Fernando Simón y Jordi Évole en 'Lo de Évole'.
Si ves a Fernando Simón en TV, compra papel higiénico
Con Fernando Simón la selección natural parece funcionar de otro modo. Y ahí sigue, de hombre de ciencia, con sus competencias y su sueldo intacto, y su aire dubitativo.
Recuerdo perfectamente a Fernando Simón.
Cómo olvidarlo, con aquella mirada dulce, el pelo entrecano, el torpe aliño indumentario, la voz levemente cascada, como de alguien mayor, y el ademán eternamente amable de los que viven de las buenas intenciones.
Allí estaba, en los primeros días de 2020, ejerciendo de experto epidemiólogo (que es lo que es), intentando explicarnos lo que era la Covid-19 y por qué no había razones para tenerle miedo.
"España tendrá, como mucho, uno o dos casos diagnosticados".
Lo que pasó después ya lo sabemos, o más o menos, porque a día de hoy seguimos sin que nadie nos dé una cifra real de los miles y miles de muertos que dejó aquella pandemia. Todos tenemos alguno en nuestros alrededores. Tenemos familiares, tenemos amigos, tenemos conocidos que murieron de aquella enfermedad que según Fernando Simón no había que sacar de quicio.
Cuando la cosa se desmadró, Fernando siguió ejerciendo de experto, con la misma mirada afectuosa, la voz de catarro y la pinta de haber dormido en casa de un pariente próximo, y nos fue contando poco o nada, porque poco o nada se sabía, pero ahí estaba él, el mismo que un par de meses antes nos decía que no nos preocupásemos que no había nada que temer, que es lo que dicen los que no tienen ni idea, o los insensatos.
El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Santiarias (CCAES) del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón.
Me acuerdo hace más de medio siglo, cuando el caso de la colza, de aquel ministro que dijo que era todo culpa de un bicho que se moría si lo tirabas desde la mesa. La frase le acompañó el resto de sus días.
Pero con Fernando Simón la selección natural parece funcionar de otro modo, y ahí sigue, de hombre de ciencia, con sus competencias y su sueldo intacto, y su aire dubitativo, que debería despertar ternura hasta que te das cuenta de que, en un experto, lo que las dudas deben despertar es inquietud y hasta un poco de miedo.
Fernando Simón ha vuelto a aparecer frente a las cámaras para calmar nuestra ansiedad sobre el hantavirus.
Y lo veo ahí, en la tele, con sus ya familiares cejas pobladas y su mirar gentil, asegurándonos que no hay razones para la angustia y que esto se quedará en anécdota, y me dan ganas de ir al supermercado a comprar chocolate, harina para aprender a hacer pan y cincuenta rollos de papel higiénico.