En mi anterior columna, al hilo de una pregunta más bien retórica –“¿Por qué demonios Ferrer Lerín no está en la RAE?”–, hacía una consideración algo impertinente sobre los criterios empleados por la RAE para reclutar escritores. Sugería yo que lo hacía, demasiado a menudo, “pensando más en el escaparate que en las tareas de las que han de ocuparse”.

Creo que tiene interés estirar esta conjetura entre los ecos del revuelo armado por un artículo del siempre vocinglero Arturo Pérez-Reverte, en el que denunciaba el poco caso que a su juicio hace la RAE a “los académicos escritores”.

Si no hago mal las cuentas, de los 46 académicos de número que forman parte de la RAE, apenas quince son, en la actualidad, “escritores” propiamente dichos, en el sentido más convencional. Incluyo poetas, dramaturgos y por supuesto narradores. No periodistas ni tratadistas o ensayistas, por muy lucida que sea su escritura. Tampoco literatos de ocasión.

Examino la lista y, sin propósito de faltar a nadie, me da por pensar que, escriban mejor o peor, apenas tres o cuatro se distinguen, como pretende Pérez-Reverte, por ser “creadores, trabajadores y especialistas del lenguaje”. La mayoría ni siquiera son –ni falta que hace– lo que se entiende por “estilistas”, en el sentido más enfático del término. Son escritoras y escritores correctos, sólo faltaba, que emplean la lengua de un modo solvente y más bien estandarizado, desde luego no “especializado” ni particularmente “trabajado”. El mismo Pérez-Reverte es un novelista de atrezo y diccionario, cuya escritura no entraña, en el plano de la lengua, un esfuerzo particularmente creativo.

Leyendo su tribuna, sospecho que tiende a confundir la Academia de la Lengua con una Academia de Bellas Letras, cosa que desde luego no es. Lo invita a ello una mentalidad erróneamente conservadora y jerarquizante. ¡Por supuesto que la tarea de la RAE es y debe ser, por mucho que a él le pese, “más descriptiva que normativa”! El Diccionario de la Lengua no prescribe las palabras que debemos emplear sino que recoge y documenta la lengua que usamos, el vocabulario en cuanto “hecho consumado”, sí. Ni el gusto ni la autoridad tienen aquí nada que ver.

Leyendo la tribuna de Pérez-Reverte sospecho que tiende a confundir la Academia de la Lengua con una Academia de Bellas Letras, cosa que desde luego no es

¿Qué significa hablar de “vulgaridad” en el campo del idioma? Desde el Romanticismo, un importante vector de la literatura no ha dejado de luchar por allanar las diferencias de la lengua literaria y la lengua hablada. Se trata de la imposible tarea de inventariar más que de fijar lo que se mueve y renueva sin cesar, olvidados hace ya mucho, como de viejos trapos, de las tareas de “limpiar y dar esplendor”, más propia de mayordomos trasnochados.

Si “tertulianos, youtubers o influencers analfabetos” tienen en la actualidad más influencia lingüística que un premio Cervantes, como lamenta Pérez-Reverte, el problema lo tiene –y bastante serio, por cierto– la literatura en cuanto institución, no la RAE. Esta quizá debería pensar en ir incorporando a sus sillones a algunos de esos youtubers, si es que sus hallazgos y su influencia se revelan suficientemente amplios y duraderos. Y de paso preguntarse si sigue siendo tan cierto eso de que “los escritores no sólo conservan la lengua: la trabajan y proyectan hacia el futuro”, que son ellos “quienes exploran sus límites sin romper su coherencia”.

Repaso de nuevo la lista de escritores académicos y concluyo que demasiados de ellos incumplen esta premisa. Me digo, además, que, salvo honrosas excepciones, la Academia, tradicionalmente, en España como en Francia, ha solido obviar a los escritores lingüísticamente más aventureros y fecundos –por no mencionar aquí la vanguardia–.

¡Vengan valleinclanes! Y bien por la RAE si, como dice Pérez-Reverte, repudia el elitismo y se muestra flexible y consentidora con lo que él estima “incorrecto”. Si el criterio académico se va haciendo, en efecto, “coloquial”, vamos por buen camino.