Es cierto que, como dice la primera línea de Las Gobernadoras, "ser hija póstuma de un virrey no te convierte en princesa".

Pero el legado es un arma cargada de futuro, si se sabe invocar con sentido de la oportunidad.

He contado en mis memorias que cuando el Rey Juan Carlos me reprochó los artículos sobre los GAL que publicábamos en Diario 16 y se hizo eco del infundio de que su autor, Melchor Miralles, tenía vínculos con el entorno de ETA, yo me revolví sobre una baldosa de la sala de audiencias de la Zarzuela.

— Eso no es cierto y aunque sólo fuera por lo que el padre de Melchor hizo por el padre de Su Majestad, debería concederle el beneficio de la duda.

Me refería a la tenaz implicación del abogado Jaime Miralles en la defensa de la monarquía democrática que don Juan de Borbón promovía desde el exilio. Fue una reacción improvisada y era la primera vez que le llevaba la contraria a un rey, pero me sentí cargado de razón.

Algo así debería haber hecho el presidente Sánchez al escuchar el miércoles a Trump descalificar a bulto a España, tildándonos de "causa perdida, "socio terrible", "hostil" y que "no paga". Como si se refiriera a la idiosincrasia nacional, en modo caricatura, y no a la política del actual Gobierno.

Sánchez lo tenía doblemente fácil, al coincidir la cumbre de la OTAN con la conmemoración del 250 aniversario de la Declaración de Independencia norteamericana.

— Señor presidente, aunque sólo fuera por lo que nuestros antepasados hicieron por la libertad de los suyos, cuando fundaron los Estados Unidos, usted no debería decir esas cosas de mi país.

La respuesta habría dado la vuelta al mundo y mejorado sin duda la popularidad interior de Sánchez.

Pero, claro, para haberle contestado eso, en primer lugar, el presidente tendría que haber sabido 'lo que nuestros antepasados hicieron' en 1776.

Y, en segundo lugar, tendría que haberse sentido orgulloso de ello.

A falta de ambos requisitos, Sánchez explicó que poco después de recibir esos insultos colectivos, coincidió con Trump al formarse la foto de familia de la cumbre de Ankara y "hablamos de fútbol".

A Trump le quedan 849 días, Sánchez pretende llegar a cinco mil

A Trump le quedan 849 días, Sánchez pretende llegar a cinco mil Javier Muñoz

Hablaron de fútbol; pero ni siquiera fue para que Sánchez reclamara para el Bernabéu la final del Mundial 2030 que el propio Trump, a través de su servicial Infantino, está a punto ayudar a conseguir a Marruecos.

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Pocas oportunidades perdidas retratan tan bien a un Sánchez pagado de sí mismo, feliz en su ignorancia de cualquier periodo de la Historia de España que no le permita cargar contra la ultraderecha, indiferente a los intereses generales y las empresas colectivas.

Y no me refiero ya a la falta de réplica adecuada a Trump, sino a la incomparecencia absoluta de España en la conmemoración de un acontecimiento que cambió el curso de la civilización humana y que nuestros ancestros contribuyeron decisivamente a forjar.

Pocas oportunidades perdidas retratan tan bien a un Sánchez feliz en su ignorancia de cualquier periodo de la Historia de España que no le permita cargar contra la ultraderecha.

El contraste con las iniciativas de la otra gran nación implicada en el empeño no puede ser más lacerante. Desde hace un mes la llamada "Patrouille de France" sobrevuela los cielos de todas las grandes ciudades de la costa Este norteamericana, de Boston a Miami, realizando acrobacias con aparatos bautizados con los nombres de Washington, Franklin o Jefferson.

No es sino una pequeña parte del proyecto "América 250/ France 2026" o "Liberté 250" que el presidente Macron impulsa con brío en todos los ámbitos. Incluye grandes eventos en el Palacio de Versalles como la recreación de la batalla de Yorktown, exposiciones en el Museo de Orsay o en el Carnavalet, un partido oficial de la NFL en el Stade de France, homenajes a La Fayette, conciertos y conferencias en todo el país.

Incluso el Reino Unido,la potencia colonial derrotada en aquella guerra, se ha sumado al valor histórico del acontecimiento con la visita a la Casa Blanca del rey Carlos III y la reina Camila y la emisión de una moneda conmemorativa de gran tamaño con el águila norteamericana de un lado y el retrato del hijo de Isabel II del otro.

No deja de ser paradójico que de nuestro Carlos III no haya aparecido el menor rastro, cuando fue uno de los dos monarcas europeos que ayudaron decisivamente al éxito de la rebelión de los colonos. En concreto es vergonzoso que Felipe VI no haya contado con el impulso —ni siquiera con el permiso— del Gobierno para reivindicar en Washington la contribución de su octavo abuelo.

Porque en el Madrid de Carlos III se gestó el plan integral que ejecutaron los gobernadores de la Luisiana española, Luis de Unzaga y Bernardo de Gálvez, desde Nueva Orleans.

A través del Mississippi se organizó una ruta de abastecimiento que incluía soldados españoles, armamento para los rebeldes, una red de espías y grandes cantidades de dinero que financiaban al Ejército del Norte mientras se presionaba, desalojaba y ponía en fuga a los ingleses en el sur. Así se fraguaron gestas como las de Mobile o Pensacola.

Es vergonzoso que Felipe VI no haya contado con el impulso del Gobierno para reivindicar en Washington la contribución de su octavo abuelo.

Nada de esto parece ser del conocimiento de Sánchez, Albares o Bolaños, tan despiertos al hacer de la muerte de Franco una referencia para movilizar a la izquierda, tan olvidadizos también del cincuentenario de la llegada a la Moncloa de Adolfo I, el Conciliador.

Si no fuera por los actos que prepara la Comunidad de Madrid para el otoño, por la publicación de algunos libros académicos y por la novela de la descendiente de Unzaga, Cruz Sánchez de Lara, que reivindica a las hermanas criollas que se casaron con los dos gobernadores españoles, nadie recordaría nuestro papel crucial en la creación de la mayor democracia de la tierra.

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Es verdad que, como se trasluce página tras página en Las Gobernadoras, España ejerció aquel papel entre secretos y susurros. Y no sólo por eludir la confrontación con Inglaterra en una guerra declarada y por evitar el contagio de la fiebre independentista a nuestras propias colonias.

Había también una cuestión ideológica de fondo que determinaba el carácter clandestino y en cierto modo vergonzante de nuestra contribución. Algo que significativamente marca también el desentendimiento de este gran aniversario.

Me refiero al ondulín del llamado "problema de España" durante los últimos tres siglos: es decir al débil arraigo primero de la ilustración, luego del liberalismo y ahora de la democracia parlamentaria en amplios sectores de la sociedad española.

Frente a la fuerza emancipadora del Siglo de las Luces francés, entre la Encyclopedie y la Declaración de los Derechos del Hombre, sobre nuestros ilustrados, incluidos los Gálvez, Unzaga, Gardoqui o Saavedra, protagonistas de la ayuda a los Estados Unidos, pesaba siempre la doble sombra de la Inquisición y el absolutismo más o menos disfrazado de benevolencia.

No hay más que ver las desventuras de los Esquilache, Olavide, Jovellanos, Cabarrús o el propio conde de Aranda, agravadas en los últimos años del siglo XVIII por el temor al contagio revolucionario. Las Gobernadoras refleja bien — a través del destierro itinerante de la viuda de Gálvez, Felicitas— cómo servir de anfitriona a una tertulia frecuentada por ilustrados podía ser causa suficiente para caer en desgracia.

"Nos faltó el siglo educador", escribió Ortega. La tragedia del Trienio Liberal es la prueba de que casi 50 años después de la Declaración de Filadelfia, España continuaba bloqueada en su progreso político por la pugna a garrotazos entre la reacción y la ruptura.

E iba para largo como lo atestiguan las cinco guerras civiles del siglo XIX y la tan rememorada del siglo XX.

Trump es la coartada perfecta para el resurgir del sentimiento antinorteamericano que subyace en gran parte de la izquierda iliberal española.

Cualquiera diría que los dos arrieros de Goyasiguen hoy habitando entre nosotros, hundidos hasta las rodillas en la ciénaga de las redes sociales.

Hasta 1976 no empezamos a subirnos al tren de la democracia occidental o lo que es lo mismo del europeísmo y el atlantismo. Lo hicimos mediante el elixir mágico del consenso, erosionado y saboteado por Zapatero, después del 23-F y dinamitado por el sistema de alianzas de Sánchez con Podemos, Bildu y el separatismo golpista catalán.

En este contexto, la detestable condición personal y la nefasta política exterior de Trump no son la causa sino la coartada perfecta para el resurgir del sentimiento antinorteamericano que subyace en gran parte de la izquierda iliberal española.

Y no se trata sólo de la impugnación retrospectiva de los acuerdos de Eisenhower con el régimen de Franco, sino de la resistencia a asumir los valores de la democracia formal que, con todas sus crisis y vaivenes, siguen impregnando el modelo estadounidense.

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Hace unos días el historiador especializado en la presidencia norteamericana Michael Beschloss recordaba en The Economist el inicio del discurso inaugural de Franklin D. Roosevelt en 1933: "Gracias a Dios los problemas de la Nación sólo afectan a las cosas materiales".

Lo decía en medio de la Gran Depresión, cuando miles y miles de familias desahuciadas deambulaban por el Medio Oeste y California recolectando las uvas de la ira. Pero incluso entonces el gran pacto social en torno a los principios democráticos y las instituciones que los encarnaban prevalecía frente a las tentaciones autoritarias.

Escuchando estos días a Sánchez cualquiera diría que su mensaje es exactamente el opuesto. La separación de poderes no existe, la independencia judicial se bate en retirada, los equilibrios y contrapesos han sido dinamitados, la libertad de prensa está amenazada, la corrupción se ha convertido en el ropaje del poder, pero el PIB nominal sigue creciendo más de un 2% y hay récord de afiliados a la Seguridad Social.

No se trata hoy de insistir en cuanto tiene de postizo, injusto y sobre todo peligroso el "cohete" económico de SánchezDaniel Lacalle lo hace todos los sábados con la eficiente precisión de la gota malaya—, sino de subrayar que en una democracia hay un orden superior del que emana el verdadero bienestar.

En Estados Unidos ha habido 45 presidentes que han dejado estelas muy variadas. Desde el melancólico heroísmo de Lincoln a la adicción a la mentira y el alcohol de Nixon, pasando por el carisma ensombrecido de Kennedy, la incompetencia de Carter, la visión transformadora de Reagan o el liderazgo inclusivo de Clinton y Obama.

Trump lleva camino de ser recordado como uno de los peores presidentes, si no el peor. Demos por reproducidos mis argumentos sobre el tipo que a nada que le llevas la contraria te tira el vaso de whisky a la cara. Pero ni siquiera él está pudiendo con las instituciones norteamericanas.

El Tribunal Supremo y el Congreso han resuelto en su contra en asuntos importantes como la ciudadanía por nacimiento o la desclasificación de documentos del caso Epstein y ahí están a la vuelta de la esquina las legislativas que podrían anticipar a noviembre su condición terminal de "pato cojo".

Porque lo que hasta él mismo admite ya es que a fecha de hoy le quedan 849 días de mandato efectivo y que la Constitución no deja resquicio alguno para que sea elegido por tercera vez. Pase lo que pase de aquí a entonces, el 7 de noviembre de 2028 la "pesadilla Trump" habrá terminado porque en los Estados Unidos está prohibido perpetuarse en el poder.

En España, con un teórico parlamentarismo —en el que ni se aprueban presupuestos ni se celebran debates sobre el Estado de la Nación—, padecemos de facto un presidencialismo crecientemente autoritario.

En España, con un teórico parlamentarismo —en el que ni se aprueban presupuestos ni se celebran debates del Estado de la Nación—, padecemos un presidencialismo crecientemente autoritario.

Sánchez lleva ya 2.961 días ininterrumpidos en la Moncloa —frente a los 1.998 de Trump en sus dos mandatos— pero una y otra vez insiste en que no sólo acabará esta legislatura, sino que se presentará por sexta vez a unas generales. Según él, España necesita sus políticas "durante la próxima década".

Eso abre el camino a que, si lograra mantenerse en 2027, se presentara por séptima vez en 2031. Es un secreto a voces que su pretensión es superar los 4.992 días de permanencia en el cargo de su detestado Felipe González.

O sea, superar sus 13 años y cuatro meses de mandato, aferrándose a la Moncloa a lo largo de tres décadas distintas del siglo XXI. El Sánchez del final de la década de los 10, el Sánchez de toda la década de los 20 y el Sánchez de comienzos de la década de los 30.

En cualquier circunstancia sería algo enfermizo, un caudillismo insano. Pero afrontarlo huyendo hacia delante para protegerse de la justicia y de la prensa, puede resultar letal para el orden constitucional.

Lástima que ilustrados esclarecidos como nuestros gobernadores de Luisiana y tantos de sus colaboradores y descendientes que contribuyeron a engendrar un nuevo mundo, basado en los límites y contrapesos, no tuvieran la oportunidad histórica de reformar la vieja España con el suficiente acierto y vigor como para protegerla del despotismo durante al menos dos siglos y medio.