Semanas atrás daba noticia de un librito de Eric Auerbach recientemente publicado por Acantilado: La cicatriz de Ulises. El entusiasmo que me produjo me movió a regresar, tantos años después, a las páginas inagotables de Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental (1942).
La obra maestra de Auerbach fue escrita, como es sabido, durante la Segunda Guerra Mundial, refugiado él en Constantinopla, sin una biblioteca decente a su alcance, por lo que tuvo que echar mano de su prodigioso saber y de toda su memoria para emprender un asombroso recorrido que va de la Biblia a Virginia Woolf.
Una de las ideas recurrentes en Mimesis, y que viene muy a propósito en estos días, es la desaparición de la tragedia y del espíritu trágico durante la Edad Media, entre el ocaso de la cultura grecolatina y su nuevo despunte a partir del Humanismo renacentista. Auerbach asocia esta desaparición a los efectos subversivos que tuvo el cristianismo en la idea del hombre predominante en la Antigüedad y en los diferentes registros estilísticos que se empleaban para dibujar su destino.
"Cristo no apareció como héroe y rey, sino como hombre –escribe Auerbach–, colocado en la más baja escala social; sus primeros discípulos fueron pecadores y artesanos, vivió en el mundillo del pueblo bajo de Palestina, habló con publicanos y rameras, con pobres y enfermos y niños, y no por esto ninguna de sus palabras y acciones perdió su elevada y profundísima dignidad; eran más trascendentales que todo lo que hasta entonces había sucedido, y el estilo en que aquello se nos relata no poseía apenas cultura retórica en el sentido antiguo […] Que el Rey de Reyes hubiera sido escarnecido, escupido, azotado y clavado en la cruz como un criminal vulgar: esta narración aniquiló por completo, al penetrar a fondo, en la conciencia de los hombres, la estética de la separación de estilos…".
Entre los efectos de esta "revolución" se halla la desaparición de la tragedia. "Se ha repetido a menudo que la Edad Media cristiana no conoce la tragedia; hubiera sido más exacto decir que en la Edad Media toda la tragedia estaba incluida en la tragedia de Cristo […] Sobre todos los sucesos, por graves que fueran, de curso terrenal, se cernía la dignidad sobresaliente y omnicomprensiva de un solo suceso: el advenimiento de Cristo, y toda tragedia era tan sólo figura o reflejo de una sola trabazón de sucesos en la que forzosamente había desembocar: la trabazón pecado original, nacimiento y pasión de Cristo, Juicio Final. Su consecuencia fue el desplazamiento del centro de gravedad, que pasaba de la vida humana a la del más allá, de suerte que la tragedia no llegaba a consumarse".
Auerbach asocia la desaparición de la tragedia a los efectos subversivos que tuvo el cristianismo en la idea del hombre predominante en la Antigüedad
Solo muy lentamente, a partir del humanismo, el correspondiente proceso de "desacralización" del mundo conduciría a la recuperación de la conciencia de la diversidad de los destinos humanos, y con ella, la restauración del espectro estilístico que los clasificaba conforme a las categorías polares de lo trágico y lo cómico. En este proceso, la tragedia isabelina, con Shakespeare a la cabeza, supone todo un hito.
Como dice Auerbach, "el drama de Cristo ya no es el drama universal, no es el mar en que desembocan todos los destinos humanos; el argumento dramatizado tiene su punto central en una acción humana determinada, a partir de la cual alcanza su unidad, y el camino está desembarazado para la tragedia humana independiente".
Por lo demás, el cristianismo y su tendencia introspectiva dejaron su huella. La tragedia isabelina iba a mostrar una más profunda y rica relación del hombre con su destino que la que se reconoce en la Antigüedad. En ella, "la índole peculiar del héroe impone con mucho más vigor su significación como fuente de su destino".