Una imagen de Javier en el Puerto de Málaga.

Una imagen de Javier en el Puerto de Málaga. E. E.

Economía

Javier Espinosa creó una empresa para cubrir el vacío de los servicios sociales: "Me dicen menos mal que te encontré"

La Junta de Andalucía ha premiado a esta empresa malagueña de trabajo social que este emprendedor levantó en 2016.

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Las claves

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Javier Espinosa fundó Jábega Social en 2016 para cubrir necesidades sociales que los servicios públicos no alcanzan, especialmente en Málaga.

La Junta de Andalucía le ha otorgado el Premio Compromiso Social en la primera edición de los Premios al Trabajo Autónomo por su labor innovadora en el ámbito privado del trabajo social.

Jábega Social trabaja con ayuntamientos, centros educativos, familias y particulares en temas como absentismo escolar, igualdad, prevención de riesgos digitales, peritajes sociales y apoyo a personas con discapacidad.

Espinosa identifica el uso excesivo de pantallas y las problemáticas digitales como uno de los principales retos sociales actuales, especialmente entre menores y adolescentes.

"Menos mal que te he encontrado". Es la frase que el malagueño Javier Espinosa escucha cuando alguien llega a su puerta después de que los servicios sociales le hayan dicho que no podían ayudarle. Ese hueco, el de lo que el sistema público no alcanza a cubrir, es justo el que decidió ocupar en 2016 cuando fundó Jábega Social, una empresa de trabajo social en un terreno donde la profesión apenas se asoma.

Casi una década después, la Junta de Andalucía le ha concedido el Premio Compromiso Social en la primera edición de los Premios al Trabajo Autónomo.

La empresa cumplirá los diez años el próximo mes de septiembre. Desde Málaga, desarrolla proyectos con ayuntamientos, centros educativos y entidades, y trabaja sobre todo con menores y familias en asuntos como el absentismo escolar, la igualdad, el emprendimiento, la prevención de riesgos digitales o la investigación social. La idea de partida, explica su fundador, es convertir necesidades sociales concretas en "proyectos útiles y adaptados a quienes los van a recibir".

Que naciera una empresa de trabajo social puede sonar como una rareza. Se trata de una profesión asociada habitualmente a los servicios sociales o al ámbito público, y Espinosa detectó que ahí faltaba algo.

"Cuando arrancamos, se vio bien en aquel momento que había un hueco en el ámbito privado, puesto que estos sistemas no pueden cubrir absolutamente todo", relata. Montar Jábega Social fue su manera de trasladar a ese terreno los servicios propios del trabajo social.

Detrás de esa decisión hay un estereotipo que el fundador insiste en desmontar. "Siempre se pone el foco en que el trabajo social solo puede trabajar con personas muy vulnerables o con muy pocos recursos, cuando la realidad es que el trabajo social puede trabajar con todo el mundo", asegura. El absentismo escolar, ejemplifica, no entiende de clase social, y lo mismo ocurre con la igualdad o con riesgos como el acoso escolar.

Su catálogo va más allá de la intervención con instituciones. Hace proyectos con ayuntamientos, centros educativos o incluso el propio AMPA, pero también atiende a particulares. En procedimientos de custodia elabora peritajes sociales que evalúan si un progenitor reúne las habilidades y el entorno para asumirla.

En casos de discapacidad, valora la capacidad de una persona para decidir sobre ciertos aspectos de su vida y si necesita apoyos. "Realmente se puede trabajar con muchísimos ámbitos, porque el trabajo social trabaja con las necesidades de las personas, y problemáticas de ese tipo podemos tener cualquiera en un momento determinado", resume.

Un premio que visibiliza la profesión

El galardón llegó como una sorpresa agradable. Espinosa lo vive como un reconocimiento a una trayectoria de diez años y como una vía para dar visibilidad al trabajo social en ejercicio libre, un perfil casi ausente en los foros donde cabría esperarlo.

"Muchas veces hay eventos de responsabilidad social corporativa o de emprendimiento social en los que lo menos que ves son profesionales del trabajo social. A lo mejor ves abogados, profesionales de la psicología, y en el ámbito privado estamos muy poco presentes", señala.

"Que un premio que se llame Compromiso Social haya recaído en mí como profesional del trabajo social es un orgullo, porque visibiliza la profesión", añade. Esa presencia, defiende, responde a una demanda real.

Esa misma frase de alivio que escucha al teléfono, dice, le llega de personas que han pasado antes por los servicios sociales o por una asociación y se han topado con que no podían atender lo que pedían, sobre todo en peritajes e informes sociales.

El reconocimiento, entregado el pasado mes de marzo, ha funcionado como un revulsivo para mirar atrás. Espinosa observa una forma de hacer trabajo social que se ha consolidado, que tiene demanda y por la que cada vez más personas apuestan para emprender. Con el premio asume también una exigencia mayor.

"Aunque siempre que se trabaja con personas, esa responsabilidad tiene que estar presente", afirma. Por eso, sostiene, cada servicio incluye medir los resultados y evaluar si se ha conseguido lo que se buscaba, una autoexigencia que se acentúa cuando se trabaja con menores y familias.

Las pantallas, el problema que lo atraviesa todo

Preguntado por las necesidades sociales que detecta hoy en la provincia de Málaga, Espinosa sitúa en primer plano el uso de las pantallas. Lleva años trabajando el absentismo escolar con AMPA de institutos de Málaga y con el Ayuntamiento de Torremolinos, y apunta al móvil como uno de los factores que más alejan a los menores de las aulas.

La atención se resiente, se acuestan muy tarde y el rendimiento cae.

El mismo fenómeno asoma en su trabajo sobre igualdad. Los medios digitales, advierte, se emplean de forma intensa para el acoso y para el control en las parejas, desde vigilar dónde está la otra persona hasta exigir contraseñas.

"Las leyes que protegen a los menores siempre van por detrás de lo que ocurre", lamenta, y enmarca ahí el debate reciente sobre limitar el acceso de los menores a las redes sociales por la adicción que generan.

Espinosa va más lejos y apunta al efecto de la pornografía en la sexualidad de los adolescentes, hasta el punto de derivar en situaciones de maltrato que algunos menores no identifican como tales por haber normalizado ciertos patrones de comportamiento.

La conversación enlaza aquí con la experiencia de quien entrevista, periodista y también profesora de instituto, que este curso ha hecho prácticas docentes. "Son los propios menores los que lo reconocen. Reconocen que tienen relaciones tóxicas, o que si no les das tu contraseña no van a seguir con esa persona. Son conductas muy normalizadas", describe.

Trabajar esas dinámicas requiere muchas horas con el grupo, un tiempo que no siempre existe. Los centros tienen unos contenidos académicos que cumplir, y estas actividades suelen quedar relegadas a alguna hora suelta, de carácter complementario.

Crecer sin perder el rigor

De cara a los próximos años, Espinosa quiere replicar el modelo que ya funciona. Aspira a seguir trabajando el absentismo y la igualdad con los ayuntamientos, a que estos apuesten más por la prevención de riesgos digitales y a reforzar el acompañamiento a familias con menores. Le interesa especialmente ampliar la línea del peritaje social en procedimientos judiciales, una vía que considera muy desconocida pese a su peso en asuntos de custodia o discapacidad.

Su horizonte pasa por llegar a más personas sin renunciar al método. "Quiero crecer, pero de una manera responsable, sin un crecimiento descontrolado, seguir aspirando a la máxima calidad en todo lo que hacemos", explica.

Javier lleva el proyecto en solitario desde hace una década, aunque suma colaboradores en función de cada actividad. Una estructura sencilla para una ambición que, insiste, se mide siempre por el impacto en las personas. "Cuando se trabaja con personas hay que ser muy responsable con todo lo que se hace. Y con menores, todavía más", concluye.