Permítanme que, por una vez, dedique esta columna a una cuestión de carácter digamos “técnico”. Verán: en mis trabajos como editor de mesa me corresponde a menudo ocuparme de bibliografías, a menudo muy prolijas. La mayor parte de las veces, me llegan hechas unos zorros, y adecentarlas me lleva un montón de tiempo.
Son muy pocos los autores, por sabios o expertos que sean, que se manejan bien con las entradas bibliográficas. A menudo mezclan los diferentes modelos disponibles, y rara vez son consecuentes a la hora de regularizar usos y uniformar criterios. Lo más común, por lo demás, es que se copien unos a otros, de modo que no es raro detectar los mismos errores –a veces incluso las mismas erratas– en las bibliografías de un montón de libros que discurren sobre una misma materia.
El de las bibliografías es un terreno por lo general asilvestrado, en el que, por si fuera poco, cada maestrillo tiene su librillo (yo incluido). No voy a adentrarme ahora en este jardín, pues necesitaría de todas las páginas de esta revista para desbrozar mínimamente la frondosa casuística que conlleva el asunto. Pero sí quiero reparar en el modo tan absurdo en que demasiado frecuentemente veo citar, en libros impresos, las fuentes bibliográficas accesibles en la red.
Por todas partes topa uno con notas o bibliografías en las que, para dar cuenta de una fuente empleada, el autor brinda indicaciones como, por ejemplo: https://www.theatlantic.com/ideas/archive/2023/12/cell-phones-student-test-scores-dropping/676889/. ¿A quién demonios le sirve, impresa en papel, una indicación así? ¿Alguien puede imaginarse que nadie se tome el trabajo de transcribir en su teclado toda esta secuencia alfanumérica para buscar en Google o cualquier otro motor de búsqueda la fuente en cuestión?
En la nota de la que copio esta dirección, tomada al azar de un libro muy recientemente publicado, de carácter divulgativo, la información completa se da así: “Derek Thompson, ‘It Sure Looks Like Phones Are Making Students Dumberi’, The Atlantic, 19 de diciembre de 2023, consultado el 29 de mayo de 2024, ”.
Parecen mentira los usos anticuados que ponen en evidencia la resistencia de las prácticas editoriales a asumir las implicaciones de las tecnologías
El autor sigue un sistema de referenciación ampliamente extendido, que parece haberse consolidado en el ámbito académico y que, de entrada, se antoja muy riguroso, pero que, a efectos prácticos, constituye, al menos a mi juicio, un despropósito. Distinto es cuando, en lugar de un libro impreso, se trata de un soporte digital, que permite clicar en la dirección electrónica y acceder directamente a ella. Pero sobre papel… Da risa, a veces, ver, en las notas de un libro, o en su bibliografía, páginas y más páginas infestadas de estas inútiles secuencias alfanuméricas, que no hacen otra cosa que engordar y afear estas secciones ya de por sí áridas y burocráticas en cualquier ensayo o tratado.
Sigamos con el ejemplo escogido. El autor, conforme recomiendan los más conspicuos manuales, da la fecha en que consultó la fuente en cuestión. Este dato sugiere la naturaleza efímera de no pocas de estas fuentes, que con el tiempo se borran o se actualizan o se trasladan de sitio. Tanto más gratuito resulta, siendo así, el trabajo de detallarlas copiando toda la secuencia del enlace.
Mucho más operativo es añadir, a la ficha convencional, la indicación “disponible en la red”, o algo semejante, y que el lector se las arregle. Por lo común, le bastará con copiar en el buscador el apellido del autor y las primeras palabras del título de su trabajo para llegar a la fuente en cuestión.
Parece mentira que, con tantas décadas que llevamos de digitalización masiva, se mantengan según qué usos anticuados que ponen en evidencia la resistencia de las prácticas editoriales a asumir las implicaciones de las tecnologías tan distintas del libro impreso y de los documentos electrónicos.