Septiembre tiene una liturgia bastante previsible. Guardamos las chanclas, recuperamos el despertador, reaparecen las reuniones y alguien decide que ha llegado el momento de volver al gimnasio. Yo, por cierto, no lo abandono ni en agosto, así que contemplo ese regreso desde la posición moralmente discutible de quien ya tiene preparada la bolsa.

La ciencia acaba de ofrecer una excusa magnífica para quienes detestan las sentadillas. El 26 de agosto, Xupeng Liu y sus colaboradores publicaron en Nature Aging un experimento que parece concebido por alguien que quisiera obtener parte de los beneficios del ejercicio sin mover un dedo: implantaron bajo la piel de ratones células musculares procedentes del propio animal y dejaron que construyeran allí un pequeño músculo nuevo.

El injerto, denominado myograft, hizo algo bastante hermoso. Se organizó, desarrolló vasos sanguíneos y comenzó a contraerse de manera espontánea y continuada, como un diminuto gimnasio clandestino instalado bajo la piel. No había voluntad, zapatillas ni entrenador personal; había fibras musculares trabajando solas.

Los efectos no quedaron encerrados en aquel fragmento de tejido. Los ratones desarrollaron mayor masa muscular y mejor rendimiento físico. En animales envejecidos, los injertos se asociaron con mayor masa magra, fuerza, capacidad para correr y densidad ósea, además de cambios favorables en varios indicadores relacionados con el deterioro que acompaña a la edad.

La historia se volvió todavía más sugerente en ratones alimentados con una dieta rica en grasa. Los animales con el injerto acumularon menos grasa, conservaron mejor la masa magra y mostraron valores más favorables de glucosa, colesterol y triglicéridos. También aparecieron señales de menor inflamación sistémica y mejor funcionamiento hepático.

Nada de esto debería sorprendernos del todo; llevamos años aprendiendo que el músculo hace bastante más que mover huesos. Es también un órgano endocrino. Cuando se contrae libera moléculas, entre ellas las llamadas mioquinas, capaces de comunicarse con el tejido adiposo, el hígado, el hueso, el sistema inmunitario y otros órganos.

Durante mucho tiempo imaginamos el ejercicio como una cuestión mecánica. Caminamos, corremos, levantamos una pesa y el organismo mejora porque hemos gastado energía y obligado al corazón a trabajar. Esa descripción es cierta, mas se queda corta: cada contracción muscular desencadena además una conversación química con el resto del cuerpo.

El trabajo de Liu permite separar experimentalmente esas dos dimensiones. El ratón no decide correr y, sin embargo, una parte de su musculatura permanece contrayéndose y enviando señales. Ergo, al menos una fracción de los beneficios asociados al ejercicio podría proceder de lo que el músculo comunica mientras trabaja, con independencia de la voluntad que inició el movimiento.

Y ahí aparece la pregunta que me interesa: ¿cuánto del ejercicio pertenece al movimiento y cuánto pertenece al mensaje que el músculo manda mientras nos movemos?

La primera parte la sentimos en el jadeo, el sudor y las agujetas; la segunda ocurre en silencio, mediante proteínas, metabolitos y señales que viajan por la sangre.

Sería tentador anunciar el final de los gimnasios. También sería una tontería. El estudio se realizó en ratones y los propios investigadores presentan la estrategia como una prueba de concepto destinada especialmente a situaciones en las que el ejercicio está contraindicado, resulta inaccesible o sencillamente no puede realizarse.

Ahí cambia el sentido del experimento. Pensemos en una persona mayor con fragilidad, en alguien encamado durante meses, en un paciente con una enfermedad neuromuscular o en quien pierde masa muscular durante un tratamiento prolongado. Recomendar ejercicio a quien apenas puede ponerse en pie posee una lógica científica impecable y una utilidad práctica cercana a recomendarle que suba una montaña.

Para esas personas, conseguir que un tejido muscular implantado produzca parte de las señales beneficiosas asociadas a la contracción resulta mucho más interesante que ahorrarnos una hora de gimnasio a quienes podemos llegar caminando hasta él.

En un comentario, uno de los autores, lo resumió bien: "Quienes necesitan especialmente los beneficios del ejercicio son con frecuencia quienes encuentran mayores dificultades para practicarlo".

Los investigadores llevaron incluso la idea un poco más lejos. Modificaron algunos injertos para que produjeran proteínas terapéuticas, entre ellas hormona paratiroidea y hormona de crecimiento, y observaron efectos favorables sobre hueso y músculo en los modelos animales. El injerto podría convertirse así en tejido contráctil y, al mismo tiempo, en una pequeña fábrica biológica.

Conviene, sin embargo, dejar la bolsa del gimnasio junto a la puerta. Para crear estos injertos hubo que obtener células musculares, cultivarlas y reimplantarlas mediante un procedimiento invasivo.

En humanos desconocemos su seguridad, cuánto durarían, cómo controlaríamos su crecimiento y contracción, qué cantidad de tejido sería necesaria o si el beneficio compensaría una intervención semejante.

Tampoco sabemos si un músculo que se contrae bajo la piel puede reproducir aquello que sucede cuando caminamos, bailamos o levantamos una pesa. El ejercicio modifica el corazón, los vasos sanguíneos, el cerebro, la respiración y nuestra relación con el propio cuerpo.

Contiene además disciplina, placer, cansancio, sociabilidad y esa satisfacción extraña que llega cuando terminamos algo que media hora antes habríamos preferido no comenzar.

Un injerto muscular puede emitir señales y mejorar determinados parámetros biológicos. No puede regalarnos un paseo, una carrera con alguien querido ni la sensación de recuperar una capacidad que creíamos perdida. La biología del ejercicio puede quizá dividirse en piezas; la experiencia humana de movernos pertenece a otra escala.

Por eso este estudio no anuncia realmente el adiós al gimnasio, aunque el titular me resulte irresistible. Nos recuerda algo bastante mejor: el músculo no es un simple cable que recibe órdenes del cerebro, sino un órgano que conversa con el resto del cuerpo. Cuando se contrae, cuenta que estamos vivos y modifica a quien escucha.

Mañana seguiré yendo al gym. Quizá, mientras proteste en la tercera serie, piense con cierta envidia en esos ratones cuyo pequeño músculo implantado trabaja sin exigirles voluntad.

Si algún día esta idea llega a los pacientes, su gran éxito no será permitir que quienes podemos hacer ejercicio dejemos de hacerlo; será devolver una parte de sus beneficios a quienes darían cualquier cosa por poder moverse.