Hay personas que entran en una habitación y, antes de sentarse, ya conocen a media mesa. Otras necesitan observar un rato, medir el ambiente y decidir si realmente merece la pena iniciar una conversación. A unas les irrita llegar cinco minutos tarde; otras consideran las nueve una orientación bastante flexible.

A todo eso, y a muchas otras cosas, lo llamamos personalidad. Es esa forma relativamente estable de estar en el mundo que hace que dos personas vivan la misma situación y salgan de ella contando historias distintas.

Durante siglos hemos intentado averiguar de dónde procede. Hemos culpado a la educación, a la infancia, a los padres, al temperamento y, cuando no encontrábamos nada mejor, incluso a los astros. Ahora tenemos una herramienta bastante más seria: el ADN.

El pasado 2 de septiembre, Ted Schwaba y un gran consorcio internacional publicaron en Nature el mayor estudio genético realizado hasta ahora sobre los cinco grandes rasgos de personalidad: extraversión, amabilidad, responsabilidad, neuroticismo y apertura a la experiencia. Reunieron 46 cohortes y, según el rasgo analizado, entre 611.037 y 1,14 millones de participantes.

Reconozco que impresiona.

Los investigadores identificaron 1.260 variantes genéticas asociadas con alguno de esos rasgos. De ellas, 824 no se habían relacionado antes con el carácter estudiado. Dicho así, uno podría pensar que estamos comenzando a localizar las piezas con las que se fabrica una personalidad.

Y ahí conviene frenar.

Un estudio de asociación del genoma completo, lo que llamamos GWAS, compara millones de variantes genéticas entre muchísimas personas y busca asociaciones estadísticas. No encuentra el "gen del simpático", el "gen del neurótico" ni ese supuesto fragmento de ADN responsable de quienes organizan los calcetines por colores.

Cada variante individual ejerce un efecto minúsculo.

Los propios autores ofrecen un ejemplo estupendo. Una de las variantes relacionadas con mayor extraversión produciría, como promedio, una diferencia equivalente a pasar del percentil 50 al 50,35. Es difícil imaginar a alguien transformándose en el alma de una fiesta gracias a semejante empujón genético.

La cifra que me interesa está en otra parte. El conjunto de variantes comunes explicó entre el 4,8% y el 9,3% de la variación observada en los cinco rasgos principales. Cuando los investigadores corrigieron las diferencias en la precisión de los cuestionarios, las estimaciones aumentaron, mas continuaron muy lejos de permitirnos reconstruir una personalidad leyendo una secuencia de ADN.

Eso tampoco significa que únicamente ese porcentaje de nuestra personalidad sea heredado. Los estudios realizados con gemelos y familias han encontrado cifras mayores. De hecho, un metaanálisis publicado por Vukasović y Bratko en Psychological Bulletin en 2015 estimó una heredabilidad media cercana al 40%.

Ambos resultados pueden ser ciertos porque miden cosas diferentes.

La heredabilidad es uno de esos conceptos científicos que parecen sencillos hasta que intentamos explicarlos en una sobremesa. Decir que un rasgo posee una determinada heredabilidad no significa que ese porcentaje de nuestra personalidad venga empaquetado de fábrica. Describe cuánto de las diferencias observadas entre individuos de una población puede relacionarse con diferencias genéticas.

El estudio de Nature resulta interesante precisamente por eso. Encuentra una señal genética real y medible, aunque no nos entrega una sentencia sobre quiénes somos. Las asociaciones fueron bastante consistentes entre edades, cuestionarios y distintas formas de evaluar la personalidad, ya fuera por los propios participantes o por personas cercanas.

Ergo, algo llevamos escrito. El error consiste en pensar que lo escrito constituye el libro entero.

Entre una variante genética y una persona de cincuenta años ocurre casi todo lo que llamamos vida. Aparecen unos padres determinados, un maestro, una mudanza, una pérdida, una amistad, el primer amor, un fracaso, una enfermedad, un libro que llega en el momento preciso y decisiones pequeñas que terminan desviando una existencia entera.

Los genes participan en esa historia, aunque no dan órdenes. Modifican probabilidades, sensibilidades y tendencias. Después esas tendencias encuentran ambientes que pueden reforzarlas, frenarlas o conducirlas hacia otro lugar.

Una predisposición a la sociabilidad necesita gente alrededor. Una cierta tendencia a preocuparse puede crecer en un ambiente amenazante o reducirse cuando uno aprende a interpretar de otra manera lo que le ocurre. La biología propone; la vida negocia.

Los autores construyeron también índices poligénicos, es decir, puntuaciones que reúnen información procedente de muchas variantes genéticas. Consiguieron predecir una pequeña fracción de las diferencias de personalidad en grupos independientes.

Pequeña sigue siendo aquí la palabra importante.

Si alguien quiere saber si otra persona es extrovertida, por ahora le aconsejaría invitarla a cenar antes que pedirle una muestra de saliva. Probablemente aprenderá bastante más durante el postre.

El estudio tiene además una limitación que conviene recordar. Cerca del 95% de los participantes procedían de poblaciones genéticamente similares a las europeas. Hubo también cohortes con ascendencia africana, aunque los índices construidos principalmente a partir de datos europeos funcionaban peor cuando se aplicaban a otras poblaciones.

La genética humana todavía conoce mejor a unas partes de la humanidad que a otras. Y cualquier herramienta que pretenda describirnos debería aprender primero a mirarnos a todos.

Los investigadores encontraron además correlaciones genéticas entre algunos rasgos de personalidad, la salud y determinadas conductas. Utilizaron incluso aleatorización mendeliana para explorar posibles relaciones causales. Los propios autores, con buen criterio, piden prudencia.

Una correlación genética no convierte la responsabilidad en una vacuna contra la enfermedad ni permite explicar un éxito profesional por los cromosomas. Tampoco deberíamos transformar los índices poligénicos en una especie de horóscopo molecular, con la diferencia de que este vendría acompañado de gráficos y bata blanca.

Quizá llevamos mucho tiempo formulando mal la pregunta. Preguntamos cuánto de nosotros estaba allí antes de que comenzáramos a vivir, como si dentro del cigoto hubiera una versión diminuta de nuestra personalidad esperando desplegarse.

La realidad parece bastante más interesante.

El genoma establece posibilidades y márgenes. Luego llegan la familia, la escuela, los amigos, los accidentes, las oportunidades y las cosas que hacemos con todo ello. Incluso nosotros mismos intervenimos en esa construcción, a veces de manera bastante consciente.

Por eso las 1.260 variantes encontradas me resultan menos inquietantes de lo que podría parecer. Buscábamos genes capaces de explicarnos y hemos terminado encontrando otra vez la biografía.

Tal vez heredemos cierta tendencia a preocuparnos, a conversar demasiado o a guardar escrupulosamente los calcetines. Después llega esa sucesión de decisiones que llamamos vida.

El ADN escribe algunas líneas. Por fortuna, la biografía todavía conserva el derecho a corregirlas.