Cuando un Gobierno te paga 23 millones y el Tribunal Supremo cero no es difícil entender que se acuse a los jueces de dar alas a la ultraderecha y se tilde de "despropósito" una impecable resolución jurídica que protege los fundamentos mismos de la democracia.
Comprendo que hacen falta valores deontológicos muy firmes para no secundar a quien escancia tan generosamente ese cuerno de la abundancia sobre los tuyos. Máxime si se trata de sumarse a la denuncia del PA (Puto Amo) de que la Sala Tercera del alto tribunal, en connivencia con el PP y Vox, está "tratando de cercenar los derechos de ciudadanía de los descendientes de la mejor de las Españas que sufrió un golpe de Estado".
Nada tan sencillo como la retórica victimista, a partir del hecho cierto de que quienes tuvieron que marcharse de España huyendo de la persecución política fueron víctimas de una vergonzosa injusticia.
Pero la realidad es que Sánchez y sus bien retribuidos corifeos mediáticos mienten sideralmente al plantear de esa manera la cuestión, pues lo que se dirime en el Tribunal Supremo a propósito de la llamada ley de nietos no es una cuestión de derechos sino de fraude en su ejercicio.
Un fraude equivalente al que tantas veces se perpetra contra la Seguridad Social, la Agencia Tributaria, o la Inspección de Trabajo. Sólo que dirigido a engordar ilegalmente el censo electoral.
Un fraude doblemente promovido por el propio Gobierno. En primer lugar, mediante la Instrucción de la "hermanísima" del salvaje perseguidor de jueces y periodistas, cuando falsificó en el BOE el contenido de la Ley de la Memoria Democrática.
Es difícil imaginar mayor agravio a los verdaderos damnificados por el exilio que instar a camuflarse entre ellos a los descendientes de quienes salieron de España por motivos tan diversos como la búsqueda de empleo y fortuna, la necesidad de poner tierra de por medio para eludir las consecuencias de delitos comunes o el simple odio atávico al lugar que te vio nacer.
Exactamente eso es lo que hizo Sofía Puente —incurriendo en flagrantes responsabilidades administrativas y penales— al establecer que "se presumirá la condición de exiliado" a todo aquel que salió de España entre el 36 y el 55.
Las directrices recibidas por los consulados completaron la multiplicación de los panes y los peces en una segunda fase al ampliar ese lapso temporal de dos décadas a prácticamente dos siglos. La nacionalidad y el voto se ofrecieron no sólo a los nietos sino a los bisnietos y hasta a algún tataranieto de quienes emigraron en el XIX.
Lo que produce pasmo no es la docilidad acrítica de los loritos de estómago agradecido —todos los regímenes caudillistas han tenido su "prensa del Movimiento"—, sino la imperturbabilidad con la que Sánchez construye el castillo de naipes de sus mentiras.
Hay algo tan irracional, tan desconectado de los circuitos de la empatía y de la lógica en la manera en que se aferra a falacias fácilmente desmontables, que ni siquiera esa mezcla de desquicie y de nequicia que analizábamos el domingo pasado terminan de explicar su conducta.
Desquicie y nequicia del presidente del Gobierno.
Que la perspectiva de perder el poder haya colocado a Sánchez al borde del ataque de nervios y que la perfidia sea parte de su condición moral ayudan a entender sus motivos e incluso sus resortes, pero no hacia dónde va.
Ese es hoy el jeroglífico, dentro del misterio, encerrado en el enigma.
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Así se refería Churchill a la Rusia soviética. ¿Cuál era el objetivo último de Stalin al final de la Segunda Guerra Mundial?
Cuando en 1962 se estrenó The Manchurian Candidate, la United Artists incluyó un gancho promocional en el cartel: "Si llegas cinco minutos tarde no te enterarás de nada, pero cuando la termines jurarás que nunca habrás visto nada parecido".
Era la película de John Frankenheimer, basada en la novela del mismo título de Richard Condon. Sólo el prestigio del director, recién consagrado con Desayuno con diamantes y la decisión de Frank Sinatra de interpretar el papel del 'bueno', vencieron la resistencia del estudio a meterse en aquellas arenas movedizas.
Se trataba nada menos que de un thriller psicológico destinado a advertir de los riesgos de la manipulación política, a través del control de la mente mediante los avances de la ciencia.
"Lo que produce pasmo no es la docilidad acrítica de los loritos de estómago agradecido, sino la imperturbabilidad con la que Sánchez construye el castillo de naipes de sus mentiras".
Entonces era el lavado de cerebro a través de avanzadas técnicas de hipnosis. En el remake de 2004, protagonizado por Denzel Washington, se trataba del implante de chips en el cerebro. Si se rodara hoy otra versión, el software y la inteligencia artificial tendrían un papel determinante.
The Manchurian Candidate es la historia de un prisionero norteamericano, capturado por los rusos durante la guerra de Corea y trasladado a unas instalaciones secretas en la vecina Manchuria.
Allí un doctor chino le induce un sueño profundo y le programa para obedecer las órdenes de quienes desde ese momento se convierten en los dueños de sus actos. Cuando vuelve a casa como condecorado héroe de guerra es ya un agente durmiente incrustado en los círculos de poder de Washington.
Los comunistas activan sus servicios mediante claves introducidas en su subconsciente. Primero mata al director de un periódico como prueba de sometimiento y al final trata de asesinar al presidente como parte de un complot en el que interviene su propia madre. En la adaptación de 2004 el candidato de Manchuria llega a ser elegido vicepresidente de los Estados Unidos.
La versión primigenia fue un gran éxito de taquilla y la crítica la convirtió pronto en un icono del idealismo kennediano durante la guerra fría. Las libertades de los norteamericanos estaban en peligro si el enemigo era capaz de controlar a quien tenía acceso al poder.
Y para el ciudadano de a pie todo quedaba sumido en un arcano insondable. Por algo el título alternativo era "El mensajero del miedo".
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En las últimas décadas el concepto de candidato de Manchuria ha pasado a ser una denominación genérica, aplicable a todo mandatario que por razones desconocidas parece actuar al servicio de los intereses de un país enemigo.
Cuando surgió la polémica sobre el apoyo ruso a su primera elección presidencial, la columnista Anne Aplebaum tildó a Trump de "candidato de Manchuria de carne y hueso".
Poco después Hillary Clinton sugirió que ese era el papel que estaba jugando la congresista hawaiana Tulsi Gabbard —con experiencia militar en Irak—, al amagar con formar un tercer partido que dividiría el voto demócrata. Y en las últimas elecciones australianas el primer ministro saliente endosó la etiqueta con todas sus letras a su sucesor Anthony Albanese, como presunto favorito de Beijing.
En ninguno de esos casos había hechos tan sorprendentes y a la vez faltos de explicación alternativa a la manchuriana como los que jalonan la conducta de Pedro Sánchez en favor de los intereses de Marruecos en el último lustro.
Fue desde luego sorprendente que en marzo del 22 escribiera su obsequiosa carta —en el sentido más literal de la palabra—, regalando a Mohamed VI el mayor bandazo de la política exterior española de la democracia al reconocer la soberanía marroquí sobre el Sahara.
Sobre todo, teniendo en cuenta que había pasado menos de un año de la primera invasión a Ceuta, como represalia por la estancia hospitalaria en España del líder del Polisario Brahim Ghali. ¿Por qué ponía Sánchez la otra mejilla?
Sánchez no ha cedido la cabeza de Beatriz Corredor por el apagón, ni la de Óscar Puente por Adamuz, ni la de la directora general de la Guardia Civil por sus citas con la Fontanera, ni ahora la de Marlaska por sus mentiras en todos los órdenes, pero entregó a Rabat la de la ministra de Exteriores González Laya para poner al pro marroquí Albares en su lugar.
Es cierto que, como supimos luego, entre tanto había tenido lugar la infección del móvil del presidente con el software espía Pegasus y la sustracción masiva de sus datos, atribuida a la conjunción de la tecnología israelí con los servicios de Rabat.
¿Fue entonces cuando Sánchez se convirtió mediante la coacción en agente durmiente de la monarquía alauí o el lavado de cerebro, la implantación del chip o el spyware venía ya de antes?
¿O no será más bien que más allá de todas estas técnicas intrusivas Marruecos había captado a Sánchez o a su esposa con señuelos menos sofisticados, igual que hizo con sus antecesores al frente del PSOE?
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Lo cierto es que, si el ensayo general del asalto a Ceuta del 21 le pilló echándose la siesta, su papel en el estreno mundial del 26 bien podría hacerle merecedor del título de Presidente Morfeo o —como dijimos en EL ESPAÑOL— Bello Durmiente de la Mareta.
Cuando Vivas le llamó a la Moncloa el 27 de julio no se puso al teléfono. Sin duda estaba descansando. Ni el 28 ni el 29, cuando el CNI ya había dado la voz de alarma, le devolvió la llamada. Sólo lo hizo el 30 cuando ya nos habían partido humillantemente la otra mejilla, mandíbula y globo ocular incluidos.
Tras el fugaz respingo del 31, cuando hizo la visita del médico a Ceuta y admitió "la violación de la integridad territorial", el presidente volvió a sumirse en el sopor vacacional de agosto con ínfulas de sueño eterno. Entre tanto el drama de la invasión se iba agravando y enquistando.
Cualquiera diría que el absentismo laboral de Sánchez pretendía que pasaran los diez días hábiles para las devoluciones legales 'en caliente' y que durante veinte más las condiciones materiales y la convivencia en Ceuta siguieran deteriorándose.
Cualquiera diría que el absentismo laboral de Sánchez pretendía que pasaran los diez días hábiles para las devoluciones legales 'en caliente'.
Cualquiera diría que la elección del ministro más inadecuado al frente del Mando Único, con la protección de los invasores como prioridad y la reconversión de espacios urbanos en campos de refugiados, pretendía luego alimentar la indignación de los ceutíes y los excesos de los ultras.
Y cualquiera diría que su recado a la población de la ciudad autónoma, durante el 'completo' que le hicieron el miércoles en TVE, era una invitación a ir abandonándola. Con el punto de sadismo de presentar la creación de hasta seis mil plazas de acogida para migrantes como una nueva "realidad estructural".
Añadamos a todo esto la defensa a machamartillo de la "lealtad" de Marruecos y su exculpación contra toda evidencia en la planificación y ejecución de la invasión. El propio término ha quedado proscrito: "no son invasores, sino personas que buscan una vida mejor".
Toda una invitación a repetir la suerte. Música celestial para quien reivindica la soberanía, se empeña en hacer la vida imposible a los ceutíes y va colocando su quinta columna en la ciudad.
Frotémonos los ojos cuanto queramos pero Rabat ha encontrado en Sánchez a su candidato de Manchuria soñado.
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Hasta el extremo de que, a diferencia de lo que ocurre con los rusos y los chinos en la película de Frankenheimer, el Gobierno marroquí ni siquiera lo oculta. Todo lo contrario.
El comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores marroquí del jueves loa de tal manera a Sánchez y denigra tan burdamente a Feijóo que parece haber salido de la redacción de Mañaneros o de un programa piloto de la Séptima.
Si no es así, estamos ante una flagrante injerencia marroquí en la política interior española. Porque contraponer los presuntos logros de la "nueva etapa" emprendida por Sánchez y Mohamed VI con el "lodazal populista" de "partidos históricos con experiencia gubernamental" —o sea el PP de Feijóo— excede todas las pautas de la diplomacia.
Y no digamos amenazar con "desconfianza crónica" y "tensiones recurrentes", si la "altura de miras" del actual Gobierno es sustituida por "la ceguera estratégica" de la oposición.
Esa es la leña al fuego que necesita Sánchez para contraponer la "valentía" de dejar entrar a los invasores con la presunta única alternativa de "liarse a tiros" con ellos.
De ahí que si Sánchez defiende los intereses de Marruecos, en justa correspondencia, Marruecos defienda los intereses de Sánchez. El candidato de Manchuria perfecto. Mientras siga en la Moncloa, cada crisis con Rabat terminará en una nueva cesión española y otra sonrisa marroquí.
"Mientras Sánchez siga en la Moncloa, cada crisis con Rabat terminará en una nueva cesión española y otra sonrisa marroquí"
Dice que es un "perro sin amo" pero su correa conduce hasta Rabat y eso le permite "vivir en un palacio" como, a propósito de inmuebles, acaba de recordarle Ayuso.
Y lo que más encaja es lo del "mensajero del miedo". Porque nadie como el Gobierno de Marruecos está ayudándole a "sembrar de dinamita política el camino hacia las elecciones".
La autocita es doblemente intencionada. Cuanto más cerca estén las urnas más explosivo será el ambiente. Y nadie como el Gobierno de Marruecos va a generarle oportunidades de agitar el temor a la ultraderecha como gran argumento electoral.
¿Cómo es posible que la mayoría de los votantes de izquierdas finja no enterarse de ese do ut des entre su hipócrita paladín y la teocracia vecina, a costa de los ciudadanos de Ceuta y la soberanía nacional?
Creo que empieza a ser hora de relacionar ese suelo algo superior al 25% que todos los sondeos conceden a Sánchez con la hormona de la vasopresina y con el principio neurobiológico del "tend and defend". Pero lo dejaremos para la próxima semana en la que también hablaremos del Gobierno.