Pedro Sánchez deslizó este lunes la posibilidad de convocar un referéndum para que los catalanes decidan sobre su autogobierno y para reformar el Estatuto de Autonomía. Esto ilustra el funambulismo de Sánchez respecto a Torra, evidencia otro grado más de cesión para aplacar a los independentistas, y es un reconocimiento difuso de que el Estado está en deuda con los nacionalistas.

Con este anuncio, el presidente prosigue en su estrategia de apaciguamiento con la fiera del independentismo; algo que, como venimos contando en EL ESPAÑOL, recuerda a lo que hiciera hace ocho décadas el primer ministro británico Neville Chamberlain frente a la bestia del nazismo para mantener la paz. 

Referéndum

Este nuevo órdago de Sánchez, en el que figura una de las palabras totémicas de los nacionalistas, "referéndum", supone de facto complacer a ciertos sectores del PSC y rectificar a quienes rectificaron la reforma del Estatuto de Cataluña que en no pocos artículos amputó el Tribunal Constitucional en 2010.

El presidente parece apartarse del bando de los constitucionalistas. Promete quimeras que probablemente escapen hasta a su lógica. Promesas que son un mero ejercicio de contención política, sin previsión de las dañinas consecuencias que tendría aumentar aún más el techo competencial de Cataluña.

Desconexión pragmática

Está por ver la respuesta de los nacionalistas a esta regalía de Sánchez. Va de suyo que el mundo independentista está echado al monte y todo lo circunscribe al referéndum sobre el "derecho de autodeterminación". No obstante, esta oferta del presidente equivale a subir otro peldaño más en la desconexión más pragmática respecto al Estado.

Mientras el Gobierno promueve una oferta de amejoramiento del Estatut, los nacionalistas azuzan la tensión en las calles.