González Laya en su oficina de Madrid

González Laya en su oficina de Madrid Sara Fernández

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González Laya: "Si cristianos y socialdemócratas colaboraran escribirían una encíclica sobre la IA parecida a la del Papa"

La exministra de Exteriores, de gira con su libro en Madrid, admite sobre el papel de Zapatero en Venezuela: "Me choca. No es la persona que he conocido".

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Las claves
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Arancha González Laya presenta su libro 'Solos en el mundo', donde analiza la soledad geopolítica de Europa y los desafíos que enfrenta ante potencias como Rusia, China y la pérdida de apoyo incondicional de Estados Unidos.

La exministra de Exteriores aborda el papel de España y la UE en la crisis venezolana, subrayando la importancia de buscar una transición democrática y la influencia de actores como Zapatero y la Iglesia Católica.

González Laya defiende una mayor unidad europea en política exterior, economía y defensa, abogando por una estrategia común para afrontar retos como la rivalidad con China y la agresión rusa.

Considera fundamental reforzar el patriotismo europeo, invertir conjuntamente en defensa y mantener relaciones diplomáticas activas tanto con China como en el ámbito transatlántico.

González Laya siempre ha sido una figura profundamente política, pero nunca de partido. De hecho, muchos de sus amigos se sorprendieron cuando Pedro Sánchez la nombró ministra de Exteriores en enero de 2020. Había pasado por Bruselas y por la Organización Mundial del Comercio, sin haber militado jamás en ninguna formación. Y se nota a la hora de responder, porque evitará siempre pisar charcos.

La exministra acaba de publicar Solos en el mundo, un ensayo sobre una Europa cada vez más aislada en el tablero internacional: presionada por Rusia, desafiada por China y obligada a asumir que Estados Unidos ya no ejerce el papel de aliado incondicional que desempeñó durante décadas.

Conoce bien las turbulencias geopolíticas: le tocó gestionar las negociaciones del Brexit, el Fondo de Recuperación europeo y, también, uno de los periodos más convulsos en la relación entre España y Venezuela. Apenas unos días después de su nombramiento se produjo la polémica reunión entre José Luis Ábalos y Delcy Rodríguez en el aeropuerto de Barajas.

Hoy, cuando las investigaciones judiciales vuelven a situar a Venezuela y a José Luis Rodríguez Zapatero en el centro de la actualidad, González Laya se muestra prudente: "Me choca. No es la persona que he conocido. Pero espero que esto se dilucide". Afirma que jamás recibió indicaciones sobre cómo gestionar las discrepancias del expresidente respecto a la posición común europea contra el régimen de Nicolás Maduro.

Reside en París, pero viene a España a menudo. ¿Qué le ha traído en esta ocasión por aquí?

He venido a la Feria del Libro de Madrid, con ocasión de la presentación de mi nuevo libro Solos en el mundo. Y con el deseo de compartir con los lectores muchas de las inquietudes que presento en él, donde hablo de la soledad geopolítica de Europa sin su aliado tradicional, Estados Unidos, y rodeado de fuerzas que quieren debilitarla.

¿Firmará por primera vez?

Firmaré y haré la presentación del libro a finales de este mes aquí en Madrid y luego en Barcelona, en Vitoria y en otros muchos sitios de la geografía española. Es un buen momento para debatir con los ciudadanos.

Pensé que había venido por el Papa.

No, no, aunque es una coincidencia interesante porque este Papa, a pesar de ser un representante en la tierra de un Dios, trata de cuestiones muy terrestres que me resultan de gran interés como la inteligencia artificial. Y me gusta escucharle proponiendo en su nueva encíclica casi un programa de gobierno. Si los europeos, cristianos y socialdemócratas, tuvieran la capacidad de sumar fuerzas, creo que escribiríamos una encíclica sobre la IA bastante parecida a la que ha escrito el Papa.

Al final va a resultar que el Papa es el tecnócrata que necesita Europa. ¿Cuál es la última noticia que ha leído esta mañana?

Por ejemplo, he leído sobre cómo la fractura de la política estadounidense nos afecta profundamente a nosotros. Porque Europa no elege al presidente de los Estados Unidos, pero lo que ocurre allí tiene consecuencias directas aquí. Basta ver cómo nos está impactando su decisión de embarcarse en otra guerra en Oriente Próximo. Nos afecta geopolíticamente, pero también repercute en nuestros bolsillos. Y no es algo que vaya a resolverse rápidamente.

Donald Trump decía que esperaba que la guerra de Irak terminase en unos pocos días. ¿También es así de optimista?

Bueno, es un poquito difícil porque ese mismo Donald Trump, hace unos meses, prometió a su electorado que nunca más Estados Unidos entraría en guerras que no eran las suyas. Si el problema de esta guerra fuera la capacidad nuclear iraní (que lo es), la preocupación es europea. Y ya hubo una negociación internacional donde estaban Barack Obama, China, Rusia y donde Europa lideraba los esfuerzos de negociación. Donald Trump decidió tirar ese acuerdo a la papelera y, qué ironía, ahora busca negociar y llegar a ese mismo resultado. Mi predicción es que va a ser muy difícil conseguirlo.

La exministra defiende más inversión en Defensa

La exministra defiende más inversión en Defensa Sara Fernández

¿Espera un acuerdo peor?

Probablemente será peor, porque Irán ha resultado ser más resiliente de lo que el presidente creía. Tiene unas cartas bajo la manga, como el cierre del estrecho de Ormuz, sobre el que estoy convencida de que los servicios de inteligencia y de seguridad estadounidenses le avisaron.

Donald Trump parece estar desesperado. Se ha filtrado que mantuvo una conversación por teléfono muy acalorada con Benjamín Netanyahu, al que le dijo “estás jodidamente loco, estarías en prisión de no ser por mí”. Usted, que ha vivido la diplomacia desde dentro, ¿había visto a dos amigos hablarse así?

Los amigos se hablan así. Lo que pasa es que aquí tenemos a dos amigos que tienen estrategias distintas. La de Netanyahu es acabar con el régimen iraní y con todos los proxys que Irán tiene en Oriente Próximo, incluso al precio de destruir físicamente toda la infraestructura militar y civil. Eso es lo que hemos visto en Gaza y lo que estamos viendo en Líbano. Y todo ello a un coste que es muy difícil de asumir por Estados Unidos, cuyos intereses son otros: conseguir beneficios, contratos y negocios. Lo hemos visto en Venezuela y lo estamos viendo en China.

***

La crisis venezolana marcó buena parte de la etapa de Arancha González Laya al frente de Exteriores. Cuando llegó al Ministerio, España mantenía el reconocimiento a Juan Guaidó como Presidente Encargado de Venezuela, en línea con la posición adoptada por la Unión Europea.

Sin embargo, una sucesión de episodios derivaron en un giro inédito. Entre ellos, la polémica reunión mantenida en Barajas entre el entonces ministro José Luis Ábalos con la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez en enero de 2020, tan sólo unos días después del nombramiento de Laya. A partir de ahí, el Gobierno español empezó a referirse a Guaidó como “líder de la oposición”. Le quitó la legitimidad.

Y el asunto se tensó todavía más tras las elecciones de diciembre de ese mismo año en Venezuela. La oposición no se presentó y Europa no reconoció estos comicios en los que Zapatero ejerció como mediador. El ex presidente lanzó proclamas a favor de Nicolás Maduro y a González Laya le tocó hacer equilibrios diplomáticos.

Muchos recuerdan cómo usted defendía que la opinión de Zapatero sobre Venezuela era respetable. Con la información que está saliendo a la luz, ¿lo sigue manteniendo?

A mí lo que me interesa es cómo puede uno contribuir a una transición democrática en Venezuela. Ese fue el interés que guio mi acción cuando estuve en el gobierno. Lo hice buscando alianzas con Europa y con países en la región de distintas sensibilidades políticas. ¿El resultado? Muchos intentos, pocos resultados. Y seguimos en esa situación, aunque con mucha más acción, incluso ahora, con la extracción del presidente Maduro de Venezuela por parte de EEUU, pero sin una transición democrática en el país.

Entienda que cuesta entender que nadie protestase por la actitud del ex presidente. ¿Nunca escuchó a sus colegas europeos quejarse por el papel que estaba ejerciendo?

La verdad es que en Europa, con respecto a Venezuela, se escuchaba y se escucha a España porque tiene un conocimiento de la realidad sobre el terreno y un interés en el avance democrático más alto que la media europea. Aquí residen más de medio millón de venezolanos, allí residen más de medio millón de españoles. Es una conexión que es más estrecha y por lo tanto, en mi época en Bruselas, se esperaba a que España tomase la palabra y a que propusiera. Luego, había distintos actores que buscaban crear espacios: unos buscaban interceder para que se liberaran a presos. Como por ejemplo la Iglesia Católica o el Papa, que también tienen una capacidad de influencia y una capilaridad sobre el terreno en Venezuela que no tiene otros actores políticos.

Llegó a asegurar que Zapatero tuvo una labor importantísima a la hora de liberar presos. ¿Hay alguna forma de comprobar que realmente consiguió algo?

Lo que dije, lo dije, y no me contradigo.

¿Entonces contribuyó a esta labor?

Bueno, yo creo que eso está escrito y no es que lo haya dicho yo, sino que lo han dicho muchos de los presos que fueron liberados. Y creo que también hay que escucharles a ellos. Creo que eso no opaca otras cuestiones de las que hemos tenido conocimiento más recientemente y que ahora se están dilucidando. Creo que si escuchamos a muchas de las personas que se beneficiaron de la intercesión que él hacía con las autoridades venezolanas, sería correcto.

Las acusaciones son extraordinariamente graves: una presunta trama de corrupción con vínculos en Venezuela, tráfico de influencias y falsedad documental. ¿Qué impresión le produce todo lo que está trascendiendo?

Desde la distancia, esta no es la persona que yo he visto ni he conocido, y me choca. Pero espero que esto se dilucide antes de de tomar posición. Soy muy prudente en cuestiones nacionales porque intento evitar entrar en polémicas nacionales.

¿Recibió alguna indicación sobre cómo abordar el papel de Zapatero en Venezuela durante su etapa como ministra?

No, ninguna, en absoluto. Cero. Además, me sentí muy cómoda en mi papel cuando cuando tenía que crear espacios para la negociación con el régimen venezolano. Visité la frontera venezolana con Colombia (que que me atrajo las iras de Maduro) y organicé una conferencia internacional de donantes junto con la Unión Europea para recabar fondos para los países que acogían a refugiados venezolanos. Y lo hice con total libertad, sin recibir ningún tipo de directriz, como creo que tiene que ser el papel de un ministro en un gobierno.

Se calculaba que entre cinco y seis millones de venezolanos habían cruzado la frontera y usted calificó la situación de “dantesca”. Mientras unos protegían a la diáspora, Zapatero hacía supuestamente negocios con Maduro. ¿Cómo pudo beneficiar a este régimen?

No creo que esta sea una cuestión de Zapatero, aunque creo que es importante que se dilucide. El problema venezolano es ver qué es lo que ha llevado a que millones de ciudadanos salgan de Venezuela y prefieran recorrer kilómetros caminando para buscar una vida mejor en otros países. Y sí, creo que hay un diálogo que auspiciar entre las fuerzas políticas dentro de Venezuela que les ayude a ellos a organizar una transición democrática. Eso está ahí, existe, y es mucho más grande que España, que la Unión Europea, que Chile, que Zapatero y que todo lo demás. Todo lo que podamos hacer para impulsar esas vías es lo más importante ahora. Y me gustaría mucho que en estos momentos, Estados Unidos y su gobierno trabajen para ello.

González Laya en un momento de la conversación

González Laya en un momento de la conversación Sara Fernández

Pero, ¿no le llama la atención el silencio que hay en torno a este asunto? Sobre todo porque Venezuela siempre ha sido una causa que España ha asumido como suya, impulsando resoluciones, acogiendo a los exiliados… ¿No cree que alguien debería decir algo, aunque sea por todos ellos?

Eso no me compete a mí. Lo que les compete a los demás, que lo hagan ellos.

¿Usted conoció a Víctor de Aldama?

No. Nada. Sé de él porque me ha llamado varias veces incompetente, pero aparte de eso no lo conozco.

Según su declaración, Ábalos le pidió que realizara gestiones en nombre del Gobierno para apoyar a Maduro, tras la presión de Zapatero.

Nada.

Le noto decidida a no abordar el asunto. Llevémoslo a otro terreno. ¿Está hoy Venezuela mejor tras el secuestro de Maduro por parte de EEUU?

Esto hay que preguntárselo a los venezolanos y creo que encontrará dispuestas respuestas. Hay quienes, desde fuera, verán que su país está un poquito mejor. Otros, desde dentro, se habrán beneficiado de liberación de presos y van a entender que están mejor fuera de la cárcel que dentro de ella. Y habrá mucha gente en Venezuela que dirá que la situación sigue igual de antes porque su economía, su acceso a los servicios públicos y, sobre todo, su derecho a disentir y su libertad, siguen sin estar amparados.

En su libro dedica un capítulo completo a China y vaticina que las relaciones con el gigante asiático van a ser difíciles por los obstáculos estructurales. ¿Cuál es la manera de acercarse a Xi Jinping?

Hubo un momento en que Europa creyó que sus intereses y los chinos podían converger al menos en lo económico. Pero eso no es cierto. Nos separamos cada vez más. Con China tenemos relaciones importantes como socios en la lucha contra el cambio climático, la protección de la biodiversidad o la protección de los océanos. Pero también tenemos una relación cada vez más difícil en lo económico y comercial. China es hoy un competidor feroz en muchos sectores como la tecnología y las energías verdes, y existe un problema de rivalidad. Además, nos preocupa mucho el apoyo que presta a Rusia para que siga atacando a Ucrania. Lo hace cuando cuando compra energía y, sobre todo, cuando suministra bienes de doble uso civil y militar. Y eso supone para nosotros un problema existencial.

Habla siempre de abordar la relación con China desde una posición europea. ¿Qué pasa cuando un presidente viaja cuatro veces en cuatro años a reunirse con su líder de manera bilateral?

Entra dentro de la normalidad. El presidente ha viajado tantas veces a China como el de Francia o el canciller alemán. Lo anormal, dada la relación que mantienen Europa y España con la economía china, sería no ir. Otra cuestión son los mensajes que uno lleva. Detrás de esto, lo más interesante sería buscar una estrategia europea para encontrar un equilibrio. Es difícil, primero, por su relación con Rusia y la derivada con Ucrania; y, segundo, por su economía: su producción excede con mucho la producción de casi el resto del mundo y, hasta que no lo resuelva, nos veremos afectados por el impacto de sus exportaciones. Son cuestiones estructurales que tenemos que tratar con las autoridades chinas desde la honestidad pero, también, desde una cierta firmeza.

La Comisión Europea nos dio un toque de atención por estos viajes tan seguidos a China pero, si por usted fuera, ¿habría que seguir reuniéndose en privado con Xi Jinping?

A mí me parece que sí. Lo que he visto con mis propios ojos es lo que ocurre cuando no nos vemos, como en la época del Covid-19. Las relaciones entre los países se tienen que mantener y reunirse con el líder de un país tercero es esencial. Más aún cuando se trata de China.

Dice que la clave es la estrategia común, pero hay quiénes parece que se desmarcan. La UDEF cree que el Partido Comunista nombró a Zapatero intermediario para la compra de petróleo venezolano y que las empresas chinas acudían a él para tener acceso a los Gobiernos. ¿Debería preocupar?

Me parece que estamos hablando de una micro cuestión. A mí me interesa más la macro cuestión, que es la relación entre Europa y China, donde no hemos encontrado todavía el equilibrio necesario. Vivimos un momento de endurecimiento geopolítico: Rusia no sólo sigue siendo una amenaza para Ucrania, sino que se muestra cada vez más agresiva con Europa a través de ataques híbridos que ponen a prueba nuestra resistencia. Al mismo tiempo, EEUU cuestiona elementos fundamentales de la relación transatlántica, como el artículo 5 de la OTAN, y busca incluso apropiarse de una parte del territorio europeo como es Groenlandia.

Lleva todo a su terreno. Rusia parece estar testando la paciencia de la OTAN introduciendo sus drones en Polonia o Rumanía. ¿Le cuesta a la Alianza Atlántica sacar los dientes? ¿Cuál es el límite para actuar?

No quiere dar un paso en falso. Rusia está en un momento de debilidad y nos está testando. No envía drones por casualidad, sino que busca provocar de distintas maneras: con desinformación en procesos electorales, con sabotajes a infraestructuras energéticas y críticas o cortando los cables de comunicación en el Mar Báltico. Nosotros no tenemos que contribuir a una escalada.

¿Vamos camino de un ejército europeo? Usted vaticina en el libro que la próxima presidenta (en femenino) pasará revista.

Lo imagino, sí. Hemos entendido que si queremos seguir manteniendo nuestro proyecto de paz, necesitamos tener la capacidad de mantenerlo y de defenderlo. Tenemos que construir una disuasión suficiente que le diga a nuestros enemigos que atacarnos les va a costar muy caro. Eso pasa por invertir en defensa. Y no me refiero solo a gastar más, sino a gastar juntos. También es necesario construir una doctrina militar única y, sobre todo, una nueva forma de patriotismo europeo, esa capacidad para construir una lealtad cívica europea que suponga aceptar los costes de estar juntos.

Y también aboga por saber decir “no”… España lo hizo con Trump en su guerra contra Irán.

Decirle “no” a Estados Unidos forma parte de ese patriotismo europeo. Y es cierto que esto ha molestado a la administración estadounidense, que nos lo repite constantemente a Alemania, a Francia y a los españoles. Pero los ciudadanos europeos entienden que la guerra debería ser un recurso de último término. También ocurrió con Groenlandia: la respuesta de todos fue muy clara, de hasta aquí hemos llegado.

La exministra acaba de publicar su libro 'Solos en el mundo'

La exministra acaba de publicar su libro 'Solos en el mundo' Sara Fernández

Algunos países europeos están recuperando el reclutamiento voluntario, la mili. ¿Debería España reinstalarla?

Es una cuestión compleja y creo que es secundaria en estos momentos. Los militares españoles están ya desplegados por toda la geografía europea y la única cosa que todavía no hemos hecho los europeos es decidir que el comando de esos ejércitos plurinacionales estén bajo nuestro comando y no bajo el comando estadounidense.

Estados Unidos ha firmado un acuerdo de cooperación militar con Marruecos para los próximos diez años que abre la puerta a que tenga los caza F-35 y le da acceso al sistema de telecomunicaciones de la OTAN. ¿Esto no debería inquietar a los socios y, en particular, a España?

Estados Unidos tiene una relación privilegiada con Marruecos en el tema defensivo y no creo que a los europeos y españoles nos tenga que preocupar. Pasamos demasiado tiempo mirando lo que hacen los demás y tendríamos que gastar más energía política en reforzar nuestra capacidad de disuadir a todos aquellos que nos quieran atacar, por cualquiera que sea el medio que vayan a usar.

La relación entre España y EEUU atraviesa un momento delicado, y esto da algo más de relevancia a determinados movimientos en Washington. El congresista republicano Díaz-Balart plasmó por escrito una propuesta para que Marco Rubio interceda en la cuestión de Ceuta y Melilla con Marruecos. ¿Debería España tomarse en serio estas señales?

No es la primera vez que Díaz-Balart lo hace y no le doy mucha importancia. Son comentarios fuera de lugar y no creo que pesen demasiado en estos momentos. Creo que Marruecos y España tienen muy claro que lo mejor es que sus relaciones sean buenas, sólidas y respetuosas.

Estemos tranquilos entonces, Marruecos está controlado.

No creo que sea una cuestión de tener a Marruecos controlado. Tiene más que ver con el entendimiento entre Marruecos y España y, en este caso, la Unión Europea. Lo importante es que mantengan relaciones estrechas y respetuosas con los intereses de cada parte.

Bueno, usted tuvo una relación conflictiva con el Gobierno de Marruecos a raíz de la acogida del líder del Frente Polisario aquí en España. De hecho, el gobierno marroquí pidió abiertamente su dimisión. ¿Cómo vivió aquellos días?

No hago esa relación, porque en el cambio de gobierno salimos otros muchos ministros. Además, mis relaciones con Marruecos han sido siempre buenas, estrechas y cordiales. Negocié el acuerdo comercial con la UE hace muchos años, conozco bien el país y lo respeto enormemente. Cuando fui ministra defendí los intereses de España, como es lógico, igual que los marroquíes defienden los suyos. En este país, como en Túnez, Argelia o Egipto, hemos entendido todos que las relaciones funcionan mejor cuando son de interés mutuo que cuando son conflictivas.

¿Cómo vivió aquellos días de cese?

Lo viví con plena normalidad. Los ministros sirven a discreción del presidente del Gobierno, aquí y en cualquier otro país. Hay algunos que han intentado apuntarse una victoria, pero no me parece que eso sea el caso. Para mí fue un honor servir a mi país desde el puesto de ministra de Asuntos Exteriores, como lo sigo haciendo ahora desde otro podio. Para una persona como yo, que ha sido siempre servidora pública, hacerlo desde el Gobierno de España fue uno de los mayores honores de mi vida.

Sus amigos dicen que le sorprendió muchísimo cuando la nombraron ministra porque usted siempre había estado al margen de cualquier partido político. ¿Echa de menos la vida política?

¡No! Antes hacía Política con P mayúscula y ahora la hago con p minúscula y me encanta así. Te da mucha más cintura, te permite más juego, estás menos en el foco, pero puedes contribuir.

¿Cómo es la vida de Arancha González Laya ahora mismo?

Es una vida muy comprometida con la integración europea, la defensa de la cooperación internacional, el feminismo y los jóvenes. Estoy al frente de una escuela de asuntos internacionales y en una universidad francesa con 1.500 estudiantes de 130 nacionalidades donde todos quieren escribir el futuro. Nos están tendiendo la trampa de la inevitabilidad. Nos hacen creer que nada de lo que hagamos servirá porque ya hemos perdido la carrera por el futuro. Y no creo que eso sea cierto. Tenemos un público enormemente polarizado que nos impide escucharnos y quiero contribuir a que construyamos juntos espacios cívicos de diálogo.

¿Ayudaría a reducir la polarización que se diesen señales desde arriba, a nivel institucional y que, por ejemplo, Sánchez y Feijóo pudiesen reunirse para abordar los asuntos que conciernen al Estado?

Sería bueno que todos bajáramos el nivel de los decibelios porque casi todos son muy gritones ahora mismo. El ciudadano quiere espacios para que construyamos respuestas.

¿Pedir elecciones anticipadas, por ejemplo, sería ruido?

Si uno cree que tiene que haber elecciones anticipadas, tiene que trabajar para ellas. Y si cree que no es el momento, tiene que trabajar para dar respuestas. Vivimos en un momento en el que escuchamos muchas proclamaciones y muy interesadas. Nada impide a los políticos, estén en el Gobierno o en la oposición, alcanzar pactos hoy si creen que esos pactos son importantes. Yo lo que quiero es devolverles la pelota y decirles: pónganse de acuerdo para ver los acuerdos que se pueden alcanzar hoy antes de pensar en las próximas elecciones. Eso sería lo más importante.

No se moja nada.

Es que todos tienen esta necesidad de alcanzar acuerdos a nivel nacional, autonómico y local.

¿Tanta diplomacia viene de sus padres, que eran maestros? ¿Qué lección le dejaron?

Muchísimas cosas. Todo se lo debo a ellos. Desde muy pequeña me enseñaron a tener confianza en mí misma y a trabajar por el futuro, por el mío, el de mi familia y por el de la comunidad a la que pertenezco. Es es el mensaje que he interiorizado. Pero también vuelvo a una idea que me preocupa: hacer creer a la gente que no tiene capacidad para contribuir o para cambiar las cosas. Si uno siente que lo que hace no sirve para cambiar nada, la respuesta es el nihilismo. Y yo he visto suficientes ejemplos a lo largo de mi vida para entender que esa no es la vía que quiero.