Un fotograma de 'La Odisea' de Nolan
Pues claro que tenemos derecho a cabrearnos con 'La Odisea' de Nolan
El público tiene derecho a exigir que se respete la coherencia de las obras que han construido su civilización. No se trata de censura previa ni de purismo arqueológico. Se trata de defender la idea de que el arte no es un instrumento de ingeniería social.
Hay un detalle en La Odisea de Christopher Nolan que acaba con todos los debates que ha generado la película dos meses antes de estrenarse.
Ludwig Göransson, el compositor de la banda sonora de La Odisea, ha revelado que Nolan le dio una sola instrucción antes de empezar a trabajar en su música: evitar por completo el uso de una orquesta sinfónica.
¿Por qué?
Porque Nolan quería un sonido que evocara la Grecia de la Edad del Bronce, que es el período en que transcurre La Odisea.
Por lo visto, Nolan considera que una orquesta sinfónica (con violines, violonchelos, metales y maderas, tal y como las conocemos desde el Barroco y el Romanticismo) sería tan anacrónico como darle un iPhone a Odiseo para que llame a su esposa Penélope a cobro revertido.
La decisión de Nolan, conocido por su purismo en películas como Interstellar, Dunkerque o Oppenheimer, tiene por supuesto todo el sentido.
Ludwig Göransson, entre Jennifer Lame y Cillian Murphy.
Porque más allá de la fidelidad al texto original, lo que una película, o un libro, o cualquier obra artística, no debe romper jamás es su coherencia interna.
Es decir, la historia no puede violar sus propias reglas.
No las reglas de la realidad, sino las del propio relato.
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Tres ejemplos al azar. Superman vuela, el xenomorfo de Alien tiene ácido en vez de sangre y los viajes en el tiempo son habituales en Regreso al futuro.
Y todo eso es imposible en la vida real.
Pero en Superman, Alien o Regreso al futuro nos lo creemos. ¿Por qué? Porque los espectadores, cuando nos sentamos en la butaca del cine, aceptamos las reglas internas del relato. Eso es lo que llamamos "suspensión de la incredulidad".
El primero que habló de "suspensión de la incredulidad" fue el poeta Samuel Taylor Coleridge, que en 1817 escribió "[la poesía debe] infundir en nuestra naturaleza interior un interés humano y una semblanza de verdad suficientes para procurar a esas sombras de la imaginación esa suspensión voluntaria de la incredulidad por un momento, que constituye la fe poética".
La clave es el término "voluntario". No es que el artista te engañe: es que tú aceptas jugar según las reglas del juego.
Por eso, lo que no hacen los directores de cine es que los dinosaurios de Jurassic Park se lancen a perrear con una canción de Bad Bunny mientras persiguen al protagonista.
O que Sauron viaje por la Tierra Media en un F-16 lanzando misiles Tomahawk sobre los hobbits.
O que Darth Vader sea un poeta existencialista francés adicto a la heroína que muere de sobredosis en el primer minuto de la película.
Así que cuando Nolan le pide al compositor de su banda sonora que utilice sólo instrumentos musicales que "suenen" a la Grecia de la Edad del Bronce, lo que le está diciendo al espectador es que, aunque La Odisea sea un relato mitológico, su ambientación y su atmósfera van a ser lo más cercanas posible a la Grecia real de la Edad del Bronce.
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Pero entonces, Nolan rompe su pacto con el espectador.
Porque Nolan embarca a Odiseo y sus guerreros en un drakar, un barco vikingo que no se construyó hasta 2.000 años después.
Y dibuja un mar gris, sin color, triste y mortecino, más propio de una isla del mar del Norte colonizada por una secta de fanáticos luteranos que de la luminosidad del Mediterráneo.
Y disfraza a sus personajes con armaduras medievales o directamente robadas de la batcueva de Bruce Wayne.
Es decir, que Nolan no quiere orquestas sinfónicas, a pesar de que estas son herederas directas de la cultura grecolatina y cristiana que nace con la Grecia antigua. Pero sí mete en la película a Travis Scott, un rapero, con el pretexto de que La Odisea es "cultura oral" como la del hip hop.
O contrata a Lupita Nyong’o, una actriz keniano-mexicana, para interpretar nada más y nada menos que a Helena de Troya.
Y, según dicen rumores todavía no confirmados, hace que Elliot Page, una mujer biológica que ha hecho la transición a hombre, de metro cincuenta de altura y una complexión casi infantil, interprete al guerrero invencible Aquiles.
O sea, que la atmósfera que Nolan tanto quiere cuidar para que el espectador crea que La Odisea transcurre en una Grecia antigua verosímil va por barrios.
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El reparto no es un capricho menor.
Helena no es un personaje genérico ni un símbolo abstracto de belleza universal. En el canto tercero de la Ilíada y en La Odisea, Homero la describe con expresiones cargadas de significado.
Helena es, según Homero, "de brazos blancos" y "de rostro divino". En la tradición poética posterior que bebe directamente de La Odisea, Helena es "rubia entre las mujeres". Es decir, no sólo rubia, sino muy rubia. La más rubia de las mujeres.
Esto no son adornos decorativos. Helena no es "simplemente" una cara bonita o exótica.
La belleza de Helena es causa de guerra y de destrucción precisamente porque encarna el ideal de belleza helénico tal como lo concebían los griegos antiguos. Son características que forman parte de la coherencia interna que construye el mundo heroico de la Edad del Bronce.
Asignarle ese papel a una actriz que contradice visiblemente la descripción de Homero no es una "relectura creativa". Es una ruptura deliberada de la coherencia interna del relato.
La Afrodita de Cnido, de Praxíteles.
Y aquí no se trata de exigir un casting arqueológico literal. Nadie pide, por ejemplo, que Helena sea una estatua viviente de Praxíteles.
Se trata de evidenciar que la decisión de Nolan no obedece a una necesidad dramática o artística, sino a criterios ideológicos o de marketing que, casualmente, coinciden con los de la izquierda radical woke.
Una izquierda radical woke que, por otra parte, desprecia las obras clásicas del canon literario occidental, como La Odisea, y que sólo las utiliza para caricaturizarlas. Quien haya ido al teatro en Madrid sabrá de lo que hablo: prácticamente no hay "reinterpretación" contemporánea de una obra del canon clásico que no implique una ridiculización, una tergiversación o una inversión parcial o total del material original.
Es como si sólo quedara ya un camino para la reinterpretación: el de la burla.
La realidad es que esa izquierda radical woke ha sido incapaz en doce años de vida de generar su propio canon literario y cinematográfico. Sólo ha retorcido y destruido el que han creado otros y que es considerado bello, o bueno, o necesario por la mayoría de los ciudadanos.
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El caso de Aquiles es todavía más revelador. En la Ilíada, Aquiles es el arquetipo absoluto de la masculinidad heroica trágica. Es "de pies ligeros", hijo de Peleo y Tetis, y está poseído por una ira sin freno que lo define y lo condena. Reinterpretarlo a partir de la fluidez de género del siglo XXI, como parece sugerir el rumor de Elliot Page, equivale a introducir un elemento tan disruptivo como un iPhone en la mano de Odiseo.
La analogía entre la poesía oral grecolatina y el rap es interesante desde un punto de vista antropológico, pero Nolan lo utiliza como coartada. Porque en La Odisea, el poeta Demódoco canta en la corte de los feacios un repertorio mítico que refuerza los valores aristocráticos y heroicos del mundo homérico.
Convertirlo en un rapero contemporáneo como Travis Scott no enriquece la historia. La intoxica con un referente cultural del siglo XXI que, además, rompe la coherencia interna porque nos obliga a pasar de los valores aristocráticos de la corte de los feacios a un icono callejero que juega con una estética propia de los traficantes de los trenches neoyorquinos.
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Y a eso se ha sumado la reacción histérica de la prensa progresista.
En lugar de un debate sereno sobre coherencia narrativa, hemos asistido a una llamada a las armas.
El artículo de Marlow Stern en la revista Variety de este 13 de mayo de 2026, titulado The Odyssey’: Why Elon Musk and His Troll Army’s Attacks Aren’t Just Silly but Wildly Inaccurate ("La Odisea: por qué los ataques de Elon Musk y su ejército de troles no son solo ridículos, sino salvajemente incorrectos"), es probablemente el ejemplo más claro de ello.
Porque el periodista no rebate los argumentos que yo acabo de dar en este artículo. Simplemente descalifica a los críticos y escribe "los troles de Twitter han formado una falange y apuntado sus lanzas directamente contra La Odisea. No han visto la película todavía, pero a pesar de eso se han puesto como una moto".
Y es cierto. Ellos no han visto la película. Pero él tampoco. Y, a pesar de ello, defiende a Nolan por pura militancia ideológica.
En cualquier caso, esos que el periodista llama "troles" no están criticando en el vacío. Están hablando de lo que han visto en el trailer de la película y de las decisiones de casting que ya han sido confirmadas.
Equiparar "no me convence este casting porque rompe la lógica del mito" con "racismo" o "troleo" niega al público el derecho elemental a la discrepancia cultural. Es como si los guardianes del discurso mediático hubieran decretado que el canon occidental es de dominio público ideológico y que, por lo tanto, se puede destruir libremente.
Pero señalar esa destrucción te convierte automáticamente en un fascista que reacciona violentamente a la pérdida de no se sabe qué privilegios.
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No hay que olvidar que el mismo Hollywood que exige "precisión cultural", que habla de "apropiacionismo" y que consulta a asesores indígenas para la película Moana o a historiadores chinos para Mulan trata la mitología griega como un terreno de libre disposición para cualquier experimento de ingeniería social.
La asimetría es evidente.
Porque nadie propone una versión "conservadora blanca occidental" del Ramayana de la antigua India o de las leyendas africanas y caribeñas de Anansi. Yo, al menos, no he visto a nadie reivindicar seriamente que el biopic de Michael Jordan sea interpretado por Jordi Évole. Salvo, claro, como meme.
La reinterpretación siempre, siempre, es unidireccional.
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Los mitos homéricos sobrevivieron tres milenios precisamente porque cada generación los hizo suyos sin traicionar su espíritu: el regreso de Odiseo, la ira de Aquiles, la astucia que vence a la fuerza bruta. Convertirlos en un vehículo para las modas ideológicas de 2026 no es evolución cultural, es manipulación.
Entre otras razones, porque los valores que defiende ese canon clásico son, exactamente, los que el progresismo pretende "superar" y "dejar atrás".
El público tiene derecho a exigir que se respete la coherencia de las obras que han construido su civilización. No se trata de censura previa ni de purismo arqueológico. Se trata de defender la idea de que el arte no es un instrumento de ingeniería social.
Porque las adaptaciones libres y libérrimas han existido siempre. Y el público las ha celebrado y aplaudido. Ran, de Akira Kurosawa, es El rey Lear, de Shakespeare. Apocalyse Now es El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Mother!, de Darren Aronosfsky, es nada y nada menos que el Génesis.
Hay miles de ejemplos. Literalmente, miles.
Pero utilizar a un director como Nolan, conocido por su rigor casi purista, para colar un caballo de Troya ideológico en una de las obras fundacionales de la cultura occidental es algo muy diferente y revela una evidente intencionalidad política.
Revela la voluntad de "bajar" el mito al barro de la batalla política contemporánea. De ensuciarlo. No de elevarlo.
Y eso es lo que molesta en realidad: que la reinterpretación no sea artística, sino ideológica.
Como decía G. K. Chesterton, la persona que no comprende por qué alguien ha colocado un vallado aparentemente sin sentido en medio de un prado es la última persona sobre la faz de la Tierra que debería tener el poder de derribarlo.
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Los artistas llevan siglos rompiendo la literalidad de las obras clásicas para sus adaptaciones. Pero cuando esas transgresiones se vinculan públicamente a discursos contemporáneos sobre representación, identidad y diversidad, una parte del público las experimenta como lo que son: adoctrinamiento.
Es como si el relato dejara de hablarnos desde su propio mundo, la Grecia antigua, y empezara a sermonearnos desde el nuestro, desde una universidad elitista de la costa este americana, para imponernos una agenda política completamente ajena al relato de La Odisea.
Y para que me adoctrinen, yo ya tengo La 1, la BBC y el New York Times. Pero La Odisea no me la toque usted para sus neurosis ideológicas, por favor.
Invente usted sus propios mitos, escriba si puede algo capaz de construir una civilización, como La Odisea, y no rompa lo que no le pertenece, caballero.