Hace unos años, durante un verano, trabajé de recepcionista en un hostal de Budapest llamado Paprika. El resto de los trabajadores y yo dormíamos en las literas de una habitación cuya ventana daba a un patio soviético, gris y lleno de hiedra, que te hacía evocar un pasado lleno de misterios.

Me gustaba la sensación de estar acumulando anécdotas que más tarde escribiría, estar tan fuera de mí, llevar el sueño al límite en los turnos de noche.

Un día, llegó una huésped alemana llamada Anna. Venía de Múnich, viajaba por Europa en bici, acababa de llegar de Praga y se dirigía a Bucarest. Tenía unos cuarenta años y siempre charlaba con quien estuviera en la recepción.

Mis compañeros y yo hablábamos de su aura extravagante y hacíamos cavilaciones acerca de cómo sería su vida.

Una noche, nos lo contó. Fuimos a tomar unas cervezas a uno de los turistificados ruin bars y Anna pasó horas contándonos historias.

Habló sobre los saltos de esquí que hacía en su infancia, sobre que su hermano y ella tenían un hámster al que querían mucho y que una vez, discutiendo sobre cómo cuidarlo, Anna le atacó con un cuchillo. A su hermano, no al hámster.

Otra vez, él le prendió fuego a ella por detrás, su camiseta empezó a arder y, una vez apagado, simplemente se rieron. Habló de su estancia en la selva de Guatemala, de sus meses en Australia, de sus viajes a Nueva York.

Anna había cogido literalmente la vida de Herzog y nos la había contado. Me pareció lo más divertido que nadie nunca había hecho jamás

Habló de su madre, limpiadora y vendedora ambulante, que aprendió turco durante sus últimos años de vida porque una amiga suya se lo enseñó. Y de otras muchas cosas más. Pequeños detalles curiosos y cotidianos, nada demasiado épico.

Nos despedimos de ella, siguió su travesía en bicicleta, no supimos nada más y el tiempo pasó.

El otro día, mi pareja se compró la autobiografía de Werner Herzog en la Feria del Libro de Madrid, Cada uno por su lado y Dios contra todos. Hace tiempo, leí otro libro suyo, Del caminar sobre el hielo, y me gustó tanto que me alegré de que se comprase ese otro.

Esa noche, en casa, empezó a leérmelo en alto. Siempre lo hace y yo me adormezco. Esta vez, sin embargo, en cuanto empezó, hubo algo que se me hacía muy familiar, pero no sabía el qué. Hasta que identifiqué claramente una anécdota que me había contado Anna de manera idéntica. Y después otra, y después otra.

La prisa por descubrir cuántas cosas más de la vida de Anna pertenecían en realidad a la vida de Werner Herzog me hizo arrebatarle el libro y leérmelo entero entre esa noche y la mañana siguiente.

Y resultó que mis sospechas eran ciertas: la alemana, quitando las narraciones acerca del rodaje de Fitzcarraldo, Aguirre, Nosferatu, etc., había cogido literalmente la vida de Herzog y nos la había contado.

Me pareció lo más divertido que nadie nunca había hecho jamás y se lo conté a todo el mundo, fascinada por esa ciclista mentirosa que se topó con mi vida en un verano lejano.

El humor ha sido el tema de la Feria de este año, y esto me pareció el absoluto epítome del humor.

Ocurrió hace un par de semanas, y llevo desde entonces preguntándome por qué Anna se inventó su vida de esa manera. Si lo hizo porque le daba pereza contar la suya, porque estaba majara y le gustaba hacerse pasar por otras personas, o si lo hizo, en realidad, y esta es mi opción favorita, a modo de chiste que trascendiera el tiempo. Como un regalo para mí, por ejemplo. Que sospechara que yo un día me toparía con la autobiografía real y decidiera concederme esa carcajada futura.

"La verdad no existe…", parece que me susurra la alemana a través de los años, y ahora solo me apetece viajar a una ciudad desconocida y mentirle a alguien de la misma manera que me hizo ella a mí.