El 'Ecce Homo' de Penagos, en su estado actual (i) y tras su fallida restauración (d).

El 'Ecce Homo' de Penagos, en su estado actual (i) y tras su fallida restauración (d). E.E.

Reportajes

El 'otro' Ecce Homo de Cantabria: el vecino oculto tras la obra que sale a la luz cinco años después

En 2017, un feligrés con pasado como pintor restauró un cuadro del siglo XVIII y le dio su propia interpretación. Ahora la obra se ha vuelto a restaurar.

6 junio, 2022 01:33
Penagos (Cantabria)

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Hace ya 10 años que las colas frente a la iglesia de Borja obligaron a las autoridades a tomar cartas en el asunto. El alcalde instaló taquillas en la entrada, el párroco empezó a cobrar las visitas e incluso la Policía tuvo que movilizarse para controlar a las olas de visitantes. Miles de turistas hicieron un alto en el camino, aparcaron en aquel pequeño pueblo de Zaragoza y se lanzaron a contemplar el mural en la epístola de la capilla, un Ecce Homo restaurado por una beata de 79 años. Ese verano Cecilia Giménez se convirtió -a su pesar- en una celebridad que dio la vuelta al mundo, apareció en informativos internacionales, se la reseñó en sesudísimos análisis de arte e incluso protagonizó un sketch de Saturday Night Live. En Penagos (Cantabria) no podían permitir que pasara lo mismo.

En este municipio de cerca de 2.000 habitantes las noticias corren deprisa, pero no abandonan la comarca. En 2017 la iglesia de San Jorge amaneció con un cuadro menos, un óleo de varios metros que, en teoría, representaba a la Virgen con el Niño en brazos, pero en la práctica era sólo una manta negra llena de polvo, mugre y humedad fruto de la vejez. El párroco la retiró para restaurarla, se la cedió a un vecino y la devolvió como nueva un año después. Entremedias, el viaje que sufrieron María y Jesús pareció mucho más largo.

Si algunos consideran el Ecce Homo de Borja una proeza performativa del arte contemporáneo, el de Penagos no anda muy desencaminado. Adolfo, un feligrés que había sido copista y pintor, reinterpretó la obra y convirtió los ocres en verdes chillones, los marrones en amarillos y las sombras directamente las borró. Las siluetas, antaño difuminadas en el espacio, pasaron a cuerpos de posturas imposibles, deformes, coloreadas fuera de las líneas en tonalidades de plastidecor. A pesar de todo, el cambio más llamativo lo sufrieron los personajes.

La Virgen y el Niño, interpretados por Adolfo.

La Virgen y el Niño, interpretados por Adolfo. E.E.

La nueva Virgen había visto cosas, como mínimo una película de miedo, y saludaba al que la viera con una peineta. En sus brazos, el Niño celebraba con los dedos en gesto de victoria y el cuello torcido. Cuando lo descubrieron, las reacciones fueron dispares. Por un lado, alcalde y párroco exhalaron un gemido y se echaron las manos a la cabeza. Por el otro, Adolfo asintió satisfecho, convencido de su obra maestra.

Proteger a los suyos

En realidad nada es tan sencillo. Cuando Leonardo, el cura encargado de la iglesia de San Jorge, decidió entregar el cuadro para restaurarlo, Adolfo no parecía tan mala opción. Vecino de la localidad, aunque oriundo de Madrid, el hombre había trabajado como copista y profesor de arte, reproducía por diversión obras de Velázquez y Caravaggio e incluso tiene algún lienzo colgado en otros templos de la zona. Por aquel entonces, además, estaba a cargo de la Casa de la Cultura.

Lo que nadie sabía es que Adolfo, que llevaba cerca de 20 años en el pueblo, estaba desarrollando un tipo de demencia debido a su avanzada edad y a día de hoy, cinco años después, está interno en una residencia. El único que conocía su secreto era José Carlos Lavín, alcalde de Penagos, que lo guardó celosamente hasta que supo, por boca del propio vecino, que estaba restaurando el cuadro de la Virgen y el Niño.

“Justo en ese momento llevaba unas semanas muy mal. Llevaba años muy sano, pero de repente noté que el deterioro en su cabeza fue fulminante”, señala en conversación con EL ESPAÑOL. “Le pedí que me enseñara el cuadro y avisé al párroco, que no tenía ni idea. Al verlo nos quedamos de piedra”.

La pintura restaurada, tal y como se conserva en la iglesia de San Jorge (Penagos).

La pintura restaurada, tal y como se conserva en la iglesia de San Jorge (Penagos). E.E.

El párroco es Leonardo, el hombre que peor lo ha pasado con esta historia. Lo que pasó por su cabeza en el momento de ver el óleo de la Virgen sólo lo saben él y Él, pero cualquiera lo puede imaginar. Una vez superado el shock tuvo claras sus prioridades: arreglar el despropósito artístico y proteger a Adolfo de la prensa. Lo primero era sencillo, ya que el óleo todavía no se había secado. Lo segundo era más complicado.

La restauración

Cogieron el cuadro y lo mandaron en furgoneta a Madrid, a un restaurador profesional que pudiera eliminar los desperfectos de Adolfo y recuperar la pintura original. La empresa encargada fue Talleres Granda, una casa de restauración especializada en obras religiosas que suele trabajar con el Museo del Prado. Recibieron la obra -y el currículum de Adolfo, que se empeñó en enviarlo- a mediados de 2017 y la devolvieron a sus dueños a principios del año siguiente; el resultado, que todavía se puede apreciar en las paredes de la iglesia de San Jorge, fue impecable pero caro.

Según revelan las facturas que Leonardo ha compartido con este periódico, el coste total de la operación ascendió a 8.187 euros, recaudados de los fondos parroquiales y del propio bolsillo del cura, que se sentía culpable por los desperfectos. Decidió no sólo eliminar la pintura de Adolfo -que había llegado hasta el marco, quizá más valioso que el cuadro-, sino hacerle la restauración que había prometido en un primer momento. Quedaba la segunda parte del plan: proteger al vecino de una posible exposición mediática y, a la vez, explicar el vacío del dinero a los vecinos.

“Expliqué toda la historia en misa y, como ese día había poca gente, lo volví a contar en las fiestas del pueblo”, excusa Leonardo, que nunca ha negado el error de la restauración ni su coste. “Todo esto podía haberse ido de las manos como pasó con el Ecce Homo de Borja, por eso decidimos que era mejor evitarle ese trago a Adolfo”, añade el alcalde.

El cuadro en la actualidad. A la izquierda, una fotografía con la versión de Adolfo.

El cuadro en la actualidad. A la izquierda, una fotografía con la versión de Adolfo. E.E.

El recuerdo

El cuadro de la Virgen y el Niño, de nombre y autor desconocido, es uno de los mayores enigmas encontrados en la iglesia de San Jorge. Lo poco que se conoce de él, según el Museo Diocesano, es que viene de Quito (Ecuador), y que su estilo colonial coincide con las Verónicas de principios del siglo XVIII, poco que ver con el pop art en el que se convirtió durante unos meses.

Al contrario que con el Ecce Homo de Borja, esta vez no hubo alcaldes montando taquillas ni curas cobrando entradas, sino todo lo contrario. Lo que en Zaragoza pasó a la historia como una broma infinita que todavía tiene su lugar entre los cajones de internet en Cantabria se ha mantenido en secreto por las buenas intenciones de una comunidad que, ante todo, optó por renunciar al turismo artístico y proteger a uno de los suyos.

Hoy por hoy, el único rastro que queda de la viva interpretación de la Virgen y el Niño es una pequeña fotografía impresa y plastificada al lado del cuadro original. Leonardo la dejó allí, colgada en la pared de la iglesia, a modo de transparencia con los vecinos “y para recordar la obra de Adolfo”, una de las víctimas inconscientes de la que -casi- se formó en Penagos.