El otro día leí una novela problemática. No provocó tanto escándalo como su gran obra polémica, El lamento de Portnoy (1969), pero en El animal moribundo (2001) Philip Roth narra con pelos y señales la obsesión sexual de David Kepesh (uno de los alter ego recurrentes de Roth), un profesor de literatura de unos sesenta años, con una de sus alumnas, Consuela.

Es una novela explícita y brillante, deprimente y obsesiva. Y es una novela muy masculina, en su concepción quizá más estereotípica y tóxica: el hombre azotado por el deseo, obsesionado con el sexo, con un terror abismal por el compromiso incluso en sus últimos años de vida. Y, sobre todo, solitario.

Kepesh tiene solo un amigo, George, otro escritor y gran adúltero que lo ayuda a superar su obsesión con Consuela. “El apego es ruinoso y es tu enemigo”, le dice. Kepesh está de acuerdo: “El eterno problema del apego. No, ni siquiera el follar puede mantenerse totalmente puro y protegido”.

Aunque hay muchos Roth, normalmente es identificado con una literatura masculina provocadora y políticamente incorrecta. Sin embargo, sus personajes suelen estar llenos de complejos. Su masculinidad no es aspiracional: nadie quiere ser David Kepesh.

Al terminar El animal moribundo, no me entraron ganas de salir por ahí a expresar mi Gran Deseo Masculino. Otra cosa muy diferente es aceptar que, en el fondo, uno tiene algo de ese personaje.

'La carne' abrió un interesante pero superficial debate sobre la literatura masculina. En realidad, nunca se había ido

Cuando La carne, la novela del británico-húngaro David Szalay que acaba de publicar en español Feltrinelli, ganó el Booker en 2025, se abrió un interesante pero superficial debate sobre la vuelta de la novela masculina. En realidad nunca se había ido, como tampoco había estado completamente olvidada la literatura femenina antes de 2018.

Pero tras años de una cierta hegemonía de la literatura (sobre todo confesional) femenina y de rescates de autoras olvidadas, un libro tan masculino parecía la vuelta de algo que había que etiquetar rápidamente. Quizá representaba un soplo de aire fresco, a pesar de ser una novela tan deprimente y asfixiante.

Pero eso son movimientos del mercado editorial. Cuando Szalay escribió su libro no sabía que se enmarcaría en ningún tipo de revival.

Igual que tampoco pensó Gabriel Azorín, el director de la brillante Anoche conquisté Tebas, que su película saldría cuando empieza a ponerse de moda una literatura/cine de la amistad. En su caso, es la amistad masculina adolescente.

Un grupo de amigos viaja a las termas de Bande, en Orense. Allí, bajo el efecto de los vapores, se atreven a decirse lo que nunca se habían dicho antes. A juzgar por algunas reacciones a la película (“Chicos hablando de sus sentimientos. ¡Que se besen!”), había un nicho por cubrir: la amistad masculina que no desemboca en el homoerotismo.

Hay otras grandes obras recientes sobre la amistad masculina. En 2025, Alpha Decay publicó la tierna Leonard y Hungry Paul, donde dos amigos inseparables y ligeramente Asperger viven sin complejos su amistad platónica. O la reciente Papeles de un verano (Almadía), de Javier Serena, que no he leído pero a la que le tengo muchas ganas.

En el fondo, la categoría masculina es muy reductora. La buena literatura, disculpadme la cursilería, es universal. De lo que tratan estas obras es de lo difícil que es aceptar (o incluso saber) lo que realmente queremos. Y lo difícil que es comunicarlo a los demás.

Ricardo Dudda (Madrid, 1992) es periodista y escritor. Autor de Mi padre alemán (Libros del Asteroide, 2023).