañó hasta la puerta. Posteriormente lo llevó a una parada de taxis y le hizo abordar uno en específico. 

Saludó al conductor y este se quedó en silencio. Tampoco le preguntó a dónde lo llevaba. Alberto solo se limitó a decirle la dirección y entonces emprendió el viaje.

El silencio era denso. Había una tensión sin que se explicara de dónde salía. El viaje en coche tampoco tardaba mucho, así que Alberto pensó en que hablar estaba de más. 

El trayecto tardó cerca de diez minutos. Cuando estaba pagando el viaje, en uno de los retrovisores vio que había un conductor de una motocicleta estacionado cerca de la puerta de su vivienda. 

—Tenía la luz apagada de la motocicleta. Estaba simplemente encima— comenta con voz temblorosa. 

Desde la noche del 25 de julio tiene pesadillas recurrentes con esa imagen. Incluso, después de lo que vivió, decidió mudarse a un pueblo en las cercanías de Toledo. 

Pero el reciente intento de secuestro de un empresario canadiense en el centro de la capital española, el pasado 16 de marzo, le hizo recordar lo que vivió. 

"Cada vez más personas con dinero vienen a Europa intentando invertir en nuevos negocios, pero lo que no saben es que hay bandas dedicadas exclusivamente a seguir tus pasos", expresa.

Recuerdos 

Alberto se bajó del taxi y caminó hacia el portal. Cuando introdujo las llaves en la cerradura, el hombre de la moto se bajó y lo abordó. 

—No intentes nada. Abre la puerta y camina hacia tu piso— le dijo. 

El colombiano, que tiene nacionalidad española, siguió sus órdenes. Su cuerpo se puso frío. El corazón se le aceleró. 

Dentro de su piso tampoco le esperaba nadie. Nunca se casó y tampoco tuvo hijos. "Sentí que me iban a matar", confiesa. 

Ambos entraron al piso. El agresor continuaba con el casco negro de su motocicleta. No pronunciaba ninguna palabra, solo daba algunos pasos en el salón.  

Entonces, la víctima le preguntó qué quería. La respuesta fue simple: "Tú ya lo sabes". 

Las coincidencias, en este caso, son nulas. No había forma de que otra persona, a la cual nunca había visto, supiera que estaba intentando invertir parte de sus ahorros. 

El hombre era alto. Medía al menos 1.90 y su contextura era corpulenta. Cuando se quitó el casco, lo dejó sobre la mesa y se sentó en uno de los sillones. 

No le vio el rostro. Tenía un pasamontañas. Allí, el hombre le explicó que sabían sus movimientos. "Sé dónde vives, los lugares a los que viajas y en qué inviertes", le aseguró. 

Alberto no entendía nada. Según una fuente reservada de la Policía de España, hay bandas transnacionales encargadas de rastrear empresarios vulnerables. 

"Al igual que en el caso registrado la semana pasada en el centro de Madrid, es frecuente que esas bandas intenten retener a sus víctimas. Es un secuestro ‘exprés’, en el que mediante intimidaciones y a veces torturas, obtienen dinero", explica la fuente anónima. 

Las víctimas son estudiadas en su totalidad. Hay una persona inicial que les contacta y hace una indagación previa. Allí averigua todo sobre su "cliente": edad, si tiene hijos, dónde vive, con quién, cuánto dinero gana y, sobre todo, si es alguien de negocios.

Una vez definido eso, la banda decide si su blanco es fácil o no. También cuáles son los pasos a seguir: la propuesta de inversión con la cual le estafarán o, si se rehúsa, una rapto rápido. 

"Pensé que esa noche me iban a matar. Me golpeó varias veces. Quebró algunas porcelanas que tenía y me repetía que si no le entregaba el dinero me iban a llevar a otro sitio para obligarme", recuerda Alberto. 

Después de al menos dos horas de intimidaciones y golpes, el agresor recibió una llamada. 

"Creo que era su jefe o algo por el estilo. Como yo no cedía, me iban a llevar para otra parte. No sé dónde. Me estaba exigiendo que le diera al menos 30.000 euros para que me dejara en paz y no me matara", recuerda Alberto. 

Cuando estaban saliendo del piso para trasladarlo a otra ciudad, un vecino suyo estaba entrando al edificio. 

Alberto lo alcanzó a ver de forma borrosa. Después sintió un mareo intenso, que lo hizo tambalear. Ahí llegó un dolor sórdido, que no sabe cómo explicarlo. Finalmente la oscuridad lo abrazó.  

—Tuve un infarto y empecé a convulsionar, me contó la persona que me rescató. Mi cuerpo no resistió tanto. El estrés, los golpes, la edad y la ansiedad no me dejaron avanzar— expresa Alberto. 

Posiblemente gracias a eso sigue vivo. Su vecino no sabía lo que estaba pasando. "Él le dijo al hombre que llamara una ambulancia, pero en ese momento salió corriendo y se fue en su moto", agrega. 

Se despertó casi una semana después. No entendía lo que había pasado. "También me hizo dar cuenta de la soledad en la que he vivido. Una enfermera me explicó que me atendieron por un infarto, pero no había nadie", dice con melancolía. 

Unas horas después de despertar su vecino lo visitó. Hablaron un rato. Él no quería tocar el tema. Tampoco preguntar. El dolor y la verdad, en ocasiones, se esconden detrás de una cicatriz. 

Alberto vive con miedo. Su realidad la contempla cuando está sin camisa frente al espejo. 

"Siempre dije que había invitado a alguien a mi piso, al cual conocí en un bar, y terminamos peleando. Nadie se había enterado de mi verdad",  comenta tras un silencio interrumpido por sollozos. 

No le quedó más remedio que huir. Cuando se recuperó realizó la mudanza. Cambió sus números telefónicos y ahora vive de su pensión. No intentó hacer más negocios. 

"No me pudieron robar, pero casi me muero. Vivo con miedo de ese recuerdo. A veces tengo pesadillas en las que también me desvanezco", dice sentado en un bar. Cuando esos fantasmas lo atacan suele tomar alcohol para intentar olvidar.

Pero los fantasmas no se olvidan. "No ha servido nada de eso. Espero que al contarlo me ayude a sanar", concluye Alberto.