Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas proporcionan un plan global para abordar retos urgentes como el cambio climático. En este contexto, el ODS 13, Acción por el clima, se centra en reducir las emisiones y apoyar la transición hacia una economía baja en carbono.

Además, los fondos de inversión centrados en la transición energética están alineados con este objetivo: invierten en empresas con altas emisiones que cuentan con planes de descarbonización creíbles y colaboran con ellas para acelerar el cambio, y así generan un impacto real y descubren oportunidades que a menudo pasan desapercibidas para las estrategias ESG tradicionales.

La transición energética global ya no es un objetivo lejano, sino una realidad que está transformando las industrias, los flujos de capital y la competencia.

A medida que las economías avanzan hacia sistemas bajos en carbono, las empreas se enfrentan a nuevas regulaciones, un aumento de los costes, tecnologías en rápida evolución y expectativas cambiantes de los clientes. Para los inversores, este cambio supone tanto una disrupción como una oportunidad.

Ahora bien, los recientes cambios políticos han introducido cierta incertidumbre en el ritmo y la magnitud de la descarbonización.

Sin embargo, las tendencias a largo plazo se mantienen sólidas: la caída de los costes, la mejora de la eficiencia y la necesidad de seguridad energética apuntan a un crecimiento sostenido de las energías renovables y la electrificación durante la próxima década.

Además, la transición energética es una cuestión global, no vinculada a ningún país en concreto. China, por ejemplo, concentra aproximadamente una cuarta parte de las emisiones mundiales y la mayor parte del crecimiento reciente, al tiempo que lidera a nivel mundial la inversión en energías renovables.

De hecho, sus importantes aportaciones a la capacidad renovable demuestran por qué el cambio a la energía baja en carbono es una mega tendencia global, y no solo una cuestión de política regional.

La oportunidad de inversión

Muchas carteras centradas en el clima continúan priorizando las bajas emisiones evitando por completo los sectores intensivos en carbono. Si bien este enfoque puede mejorar las métricas generales, a menudo presenta un impacto real limitado.

En este sentido, las reducciones de emisiones más significativas pueden proceder en realidad de la transformación de los sectores con altas emisiones, y no de su exclusión.

Las empresas de servicios públicos, materiales e industriales se encuentran en el centro de este desafío. Estos sectores se enfrentan a una presión regulatoria creciente y a un aumento de los costes del carbono, pero también tienen fuertes incentivos para innovar.

Las compañías que se adapten con éxito, en consecuencia, pueden emerger más competitivas, más relevantes y, en muchos casos, infravaloradas por los mercados que se centran únicamente en su huella histórica.

Por ello, la participación activa y el compromiso son fundamentales. Al invertir en firmas con vías de transición creíbles y exigir a la dirección responsabilidades sobre su ejecución, los inversores pueden contribuir a acelerar la descarbonización y, al mismo tiempo, generar valor.

De hecho, el rendimiento reciente del mercado ha demostrado que los avances creíbles se ven recompensados, especialmente cuando las nuevas tecnologías permiten obtener precios más elevados o ventajas en términos de costes.

La siguiente fase de crecimiento

La demanda de electricidad crece considerablemente, impulsada no solo por la electrificación, sino también por la rápida expansión de los centros de datos que dan soporte a la inteligencia artificial. Este escenario supone tanto un reto como una oportunidad para los generadores de energía.

Dados los compromisos en materia de energía limpia adquiridos por las principales empresas tecnológicas, es probable que la generación con bajas emisiones de carbono desempeñe un papel fundamental a la hora de satisfacer la demanda impulsada por la IA.

Además, las compañías de servicios públicos que están reorientando sus activos hacia las energías renovables y la expansión de la red eléctrica están atrayendo cada vez más la atención de los inversores.

Del mismo modo, los materiales fundamentales para la electrificación, como el cobre, siguen siendo esenciales a pesar de su intensidad medioambiental. Excluir a estos productores implica pasar por alto su papel fundamental en la transición. Por el contrario, la atención ha de centrarse en la responsabilidad y la eficiencia con que se producen estos materiales.

De cara al futuro, la eficiencia energética se consolida como un tema recurrente. Independientemente de los ciclos políticos, las mejoras en este campo siempre resultan sensatas desde el punto de vista económico.

Mientras tanto, en Europa, la retirada de los derechos de emisión gratuitos y la introducción de mecanismos como el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono están impulsando a los sectores difíciles de reducir a una fase clave.

Por todo ello, este entorno probablemente generará volatilidad, pero también un amplio y atractivo abanico de oportunidades para los inversores dispuestos a participar allí donde el cambio es más importante.

*** Laura Donzella es directora regional para Iberia, Latinoamérica y Asia en Nordea Asset Management.