Hoy nos aterra mucho más desaparecer que morir. Los aparecidos nos dan más miedo que la contemplación de un cadáver.

Nos hemos inmunizado ante los cuerpos destrozados, humillados, reventados, torturados, pero eso sí, muertos, un cadáver absoluto, pero no lo hemos hecho ante alguien que desapareció un día y no sabemos si está vivo o muerto, aquel que como Lázaro regresa de entre los muertos para darnos un mensaje o ser él mismo ese mensaje, o esos fantasmas que no nos reconocen y que fueron nuestros padres y madres.

Hay aparecidos en las últimas novelas de Richard Price, Mariana Enriquez, S. A. Cosby, Andrés Barba, Dennis Lehane, Maggie Nelson o Patricio Pron, así como en la tonelada de novelas policiales donde aparece o desaparece un niño o una misteriosa mujer en un bosque, emerge un cadáver que reclama justicia o pirados que escuchan voces de muertos.

Por no hablar de zombis en series y películas que reverberan, amplifican y señalan no solo nuestro miedo a no morirnos en paz sino a que nos invadan seres medio animales medio humanos que devoran nuestras mascotas, nuestras ayudas sociales, nuestra blancura e impoluta estructura social.

¿Les suena? Llegan en pateras, se cuelan en camiones, atraviesan continentes estos no-muertos y, al parecer, en cuanto nos vamos a comprar pan y leche ocupan nuestra casa, después de comerse a gatos y caniches.

Tememos esa forma de desaparición tanto o más que la física. Perder la cordura. No entender las cosas ni reconocer a los nuestros

Necesitamos matar bien a los muertos porque si no vuelven. De eso sabemos mucho en España. No saber dónde están nuestros muertos para volver a enterrarlos y darles la dignidad que nos merecemos. O las dictaduras argentinas, chilenas, rusas, sirias o venezolanas, las milicias paramilitares, los secuestros sin rescate donde el miedo se perpetúa con las desapariciones, como también sucede con los niños robados, como es no saber qué pasó, no poder descansar, qué mayor castigo que ese.

El relato se nos ha llenado de desaparecidos –mi próxima novela se titula Objetos perdidos, así que asumo mi grado de obsesión con el tema– porque en nuestras sociedades, el peligro para la mayoría no es morirte –la seguridad policial, la sanidad, la ausencia de armas entre la población– sino de desaparecer.

Todos estamos a dos malas decisiones de hacerlo. Un divorcio, un negocio fallido, una depresión, un alquiler que ya no puedes pagar, una enfermedad grave, una pelea familiar, una estafa…

Estamos más cerca de aquel que duerme a la intemperie en la calle que del triunfador que colecciona relojes, yates, gimnasios y áticos de lujo. La clase media que se percibe alta es baja y la que asume que es baja no lo es, sino pobre, y los que nos dedicamos a escribir o fantasear sobre desaparecidos, ya seamos periodistas, escritores o cineastas, actores y actrices, presentadores de radio o televisión, solo hacemos que escribir de nuestro gran miedo: cuando, de repente, sin avisar, ya no nos vean.

Y otro de los miedos en las propuestas literarias y cinematográficas es que lo que desaparezca sea tu cabeza. Vivimos tanto que la mente nos abandona antes. Perdemos a seres queridos antes de que se mueran.

El dolor se amortigua y licua hasta convertir su muerte en alivio. Y tememos esa forma de desaparición tanto o más que la física. Perder la cordura. No saber entender las cosas, reconocer a los nuestros, extraviarnos con las drogas, los vicios, el alcohol, el porno, la maldad o la avaricia.

El abismo siempre ha sido una tentación hasta que te miras en él. Porque nos pasamos la vida intentando volver a casa y nos aterra no saber hacerlo, olvidar cómo se volvía o que cuando lleguemos, nos abran y no nos reconozcan.

Carlos Zanón (Barcelona, 1966) es poeta, novelista y crítico literario. Su nueva novela, Objetos perdidos (Salamandra), llega a las librerías el 19 de febrero.