Detalle de 'Por España y por el rey, Gálvez en América', 2015, de Augusto Ferrer-Dalmau.

Detalle de 'Por España y por el rey, Gálvez en América', 2015, de Augusto Ferrer-Dalmau. Wikimedia Commons

Historia

Así fue la imprescindible contribución de España a la independencia de los Estados Unidos

En el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia americana, el diplomático y escritor Eduardo Garrigues analiza el papel de nuestro país en aquel momento histórico.

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En este año se celebra el 250 Aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos que, según el prestigioso historiador estadounidense Larie Ferreiro, iba dirigida, más que al gobierno de Inglaterra, a las potencias europeas rivales, Francia y España, como requisito imprescindible para que las colonias rebeldes pudieran solicitar el apoyo de esos Estados soberanos.

Inmediatamente después de haberse proclamado la independencia, el Congreso mandó a Europa una delegación integrada por Benjamín Franklin, Arthur Lee y Silas Dean, que llegó a finales de 1776 a París, donde fueron recibidos por el ministro francés de Asuntos Exteriores, conde de Vergennes, el cual les puso en contacto con el embajador de España ante la corte de Luis XVI.

Cuando el rey Carlos III había nombrado a Pedro Pablo Abarca y Bolea, conde de Aranda, embajador de España en París, –lo que muchos consideraban "un destierro dorado"–, no podía haber previsto que la rebelión de las colonias inglesas en la América septentrional –y la subsiguiente guerra con Inglaterra– iban a convertir a la capital francesa en el puchero donde iban a bullir todas las fuerzas políticas del mundo conocido. Y que en ese humeante caldero el aristócrata aragonés iba a introducir su enérgica cuchara, de acuerdo con su carácter dinámico y ambicioso.

En la primera entrevista celebrada con los representantes del Congreso, aparte de la limitación impuesta por la falta de entendimiento de una lengua común, el conde de Aranda manifestó su sorpresa por que los representantes de un país que ni siquiera había asegurado todavía el dominio pacífico de su territorio, ni estaba reconocido por la comunidad internacional, pretendiese firmar un tratado de buena correspondencia y amistad con Su Católica Majestad.

Pero, cuando en enero de 1777 –y ya con la ayuda de un intérprete– se produjo la segunda entrevista entre Aranda y Franklin, el embajador español había comprendido que el conflicto entre Gran Bretaña y sus colonias le daba a España una ocasión de vencer y quizás humillar a su enemigo ancestral, pues "en siglos no se presentaría ocasión semejante a la presente para reducirla", como pensaba el embajador.

El asunto era lo suficientemente importante como para que Carlos III convocase un consejo de Estado y pidiera la opinión a todos sus ministros sobre la línea política que debía adoptar la monarquía española en esa coyuntura.

El secretario de Marina, marqués González de Castejón, indicaba: "Estoy convencido de que debemos ser los últimos de Europa en reconocer potencia alguna en América, independiente y soberana, y esto a más no poder".

España ayudó bajo cuerda al ejército de Washington, mandando armas, municiones y pertrechos, así como ayuda financiera

Para no defraudar completamente las expectativas de los representantes de los Estados rebeldes, los ministros del gabinete y el propio rey optaron por una decisión salomónica: no declararían la guerra a Inglaterra ni firmarían un acuerdo con los representantes del congreso, pero en cambio ayudarían bajo cuerda al ejército de Washington, mandando armas, municiones y pertrechos, así como ayuda financiera. Todo ello con el máximo secreto, en lo que pretendía ser una astuta estrategia para debilitar al enemigo común, sin necesidad de llegar a una ruptura con Inglaterra.

La política exterior ambivalente de la corte de Madrid contrastó con la actitud mucho más decidida de la otra corte borbónica y de su ministro Vergennes, que, a partir de la victoria de las tropas rebeldes en Saratoga en 1777, daba por segura la victoria del ejército de Washington. Lo que le llevó a firmar un acuerdo de comercio y buena correspondencia que proponían los representantes del congreso de los Estados Unidos.

Los resultados hubieran sido posiblemente mejores para el reconocimiento de la ayuda española si, de acuerdo con la propuesta del conde de Aranda, España hubiera reconocido a los comisionados del Congreso.

Cumpliendo los pactos de familia, el rey Carlos III se vio involucrado en una guerra que no deseaba y para la que el monarca consideraba que ni el ejército ni la flota estaban preparados para la contienda.

Tras la declaración oficial de la guerra en 1779 y las exitosas campañas de Bernardo de Gálvez en ambas orillas del Misisipi y en las plazas fuertes británicas del golfo de México –coronadas en 1781 por la toma de Pensacola–, permitieron bloquear el acceso de la flota inglesa al golfo de México y al estratégico canal de las Bahamas.

Lo que a su vez permitiría al Ejército Continental de George Washington resistir a las tropas inglesas en los Estados del norte y eventualmente ganar la decisiva victoria de Yorktown, batalla en la que no intervinieron tropas españolas pero sí una importante ayuda financiera que entregó el comisario real Francisco de Saavedra, íntimo amigo y compañero de Gálvez, al almirante francés De Grasse.

En 1783 le tocó al conde de Aranda negociar la Paz de París, como plenipotenciario de España, con Benjamín Franklin. El conde de Floridablanca, secretario de Estado, que ya había desautorizado en otras ocasiones a su embajador, no consintió que se discutiera la cuestión de límites ni el derecho exclusivo de navegación por el Misisipi para España.

Con lo que estas importantes cuestiones, no resueltas en la negociación de París, se convertirían en la manzana de la discordia entre los dos países. En vano, Floridablanca quiso subsanar a posteriori esta omisión mandando al comerciante bilbaíno Diego Gardoqui a negociar con el congreso de los Estados Unidos, sin conseguir sus propósitos.

Solo se resolvería esta espinosa cuestión, y en beneficio de la postura de los Estados Unidos, cuando en 1795 –ya bajo reinado de Carlos IV–, por el Tratado de San Lorenzo, Manuel Godoy consintió en entregar al nuevo Estado gran parte del territorio que había conquistado Bernardo de Gálvez y admitía la libertad de navegación por el río Misisipi.

Eduardo Garrigues (1944) es diplomático y escritor. Embajador en Namibia, Botswana y Noruega, fue director general de Casa de América. Su último libro es El Misisipi en llamas.