Con la perspectiva de pasar unos días cerca del mar, aligerado de trabajos, selecciono unas pocas lecturas. Entre ellas, un viejo libro de Vicente Valero que tenía aún pendiente: Diario de un acercamiento (Pre-Textos, 2007). Son apuntes sueltos, estampas, epifanías, ensayos breves, algunos muy agudos, rematados por las notas de un cuaderno de viaje por la Provenza francesa.

El hilo alrededor del que se trenza el libro es la memoria del verano, sobre todo de los veranos de la infancia, intensamente evocados por quien, como Valero, nació, creció y ha vivido siempre en una isla mediterránea, en este caso Ibiza. Pese a los muy pasajeros excesos de bel letrismo a que tan proclives son los libros de esta naturaleza, leo este con mucho placer, el mismo que extraigo casi siempre de los libros de su autor.

Entre las “hojas de verano” que conforman la primera sección de este Diario de un acercamiento, Valero habla de su afición a leer de buena mañana en su terraza, contemplando el paisaje, y cita el siguiente pasaje de Nathaniel Hawthorne: “La mayor forma de obtener una impresión y un sentimiento vívidos de un paisaje consiste en sentarse ante él y leer, o dejarse absorber de otra forma por él; porque entonces, cuando tus ojos se ven atraídos por el paisaje, es como si atraparas a la naturaleza de improviso y sin darte tiempo a cambiar su aspecto. El efecto dura solo un momento y pasa casi en el instante en que te das cuenta; pero es real, aunque momentáneo. Es como si pudieras captar y comprender lo que los árboles se susurren el uno a otro, como si captaras un atisbo de un rostro con velo, que se protege de cualquier mirada codiciosa. Se ha revelado el misterio y, apenas una respiración o dos después, sigue siendo tan misterioso como antes”.

Sentí, al leer estas líneas, el leve estremecimiento que lo recorre a uno cuando lee, expresados por boca o mano de otro, pensamientos o vivencias que ha experimentado con intensidad y que llevan acompañándolo buena parte de su vida. No es que en este caso el pensamiento en cuestión sea especialmente insólito ni profundo, pero se da la circunstancia de que, hará ya más de diez años, traté de darle forma en una de estas columnas (“Bucear”, se titulaba), en la que venía a decir muy aproximadamente –aunque por otras vías– lo que el bueno de Hawthorne, sin yo saberlo, había observado con tanta precisión mucho antes.

Puede que, en efecto, ya todo esté escrito, y que si alcanzáramos a leer lo suficiente tendríamos ocasión de constatar que cuanto hemos sentido o pensado alguna vez, por muy personal que nos parezca, ha sido sentido y pensado antes por otros, probablemente por muchos. Desde su perspectiva de creador, Ferrer Lerín ha denunciado alguna vez, con mucha gracia, lo que él llama “plagios inversos”, refiriéndose a tantas ideas que uno estima propias y que luego reconoce formuladas por otros escritores, a menudo siglos atrás.

Puede que si alcanzáramos a leer lo suficiente tendríamos ocasión de constatar que cuanto hemos sentido o pensado alguna vez ha sido sentido y pensado antes por otros

En un par de “Los apuntes del paseante” que conforman la segunda sección de Diario de un acercamiento, Valero expresa con finura otra idea a la que yo mismo he dado vueltas y que también traté de dibujar, años atrás, en una de estas columnas. Se trata esta vez de lo que Vicente Valero llama “la fragilidad de los paisajes”, resultado de una nueva conciencia –por completo ajena a los poetas románticos o a los paisajistas del siglo XIX– de la caducidad de una naturaleza que ha dejado de ser, como nos parecía hasta hace poco, “eterna”.

He aquí que ese paisaje que uno descubre con deslumbramiento cada vez que, sentado frente a él, emerge de las páginas del libro que está leyendo, revela de pronto un sino trágico. ¿Por cuánto tiempo seguirá allí?