Hubo un tiempo en que tener hijos parecía obedecer a una secuencia bastante previsible: enamorarse, casarse, encontrar una casa y reproducirse antes de que los padres empezaran a preguntar demasiado.
Hoy, esa coreografía social se ha roto.
Ahora queremos estudiar, trabajar, viajar, encontrar cierta estabilidad económica, acertar con la persona y, ya puestos, saber quiénes somos antes de "fabricar" a alguien más.
El problema es que podemos modificar casi todos esos calendarios, salvo uno. Quiero decir, podemos retrasar una boda, cambiar de empleo a los cuarenta o enamorarnos a los cincuenta. Las células germinales, en cambio, continúan contando el tiempo con una aritmética que no atiende convenios colectivos, hipotecas ni decepciones sentimentales.
Un trabajo publicado el pasado 7 de agosto en Nature Medicine añade datos formidables a esa historia.
Los investigadores leyeron el genoma completo de 24.030 personas, agrupadas en 7.851 familias, y compararon el ADN de los hijos con el de sus padres. Así descubrieron 390.924 pequeñas variaciones que estaban presentes en los hijos, pero no en sus progenitores.
He de decirte que son cambios en una sola 'letra' del ADN que aparecieron de forma espontánea, probablemente durante la formación del óvulo o del espermatozoide, o en las primeras divisiones del embrión. Se conocen como mutaciones de novo.
La palabra 'mutación' merece aquí un pequeño rescate de su mala fama.
Una mutación no equivale a una enfermedad. Muchas son neutras, algunas participan en la diversidad genética que nos hace diferentes y unas pocas, cuando afectan regiones funcionales relevantes, pueden contribuir a enfermedades congénitas o trastornos del desarrollo.
Convertir 390.924 mutaciones en 390.924 amenazas sería científicamente falso y periodísticamente bastante rentable, mala combinación.
Lo interesante aparece cuando preguntamos de dónde proceden esas mutaciones y cómo influye la edad de los progenitores.
Cada año adicional de edad paterna se asoció con unas 1,06 mutaciones de novo paternas adicionales. En las madres, cada año se relacionó con unas 0,38 mutaciones adicionales de origen materno, aunque su comportamiento fue diferente: la acumulación mostró señales de aceleración conforme aumentaba la edad.
Que el padre dejara una huella mayor no constituye una sorpresa absoluta. En 2012, un célebre estudio de Augustine Kong y colaboradores publicado en Nature ya había mostrado que la edad paterna explicaba buena parte de la variación en el número de mutaciones nuevas transmitidas a los hijos.
La biología tiene aquí una explicación razonable: las células precursoras de los espermatozoides continúan dividiéndose durante la vida y cada división supone otra oportunidad para cometer algún error al copiar el ADN.
La aportación del trabajo publicado este mes consiste en estudiar simultáneamente miles de familias, separar el origen paterno y materno de las mutaciones y relacionarlo con información reproductiva y seguimiento de los niños.
En las mujeres, además, los autores encontraron una relación no lineal: dentro de la distribución de edades de esta cohorte, la pendiente de acumulación de determinadas mutaciones maternas aumentaba alrededor de la treintena. No significa que exista una frontera genética al cumplir 30, 32 o 35 años. La naturaleza rara vez respeta nuestros cumpleaños redondos.
Aquí comienza la parte humana del asunto.
Hemos construido sociedades donde tener hijos pronto puede resultar difícil y tenerlos tarde, biológicamente menos favorable. Pedimos a una mujer que termine sus estudios, consiga un empleo estable, avance profesionalmente, encuentre vivienda y alcance cierta seguridad afectiva; luego descubrimos que sus ovocitos no habían leído el plan de carrera.
A los hombres también nos vendieron durante demasiado tiempo una versión bastante cómoda de la reproducción.
Parecía que el reloj biológico era un artefacto exclusivamente femenino y que nosotros podíamos contemplarlo desde la acera de enfrente. Este estudio vuelve a recordarnos que el espermatozoide también envejece genéticamente, mas lo hace siguiendo mecanismos distintos a los del ovocito.
La reproducción tiene dos progenitores y la biología reparte responsabilidades con escasa consideración por nuestros prejuicios.
El trabajo en cuestión examina, además, las técnicas de reproducción asistida. La inyección intracitoplasmática de espermatozoides, conocida como ICSI, se asoció con un pequeño incremento de variantes de novo de origen paterno, mientras determinados procedimientos de estimulación ovárica se relacionaron con mutaciones maternas. En concreto, el uso de antagonistas de la GnRH mostró una asociación dosis-dependiente con el número de variantes maternas.
Pero, cuidado. Aquí conviene guardar el megáfono.
Estos resultados no permiten afirmar que la reproducción asistida sea peligrosa, ni mucho menos aconsejar a una pareja concreta qué debe hacer. Los propios análisis muestran efectos diferentes según cada procedimiento y plantean mecanismos que todavía necesitan confirmación.
Como he dicho otras veces: una asociación estadística puede orientar nuevas preguntas; no entrega automáticamente una sentencia clínica.
Los investigadores encontraron también relaciones entre algunas mutaciones paternas y la duración de la gestación. En sus modelos de mediación, las variantes paternas explicaban estadísticamente una parte de la asociación entre mayor edad parental y gestaciones algo más cortas; algo semejante apareció al estudiar la ICSI.
He de decirte que son efectos poblacionales, ergo utilizarlos para predecir qué ocurrirá con el embarazo de una pareja determinada sería abusar de los datos.
Asimismo importa saber quién fue estudiado. Los datos proceden de una gran cohorte china y, aunque el tamaño del trabajo resulta extraordinario, ninguna población representa automáticamente a toda la especie humana.
Además, los estudios observacionales pueden ajustar por muchas variables, aunque jamás consiguen borrar por completo las diferencias sociales, clínicas y biológicas existentes entre las familias que conciben espontáneamente y aquellas que recurren a tratamientos de fertilidad.
Me interesa este estudio por algo que trasciende las 390.924 variantes encontradas. Nos recuerda que nuestras decisiones íntimas ocurren dentro de un cuerpo que posee memoria, límites y tiempos propios.
La ciencia no debería utilizar esa evidencia para culpabilizar a quien decide ser madre a los cuarenta ni para convertir la paternidad tardía en una conducta sospechosa. Debería servir para informar mejor y, quizá, para preguntarnos por qué hemos diseñado una sociedad que tantas veces obliga a elegir entre el calendario de la vida y el calendario de la biología.
Podemos retrasar decisiones y recuperar oportunidades. Podemos incluso ayudar a un óvulo y un espermatozoide a encontrarse cuando la naturaleza les ha puesto obstáculos. Lo extraordinario es que ahora también podemos leer las pequeñas cicatrices genéticas que deja ese viaje.
El genoma no dicta cómo debemos vivir; simplemente toma nota de que hemos vivido, y hasta parece llevar la cuenta de los años.