Image: El cuaderno perdido

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Novela

El cuaderno perdido

Evan Dara

17 julio, 2015 02:00

Evan Dara. Foto: Pálido Fuego

Traducción de José Luis Amores. Pálido Fuego. Málaga, 2015. 510 páginas, 26'90€

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, Eadweard Muybridge realizó una serie de trabajos sobre el movimiento con la intención de estudiar aquello que el ojo humano no percibe ante una simple instantánea. Al poco, a principios del siglo XX, Lev Kuleshov y Sergei M. Eisenstein desarrollaron las primeras teorías fílmicas en las que el proceso de montaje fue definido como la esencia misma del cine. John Lomax, grabadora en mano, recorrió el sur de los Estados Unidos durante la década de los años treinta con la idea de preservar el folclore musical de su país. En 1952, tras visitar la cámara anecoica de la Universidad de Harvard, John Cage publicó su controvertida pieza 4'33'' con la que pretendió exponer la imposibilidad física de escuchar el silencio. Salvador Dalí pintó en 1958 su particular Madonna colocando la figura religiosa en el interior de una oreja, una imagen que solo puede ser vista con nitidez desde la distancia, alejado de la pantalla confesora. En 1964, Paul Simon, desoyendo las teorías de Cage, escribió The Sound of Silence. Coppola dirigió en 1973 La conversación, en la que una grabación defectuosa da pie a un thriller trepidante. En 1980, Russell Hoban publicó Dudo Errante, una distopía sobre un futuro involucionado que ha vuelto a tiempos prealfabéticos. En 1983, Lucasfilm crea el primer prototipo del sonido THX, cuyo lema es "The Audience is Listening". Etcétera, etcétera.

Todos estos hitos artísticos han lidiado, de una forma u otra, con la llamada tradición oral. También con lo invisible, lo inasible, con todo aquello que en definitiva no puede ser capturado o retenido. El cuaderno perdido (1995) de Evan Dara entronca directamente con esta línea estética, eminentemente postmoderna, en la medida que su intencionalidad parece ser reivindicar la oralidad, como medio narrativo primigenio, en lo literario.

Dando esta apreciación por buena, no deja de resultar tremendamente coherente no saber quién es Evan Dara: si la esencia de la literatura es lo oral, qué más da eso de ponerle cara al que habla o al que escribe. Poco o nada se sabe de este autor, salvo que ha firmado otras dos obras. Algunos piensan que es un pseudónimo de Richard Powers, lo cual no suena muy descabellado si atendemos a la musicalidad con la que está construida El cuaderno perdido, tan afín a la obra del autor de El tiempo de nuestras canciones (2003).

Habrá quien recele de este tipo de virguerías pero serán estos productos los que hagan avanzar (o no) la literatura

Si aquí el escritor se diluye en su texto, haciendo las veces de montador, también lo hacen sus personajes, a los que leemos/escuchamos prácticamente a ciegas, sin otra información que su forma de hablar, sus temas y obsesiones, y poco más. Son voces que se suceden como el que sintoniza una emisora de radio: más oralidad. Esto puede recordar al gran Gaddis, pero mientras que el autor de Jota Erre (1975) buscaba el realismo en los diálogos, la intención de Dara pasa por ser otra bien distinta.

Es fácil darse cuenta que este ejercicio narrativo tan ambicioso, que en el fondo representa todo un órdago a la literatura tradicional de los últimos cinco siglos, aquella construida sobre los mimbres de la "galaxia de Gutenberg" (McLuhan dixit) y sumida hoy día en una interminable variación de sí misma (a lo Beethoven, al más puro estilo de El Correcaminos), no puede llevarse a cabo a través de la escritura. Dara es plenamente consciente de ello toda vez que la tradición oral, por su naturaleza, no puede ser recogida sin adulterar (escúchese el drama medioambiental de Ozark), de ahí que sus pretensiones literarias estén más cerca de la mera reivindicación, como terapia de choque, que de la transformación real de la escritura en un medio oral. Cobra entonces aquí todo su protagonismo la figura del musicólogo Harry Partch, devoto de la voz humana, que "buscaba hacer la música más física (…), abrir la música a lo que él llamaba una nueva fusión de lo sensual y lo intelectual", en una cruzada paralela a la iniciada por Dara en El cuaderno perdido.

Habrá quien recele de este tipo de virguerías experimentales pero "la disonancia es esencial en cualquier música con sustancia", como se afirma en esta novela. Tampoco hay que olvidar que serán estos productos los que hagan avanzar (o no) la literatura. De momento, El cuaderno perdido parece ser la primera novela escrita en THX. La audiencia (el lector), por tanto, debería estar escuchando.

@FranGMatute