Partidarios del nuevo líder supremo de Irán, Mojtaba Khamenei.

Partidarios del nuevo líder supremo de Irán, Mojtaba Khamenei. Reuters

Tribunas

La guerra de Irán y la insuficiencia de la causa justa

Es perfectamente posible que una acción bélica destruya la capacidad militar inmediata de un enemigo y, al mismo tiempo, incremente su peligrosidad a largo plazo.

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No es casual que haya sido un hijo de san Agustín quien, en vísperas de su llegada a Hipona, alzase su voz, firme y serena, llamando a la paz y a la desescalada bélica en Irán.

No tardaron en replicarle desde el gobierno norteamericano, invocando la doctrina de la guerra justa.

Es difícil, empero, hacer valer esta doctrina cuando no se siente una honda repugnancia interior hacia la misma guerra, sea calificable como "justa" o como "injusta".

Así lo dejó escrito el gigante intelectual africano en un conmovedor pasaje sobre las guerras: "Males como estos, tan enormes, tan horrendos, tan salvajes, cualquiera que los considere con dolor debe reconocer que son una miseria. Pero el que llegue a sufrirlos o pensarlos sin sentir dolor en su alma, y siga creyéndose feliz, está en un estado mucho más miserable: ha perdido el sentimiento humano" (La ciudad de Dios, 19,7).

En las últimas semanas, hemos visto al presidente de Estados Unidos amenazando nada menos que con destruir una civilización.

Jugando con la posibilidad de "seguir golpeando" la isla de Kharg "unas cuantas veces más sólo por diversión".

Y faltando gravemente al respeto a cristianos y musulmanes.

Donald Trump a punto de embarcar en el Air Force One este jueves.

Donald Trump a punto de embarcar en el Air Force One este jueves. Evan Vucci. Reuters.

Con el fin de defender la legitimidad de su proceder, algunos mandatarios estadounidenses trataron de reconducir el problema a la doctrina cristiana de la "justa causa" (iusta causa) de la guerra.

Se trata de un campo desde el que no es difícil argumentar frente a los eclesiásticos, dado que sólo quien conoce los secretos del poder (los arcana imperii) se encuentra en condiciones de interpretar acabadamente los hechos que cualifican la causa de una guerra como justa.

Si el problema se redujera a la justicia de la "causa", pues, tal vez cabría traer a colación la amonestación de uno de los fundadores del moderno Derecho de gentes interestatal, Alberico Gentili: "¡callad, teólogos, sobre la tarea ajena!" (silete theologi in munere alieno!).

"Forma parte de la misión del sumo pontífice evitar que los corazones de los cristianos sencillos se corrompan por la arrogancia de quienes gobiernan"

Pero no se trata sólo de eso. Como dijo el doctor común de la Iglesia católica, Tomás de Aquino, la guerra lícita no sólo exige "justa causa", sino también "recta intención" (Summa Theologiae II-IIae q. 40 co.).

Ello excluye tanto la frivolidad en la conducción bélica como el desprecio prepotente hacia el prójimo, desviaciones ambas evidenciadas, un día tras otro, por los excéntricos mensajes de Trump.

Forma parte de la misión del sumo pontífice evitar que los corazones de los cristianos sencillos se corrompan por la arrogancia de quienes gobiernan.

Congruentemente, a la vista de todo el mundo, el papa apuntó directamente al núcleo moral del mensaje evangélico, el Sermón de la montaña: "bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios".

Pero volvamos con más detalle sobre el problema de la causa justa de la guerra.

Tras la ruptura de la unidad espiritual de Europa, dicha doctrina se tornó inevitablemente problemática en su aplicación práctica. Con la división religiosa de Occidente a principios del siglo XVI, la cuestión de "quién interpreta" y "quién decide" sobre la verdad emergió como un problema político de primera magnitud, tanto en el orden constitucional interno como en el orden internacional.

Es a Erasmo de Rotterdam a quien se atribuye la interrogación referida a la causa justa bélica: "¿quién no cree justa su propia causa?" (cui non videtur causa sua iusta?).

En un plano puramente moral, el problema de la causa justa permanecía intacto. En el plano fáctico de la vigencia intersubjetiva, sin embargo, empezaba a ser problemático.

Pakistán se prepara para una nueva ronda de negociaciones entre Irán y Estados Unidos.

Pakistán se prepara para una nueva ronda de negociaciones entre Irán y Estados Unidos. Akhtar Soomro Reuters

La ruptura de la unidad espiritual europea obligó a buscar mecanismos procedimentales, límites y barreras de carácter formal que acabasen con las guerras religiosas de aniquilación.

Aunque la "causa justa" nunca dejó de comprometer la conciencia de quien se embarcaba en la acción bélica, resaltaba cada vez más su dimensión moral interior frente a su dimensión jurídica exterior.

Más preocupados por esto último, los tratadistas modernos del Derecho de gentes advirtieron tempranamente que la paz pasaba por producir acotaciones de la guerra de carácter formal.

En el último siglo, pocos pensadores comprendieron este proceso histórico-espiritual con la lucidez con que lo entendió Carl Schmitt, quien lo expuso con detenimiento en una de sus obras más importantes: El nomos de la tierra en el derecho de gentes del Ius publicum Europaeum.

A la vista de los medios de destrucción total de que dispone el hombre contemporáneo, el problema de la acotación de la guerra es más acuciante todavía que en el siglo XVI.

Huelga decir que Irán, financiando células terroristas que atentan contra la población civil, transgrede gravemente esos límites.

El modo en que Israel ha conducido las operaciones militares en Gaza, sin embargo, no parece ir a la zaga. Justificar los atentados indiscriminados a civiles apelando al carácter democrático de Israel es muy insuficiente.

En cuanto a las amenazas de Donald Trump de "aniquilar" (obliterate) toda una civilización, constituyen, lisa y llanamente, amenazas de cometer graves crímenes de guerra.

Semejante ultimátum entra en pugna con cualquier acotación imaginable y allana el camino a la guerra total.

Por eso, en un contexto tan fragmentado espiritual e ideológicamente, constituye en sí mismo una amenaza grave para el equilibrio y el orden mundial.

Tampoco es aceptable, en fin, el argumento que trata de minimizar el valor de las declaraciones de Trump poniendo como pretexto su personalidad informal y expansiva. El pasado 13 de abril, J.D. Vance defendió sus chanzas alabando su "falta de filtros" en las redes sociales, lo cual le acercaría al pueblo americano.

Lo cierto es, sin embargo, que la ligereza en cuestiones de vida o muerte es indefendible, y el vicepresidente nunca la ha admitido cuando provenía del otro lado del espectro político.

La frivolidad de Trump subestima la potencia del discurso para transformar el orden concreto, el nomos que condiciona las máximas, principios y expectativas a las que se atienen todos los actores políticos y sociales.

Pienso que la insistencia de algunos en justificarse trayendo a la conversación pública, de manera reiterada, el peligro de la amenaza atómica, podría contribuir (paradójicamente) a acercar ese riesgo.

Si al poder normalizador que de suyo posee el discurso añadimos la semilla de resentimiento que plantan las palabras y acciones humillantes, existen sólidas razones para desconfiar de la actuación militar en Irán.

No podemos olvidar que es el odio sembrado el que, en última instancia, nutre y enquista la voluntad de hacer daño. En este sentido, es perfectamente posible que una acción bélica destruya la capacidad militar inmediata de un enemigo y, al mismo tiempo, incremente su peligrosidad a largo plazo.

*** Fernando Simón Yarza es catedrático de Derecho constitucional de la Universidad de Navarra.