Adolfo Suárez enciende el cigarrillo de Felipe González en una sala del Congreso de los Diputados (octubre de 1978).
Muchos reivindican a Adolfo Suárez, pero pocos siguen su ejemplo
50 años después de su nombramiento como presidente, procede una reflexión sobre cómo se puede seguir hoy ese camino de respeto y colaboración con los diferentes, para reducir la radicalidad y el populismo en vez de insistir en alimentarlo.
Ha pasado tiempo suficiente para poder valorar en términos históricos y sociales la figura y el papel que tuvo Adolfo Suárez como presidente del Gobierno de España.
Estudiar lo que significó (junto a otros referentes de ese tiempo) puede ayudar mucho a analizar el momento actual y a buscar el camino para volver a reforzar y consolidar la democracia y las libertades.
El 3 de julio de 1976, Adolfo Suárez fue nombrado presidente del Gobierno. Pronto hará cincuenta años.
Fue el rey Juan Carlos el que llevó a cabo este nombramiento, que supuso el primer paso de la Transición española. Menos de un año después, el 15 de junio de 1977, Suárez fue ratificado democráticamente como presidente del Gobierno mediante el voto libre de los españoles.
Hace unas semanas tuve la oportunidad de debatir en la Comisión Constitucional del Senado de España una moción sobre el reconocimiento a la gestión de Adolfo Suárez en el 50 aniversario de su nombramiento.
Fue una oportunidad especial para significar el referente de la democracia española que fue y es Adolfo Suárez.
Junto a Adolfo Suárez en abril de 2002.
Es muy importante recordar el valor que tuvieron el acierto de sus decisiones y su coraje político. Especialmente en aquellos tiempos convulsos, con riesgos enormes de polarización y de retroceso.
El presidente hizo una gran aportación a España: vencer al populismo y la polarización.
Ese es uno de sus principales legados. Unir a la gente. Ganarse el respeto de todos respetando a todos. Y lo consiguió, además, en un momento de importantes y acalorados debates sobre modelos de organización institucional del Estado.
Suárez sabía que el respeto y la moderación eran la clave para llegar a la democracia y para consolidarla.
Naturalmente, no puede decirse que, en la España de 2026, vivamos una situación similar a la 1976. Pero sí podemos observar riesgos acerca de cuestiones que tienen mucho que ver con las vividas entonces: estrategias de polarización o técnicas populistas para extender dudas sobre si la democracia es la mejor manera de organización política de la sociedad.
Esa tentación populista, en la que muchos están cayendo con distintas líneas ideológicas, y que algunos ven como la única forma de acceder y mantenerse en el poder, no puede guiar la posición política de líderes que aspiren a representar a amplias mayorías sociales.
Los partidos políticos que tengan claro que la democracia es el bien público mayor a proteger deben interiorizar que el populismo y la polarización es, hoy en día como en 1976, el principal riesgo para el sistema democrático de nuestras sociedades.
Hay muchos políticos que en la actualidad reivindican la figura y el papel de Adolfo Suárez en la Transición española. Y me alegro mucho de que así sea. Es buena señal.
"Lo mejor que puede hacer quien esté orgulloso de Suárez es seguir su ejemplo, y no caer en la trampa y la provocación del populismo"
Pero algunos de ellos parecen no entender que lo mejor que puede hacer quien esté orgulloso de Suárez (y de tantos otros que hicieron también ese camino ejemplar) es seguir su ejemplo, y no caer en la trampa y la provocación del populismo.
Resulta ciertamente bochornoso ver a políticos españoles defender al presidente y, en la frase siguiente, dedicarse a insultar a otros políticos, a hacer demagogia o a contestar al populismo con más populismo.
No puede ser. Hay que parar y reflexionar sobre el camino que se quiere seguir.
La mejor labor que podemos hacer los partidos de Estado, institucionales y constitucionalistas, seamos reformistas o conservadores, nacionales o regionalistas, es no sólo evitar caer nosotros mismos, sino además ayudar a los demás partidos a no caer en las trampas del populismo y la polarización.
En los últimos tiempos es habitual ver cómo partidos supuestamente institucionales y “de Gobierno” parecen empeñados en que otros partidos con distinta ideología, pero el mismo papel institucional de Estado, se alejen de la moderación y sean expulsados hacia el populismo.
En vez de ayudar a los demás a evitar caer en la polarización, se incentiva y se empuja a lo contrario. Y la principal consecuencia de esa actitud es que es uno mismo quien acaba cayendo en la radicalidad y la demagogia.
El reto democrático es hacer lo contrario. Si otro partido se equivoca cediendo a la tentación del populismo, no le sigas empujando. Intenta sacarlo de ahí.
No sólo porque es lo más sano y conveniente para la democracia y la sociedad española, sino también porque, de tanto empujar al otro hacia el populismo polarizador, uno acaba cayendo también en él.
Es muy oportuno reconocer a Adolfo Suárez en los cincuenta años de su nombramiento. Y sería muy conveniente hacerlo siendo responsables y siguiendo su ejemplo.
Lo último que hubiera querido Suárez es que se utilizara su figura de referente institucional de Estado para confrontar y polarizar. Así que, por favor, no lo hagamos.
*** Juan Lobato es senador y técnico de Hacienda del Estado.