El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif. Reuters
Por qué la paz de Irán se negocia en Pakistán
Pakistán se ha convertido en un país donde se negocia la arquitectura del nuevo orden mundial. Un Estado frágil, pero que posee armas nucleares, y que está actuando como el pegamento de un sistema internacional que se está desmoronando.
Pakistán, decía Kissinger, es demasiado importante para ignorarlo y demasiado complicado para entenderlo.
Y estos días, no son pocos, los que se fuera del país se preguntan ¿por qué en Pakistán? ¿Por qué tienen lugar aquí unas conversaciones de las que, aparentemente, depende de la estabilidad mundial?
"Pakistán lleva setenta años siendo el país más peligroso del mundo, el más corrupto, el más frágil. Y resulta que ahora somos los únicos que podemos hablar con todo el mundo. La quiebra tiene sus ventajas."
Este chiste que circula estos días por los grupos de WhatsApp del país condensa parte de la respuesta.
Es decir, Islamabad acoge las negociaciones, fundamentalmente, por su capacidad de interlocución con casi todas las partes involucradas.
Así, Pakistán tiene una relación fluida con Irán y EEUU, aunque no con Israel. Y, además, mantiene un vínculo estratégico muy estrecho con China y, sobre el papel, un acuerdo de seguridad mutua con Arabia Saudí.
El vicepresidente de EEUU, JD Vance, este sábado en Pakistán.
Son unas credenciales diplomáticas que pocos o quizás nadie más puede ofrecer estos días.
Además, Islamabad tiene un interés genuino por una rápida resolución del conflicto. Así que es percibido como un potencial facilitador honesto por las partes, de nuevo con la excepción de las suspicacias de Israel.
El interés pakistaní tiene motivación, en primer lugar, geográfica.
Pakistán comparte novecientos kilómetros de frontera con Irán, y no cualquier frontera. Comparten el Balochistán, una región árida y montañosa del tamaño de Francia y que es uno de los grandes nudos de tensión geopolítica del planeta.
Irán, Pakistán, India, China y EEUU tienen constantemente el ojo puesto aquí y una desestabilización del Balochistán arrastraría a Islamabad al conflicto.
También por razones etnodemográficas.
Pakistán alberga la segunda mayor población chií del mundo, entre el quince y el veinte por ciento de sus doscientos cincuenta millones de habitantes. Es decir entre 35 y 50 millones de chiíes.
El asalto al consulado de EEUU en Karachi al poco de iniciarse el ataque israelo-americano contra Irán fue un primer indicador del riesgo para la estabilidad doméstica pakistaní.
Este incidente provocó que el hombre fuerte del país, el mariscal Asim Munir, convocara a los clérigos chiíes a Rawalpindi para advertirles que esta violencia no sería tolerada.
A esa inquietud por la agitación de su población chií, se une la amenaza de colapso económico que afronta Pakistán.
"Pakistán, un actor al que normalmente nadie llama a la mesa, ha acabado presidiendo la cena"
El gobierno lleva semanas implementando medidas de emergencia energética inéditas: semana laboral de cuatro días para los funcionarios, colegios cerrados durante dos semanas, y la última propuesta es reducir el horario de centros comerciales, bazares y restaurantes. Todo para minimizar los desplazamientos y no agotar las escasas reservas de petróleo del país.
Pakistán importa más del ochenta por ciento de su petróleo y tiene reservas estimadas para apenas diez días.
Y eso en un país que lleva décadas en la sala de urgencias del Fondo Monetario Internacional, y que comparte con Argentina el dudoso récord de haber acudido al FMI más veces que nadie en la historia.
Estos días, para la prensa internacional el acuerdo lo está protagonizando el primer ministro, Shehbaz Sharif.
Sin embargo, el nombre en boca de todos en los círculos diplomáticos de Islamabad y Karachi es el del mariscal Asim Munir, jefe del Ejército pakistaní y un hombre que en mayo de 2025 se impuso en la guerra de cuatro días contra India y forjó una relación personal directa con Donald Trump, quien empezó a llamarle, sin ironía aparente, "mi mariscal de campo favorito".
Y eso que hace menos de un año el Congreso estadounidense barajaba sancionarlo por perseguir a opositores políticos, incluyendo entre otros al exprimer ministro, Imran Khan.
En los chaiwalas de Islamabad, cafés de té especiado donde pululan periodistas, diplomáticos, exmilitares y conspiranoicos de todo pelaje, circula el rumor de que Munir pasó la noche del 6 de abril en vela, pasando de hablar con Trump a hacerlo con el ministro de exteriores iraní Abbas Araghchi, y de vuelta.
Y sin intérprete, según se cuenta, en alguna de las conversaciones.
Pakistán se convierte, así, en un país donde se negocia la arquitectura de un nuevo orden mundial mientras sus ciudadanos compran aceite de cocina por decilitros.
Un Estado frágil, pero que posee armas nucleares, no alberga bases militares estadounidenses y sí una creciente presencia y cooperación militar con China, y que está actuando como el pegamento de un sistema internacional que se está desmoronando.
Pakistán, un actor al que normalmente nadie llama a la mesa y que ha acabado presidiendo la cena. Pero, ya veremos, si los comensales se quedan para el postre.
*** Irene Martínez es analista de Earendel Associates para el Golfo y el Sur de Asia.