Toni Servillo en 'La Grazia'.

Toni Servillo en 'La Grazia'.

Tribunas

Ver 'La Grazia' de Sorrentino me ha dado envidia

Atacando la unidad se ataca a la Corona, que es el símbolo de todos, sin percibir que la monarquía es seguramente la institución idónea para (sin fracturas) amparar y resolver ambiciones identitarias que nos agotan ya por viejas.

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Ayer vi la última película de Paolo Sorrentino. Son algo más dos horas de buen cine repleto de delicadeza, tangible y velada.

La Grazia narra los últimos meses de mandato de un supuesto presidente de Italia sometido al conflicto ético y jurídico de sus últimas decisiones políticas.

La escena inicial es rotunda; los Frecce Tricolori, la escuadrilla de exhibición de la Fuerza Aérea Italiana, sobrevuela la sala mientras se relatan las atribuciones constitucionales del presidente de la República (Art. 87 de la Constitución italiana de 1947) que en su artículo 84 establece la obligación de tener cumplidos los cincuenta años para ser elegido. Los senadores, sin embargo, tan sólo deben alcanzar los cuarenta.

Senado viene de senātus. En latín, asamblea o consejo de ancianos.

Del cielo verde, blanco y rojo se pasa al palacio del Quirinale, en donde el presidente contempla Roma. El actor Toni Servillo encarna de nuevo a un personaje repleto de estilo como en La Gran Belleza, que en este caso representa a un docto jurisconsulto, autor de un código penal de 2.046 páginas, senador vitalicio y católico practicante. Epítome del equilibrio, moderador de poderes y máxima autoridad del Estado.

Los arreglos del interior del Quirinale seducen durante toda la proyección con primeros planos plagados de esculturas, muebles clásicos y libros por doquier. Es como si el palacio envolviese a su inquilino con lo mejor de la estética del pasado italiano: el Imperio, el Renacimiento, las repúblicas marítimas, il Risorgimento...

Toni Servillo y Sorrentino en el rodaje de La Grazia.

Toni Servillo y Sorrentino en el rodaje de La Grazia.

Es un lugar de paso para quien lo habita, pero a medida que el largometraje avanza voy percibiendo algo que no logro identificar.

Al final me doy cuenta. Es envidia.

Es un celo difuso, vago, nebuloso, que sin duda tiene su origen en las diferencias con España y que de forma involuntaria va calando mientras quedo fijo en la soberbia de los planos. Se aprecia una fortaleza institucional distinta de la nuestra. Quizás más vieja, tan sólo la que media entre 1947 y 1978, y diferente por cuanto nuestro presidente (haciendo trampa) es nuestro rey, que en todo caso tiene más de cincuenta años.

Es el contraste en la veneración a quien ostenta el cargo lo que marca la distinción.

Sorrentino consigue trasladar la idea de un primus inter pares respetado por la sociedad dominante, la clase política, y querido por su pueblo bajo el atrezo de un fino oropel que sólo los italianos saben tejer.

Desde el coche oficial hasta su guardia de honor, sin excesos, con una elegancia magistral. En ese culto sencillo pero firme al personaje late y mucho el respeto al cargo, que descansa en una sensación de unidad y orgullo nacional que atisbo sólida y conformada en el caso italiano.

Italia tuvo también un siglo XX traumático, como el de España, y una suerte de "transición" para garantizar una convivencia, que fue en extremo violenta desde los primeros años de Mussolini, precisamente la que arbitra la Constitución de 1947 y que explica la endémica inestabilidad de sus gobiernos, necesitados siempre de pacto.

En ese permanente rosario (una media de algo más de un gobierno por año) los italianos tienen en su presidente un baluarte, un moderador, cúspide representativa de la nación, representante de todos, desprovisto como nuestro rey de los poderes ejecutivos de gobierno.

Hay algo sublime en esta artística descripción de la presidencia que explica esa sana envidia.

¿Por qué?

Sencillamente porque se percibe que por debajo de la figura presidencial subyace una cohesión nacional, sentimiento de pertenencia, que demanda y exige esa representación completa, la de todos, y que se evidencia en la sublime escena de la Scala de Milán.

Y para eso hace falta, primero, la cohesión nacional, que en nuestro caso languidece.

Felipe VI y Leonor durante el décimo aniversario de la proclamación de Felipe VI.

Felipe VI y Leonor durante el décimo aniversario de la proclamación de Felipe VI. Gtres

En España, S. M. el Rey Felipe VI parece estar obligado a ganarse el trono todos los días muy a pesar de su loable desempeño, ejercido muchas veces bajo apocada reverencia, que nunca es personal, que no es más que el paraguas del símbolo.

Se equivocan quienes no se dan cuenta de la necesidad imperiosa de fortalecer el vértice de nuestro Estado, de cuidar su respeto, de dar brillo a nuestro rey, que como en el caso de Italia, está por encima de unos y otros para garantizar la argamasa de nuestras estructuras y nuestra convivencia.

Esas faltas de fondo y de detalle, deliberadas o no, radican en gran parte en las actitudes que violentan a menudo el principio de unidad para mermarlo sin leal afán sino para cobrar botín. Y atacando la unidad se ataca a la Corona, que es el símbolo de todos, sin percibir que la monarquía es seguramente la institución idónea para (sin fracturas) amparar y resolver ambiciones identitarias que nos agotan ya por viejas y que en su contumacia agotan nuestra energía social mientras trabucan la buena política.

Con el cuidado del detalle se viste la figura, se engrandece su significado. Y aunque nuestra tradición sea la de austeridad en las formas, las ceremonias, los desfiles, la simbología nacional, incluida la bandera, y en suma todo lo que rodea a la jefatura del Estado, deben mejorarse y cuidarse más, para en suma mejorar todos.

Sorrentino, en un guiño a los nuevos tiempos, utiliza un coche oficial espectacular para revestir de símbolo al protagonista. No es un auto italiano, que los tienen y muy buenos, es chino. Nosotros tenemos un Rolls-Royce Phantom.

*** Francisco Cancio es escritor y ensayista especializado en historia militar.