Image: Francisco Nieva, entre el clamor del mundo del Teatro

Image: Francisco Nieva, entre el clamor del mundo del Teatro

Primera palabra

Francisco Nieva, entre el clamor del mundo del Teatro

29 abril, 2011 02:00

Ha lanzado al aire a todos los pájaros de fuego. Ha consagrado la primavera en el delirio de Petrushka. Ha soñado la dodecafonía con Krenek y Alban Berg. Se ha recreado en las sombras chinescas del Accatone de Pasolini. Tuvo un acceso de fiebre simbolista con Gustavo Moreau. Le ha sacado la lengua al combate de Ópalos y Tasia. Se cachondeó de la mojigatería franquista, casándose por el rito protestante contra Geneviève Escande. Con Quevedo al hombro y Falla de la mano, disfrutó de la fiesta permanente del idioma, de la orgía de la palabra, de la noche roja de Nosferatu y su tembladera virginal. Pelo de tormenta, el escritor le pidió delicadamente a la prostituta azul que se bebiera las estrellas y las escupiera después.

Entre la inundación del estiércol y el triunfo del vertedero nacional, Francisco Nieva, carne de murciélago, superador del surrealismo y el postismo, transformó sus ojos en pinceles para sublimar la Cinderella de Prokofief y Felsenstein. Ha sido siempre el plomo candente que se derrite en la carroza insólita. Constructor de ataúdes, monarca de la perversión, el escritor se hundió en la piel de las niñas virtuosas y viajó a Pantaélica excitando a la llama vestida de negro.

Abrazado a los poemas de la consumación de Vicente Aleixandre, desnudo en el gabinete campestre de la tía Leda, Nieva desborda su cultura universal sobre los círculos de vanguardia de la Europa más encrespada, recitando, eso sí, los sonetos de Shakespeare. Besa el escritor a la extraña Lowel, criatura de porcelana de tamaño natural. Y se desorbita luego del brazo de Breton para desconcertarse con el Marat-Sade de Weiss. Según Nieva, el surrealismo ha renacido en los videoclips y en la fiesta ritual, el agón desarrolla con el coro el epirrema, la mimésis, la katarsis, el deus ex machina. En la escritura de Nieva, las huellas fugitivas de Venecia todavía se pueden rastrear. Por eso tal vez fustiga ciertas vanguardias necias, aquelarre de los impotentes, y cabalga a galope tendido sobre la escena, desbordando a Artaud, a Genet, a Adamov, a Beckett…

Y, claro, Francisco Nieva ganó este año el premio Valle-Inclán, entre el clamor del mundo del teatro. Nada más merecido. Nieva está considerado, hoy, como figura máxima de la cultura española, la palabra que sangra sin cicatrizar. Para él, el teatro “es una ceremonia ilegal, un crimen gustoso e impune”; “es el único cercado orgiástico y sin evasión”; “es el otro mundo, la otra vida, el más allá de nuestra conciencia”. Es el “fabuloso furor sin tregua”. Imposible clasificar al genio, imposible definir a Nieva, el autor que ha huido siempre de la giliporcelana estúpida o del fraile ahembrado y letrinal, del artista pudoroso o del político corrompido y turbio. Nieva, el grande. Desde el furor de su independencia, no pretendáis entenderle, no queráis escudriñar su pensamiento, “mirad cuál amistad tendrá con nada el que en todo es contrario de sí mismo”.

ZIGZAG

Por fin un programa para llegar al centro de la Tierra. Por fin la ciencia continúa la ficción de Julio Verne. Hemos viajado a la Luna; hemos escudriñado el espacio de la relatividad y el tiempo curvo antes que perforar la Tierra y enlazar, por ejemplo, España y Nueva Zelanda a través del túnel imposible. ¿Qué fuegos insólitos se va a encontrar el hombre cuando realice el sueño dorado de mancillar el centro de la Tierra? ¿Qué secretos nuevos se van a descubrir que desvelen la gran incógnita de no saber adónde vamos ni de dónde venimos? Ramón Tagle y Benoît Ildefonse lo tienen todo preparado y estudian

desde qué mar iniciarán la perforación con la esperanza de superar aquel proyecto Mohole que hace medio siglo fracasó en aguas de la isla de Guadalupe. Son muchos los científicos que consideran esta aventura equiparable a la operación Apolo, cuando se dio el paso gigante de la humanidad sobre la Luna.