Image: Jardín nublado

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Poesía

Jardín nublado

Francisco Brines

18 marzo, 2016 01:00

Francisco Brines

Edición de Juan Carlos Abril. Pre-Textos. Valencia, 2016. 228 páginas, 20 €

Desde la publicación de Las brasas, premio Adonáis en 1959, la poesía de Francisco Brines ha venido contando con una excelente recepción, con reconocimientos como el Premio Nacional de Literatura o el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. La buena noticia es la publicación de esta antología de poemas a los que precede una interesante introducción del también poeta, y crítico, Juan Carlos Abril, y en la que se recogen hasta diez poemas de un libro inédito. El título, Jardín nublado, está tomado de uno de los poemas, “Ante el jardín nublado”, y es un acierto, pues si aparece ahí “jardín” -y es palabra recurrente en Brines, el vergel edénico, el lugar que la literatura ha hecho tópico del idilio, el locus amoenus-, ese jardín es presentado como “nublado”, es decir, en un estado de merma, falto de la luminosidad que haría de él un lugar verdaderamente apacible, pleno de sensualidad. En el poema se lee que “cantan tristes los pájaros”, tocados por la luz escasa su trino no puede ser alegre. El pájaro, en tantas ocasiones símbolo del poeta, es el sujeto que habla, y tenemos la confrontación, característica en Brines, del goce de vivir y una profunda desazón ante el existir mismo.

A lo largo de más de sesenta años, la escritura de Brines se ha desarrollado sin grandes variaciones, entre otras razones porque Las brasas era ya expresión de una poética madura, fundada en la polaridad indicada. En ese mismo “Ante el jardín nublado”, ya al final, se dice: “y la belleza/ honda se ofrece ante su muerte […]. Y así, de un mundo débil y una existencia torpe,/ nace, breve, el amor”. Belleza sí, amor sí, pero breve, y también muerte. Una mirada sobre el mundo en la que se destaca una y otra vez lo gozoso en una palabra llena de sensualidad, momento de victoria del cuerpo y sus sentidos, del placer, pero en la que, como fuerza inevitable, lo perecedero de la belleza, del amor, de la vida sin más, comparece para teñir el discurso de tristeza. Dice en “Metáfora de un destino”: “el temblor del placer a la espalda del mundo/ para afirmar la vida […] para afirmar así la mísera existencia”. Quizá quepa señalar que conforme ha ido avanzando esta obra la impronta de la edad, la cercanía de la muerte se ha ido haciendo más vívida. En cualquier caso, ¿no habla esta visión doble de la existencia a todos?

Ha de mencionarse el excelente sentido del ritmo de Brines. Son sus versos de clave impar formando la silva libre modernista, tan cernudiana y tan predominante en la poesía española contemporánea, y esa musicalidad puede interpretarse como correspondencia de la música del cosmos, además de expresión del disfrute que se regala al lector, un lector fundamental en esta poética, pues se llega a decir “Si existo es porque existes”, lo que dibuja una imagen del poeta que no puede estar más alejada del ser privilegiado, del genio. Nada de eso, quien habla es, sin más, un hombre. Humildad y grandeza de la humildad.