La poeta pretende descubrir la luz inesperada, los caminos dorados del silencio, el temor y el temblor del ser amado. Tal vez pueda detener así el mundo y el dolor. Sabe que el más grande filósofo griego tenía razón y que la poesía es más profunda que la Historia.

¿Quién soy yo?, se pregunta y encuentra en Oscar Wilde la respuesta. Por eso sigue amando para salvar su alma, dispuesta a cruzar todas las peñas, a sortear las sombras escondidas, a que no quede un manantial con agua envenenada.

Victoria León ha escrito desde la sencillez y el amor un libro que eriza el sentimiento, Luz de la noche (Visor). Se abraza al ser amado que sabe arder en libertad. Es la noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada, San Juan de la Cruz al fondo. Pero el tiempo se acaba en el mismo borde del mundo. Siente entonces la verdad sola y desnuda, sin vestigio de grises en la profunda luz.

Destierra desolada Victoria León la muerte y el vacío y destruye, junto al cuerpo amado, la nada para crear un mundo nuevo. Bebe la amada la sed a intensos tragos. Y escribe: “Te debo haber huido de mi cárcel de inútiles y grises abstracciones, haber quedado en paz con el pasado y su salida de sombras y de ausencias; el temblor de la vida y del deseo en un presente puro de esperanza, y esta mirada agradecida al mundo que sin ti nunca habría conocido”. La oscura caverna de los sueños en la que se oculta el sol se abre para que se derrame la poesía y el amor.

El verso cautivo, viaje de vuelta de las sombras, renace de mil muertes porque esparce, igual que en el poema de Musset, el más dulce de los pesares. Victoria León suprime los caireles de la rima y aventa las palabras, lo mismo que León Felipe, para entregarse a la poesía verdadera.

Victoria León ha escrito desde la sencillez y el amor un libro que eriza el sentimiento

Busca entonces la belleza del mundo, la lenta rosa negra de la noche, los azules de Giotto en el cielo, la ciudad encendida sobre el fuego y el bronce del crepúsculo. Sabe que si deja que el amor se apague, ella misma se estará extinguiendo, que su última llama, la que aún arde en su cuerpo, se tornará en amarga oscuridad donde el amor se ausenta.

Y derrama lágrimas y versos: “Quizá la noche es mi destino y tu ausencia la hoguera que haya de alumbrarme”. Boca rota de amor y alma mordida, escribió Federico García Lorca, el tiempo nos encuentra destrozados.

En “Luz de la noche”, Victoria León ha escrito un intenso poema de amor, ha sentido el deseo y ha vencido a la doliente ausencia amortajada, al lejano temblor, también al temor, desvanecidos ambos porque en los dedos de la poeta late un don invencible.

“¿Qué es la nítida luz que ha encendido unos ojos a través de ese velo y ha elegido unos labios para hablar del futuro?”. Ella, la poeta, no quiere ni pensar en el verso de Pablo Neruda: es tan corto el amor y es tan largo el olvido.

Espera que la luz de la noche le devuelva el amor a la vida y el pensamiento profundo. La belleza del mundo la reclama, a salvo de los siglos y el azar, porque su voz da forma a la armonía. Y el pilar de su cuerpo la sostiene.

Sigue presente la inocente ternura extraviada y se abren las flores de escarcha de los sueños rotos porque siempre amanece sobre las ruinas. Y por eso todavía le puede decir al ser amado: “Solamente hay futuro entre nosotros”.