Image: Mambrú no volverá

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Novela

Mambrú no volverá

Vicente Soto

9 enero, 2002 01:00

Vicente Soto. Foto: Vicent Busch

Alianza. Madrid, 2001. 186 páginas, 13’22 euros

Sólo la prolongada ausencia de España de Vicente Soto (se exilió en Londres en 1954), justifica su escasa fama. Dedicado también a la traducción, ha colaborado en el servicio internacional de la BBC y es autor de una docena de obras, entre las que destacan Vidas humildes, cuentos humildes (1948); La zancada (premio Nadal, 1966); Casicuentos de Londres (1973, 1978); Tres pesetas de historia (1983) y Luna creciente, luna menguante (1993). En 2001 fue galardonado con el premio Valencianos del Mundo, en el apartado de las Letras.

La mayoría de los lectores recuerda a Vicente Soto (Valencia, 1919) como el ganador de un premio Nadal por su novela La zancada. Ha publicado además varios volúmenes de cuentos, pero su dedicación discontinua a la literatura -o, al menos, a la publicación de sus originales- y acaso también su residencia fuera de España durante muchos años, han acabado por hacer de él un escritor de minorías, casi un "raro", tan alejado de corrientes y modas como de los escaparates de novedades.

Es Vicente Soto, sin embargo, un narrador de estilo muy personal, en el que no han influido fórmulas expresivas de acuñación reciente y que ya tenía su propia voz, a la que ha mantenido una estricta fidelidad, hace más de treinta años. Mambrú no volverá es una muestra característica del particular estilo del autor valenciano. La historia, fragmentada en breves episodios no siempre ajustados a la sucesión temporal, reconstruye una etapa crucial de Javier, que experimenta durante un verano los primeros sobresaltos de la adolescencia en el ambiente rural de Campoazor, un pueblo con casino para socios y cuyas muchachas encuentran el mayor estímulo en pasear por la estación para ver pasar los trenes y tal vez soñar con otros destinos.

Es el mundo que algunos escritores de mediados del siglo XX recrearon en sus obras y del que también encontramos retazos en el cine mejor de la época, y bastaría recordar los nombres de Bardem o Berlanga, por ejemplo, junto con otros deudores del más intimista neorrealismo italiano. El hallazgo de una apasionada carta de amor en el bolsillo de una vieja chaqueta que alguien ha colocado a un espantapájaros descubre al niño la existencia de un pasado enigmático que apunta hacia el lado más oscuro, desolador y desesperado del sentimiento amoroso. La historia narrada es una mezcla de reflexiones imaginativas y datos inseguros, todo ello un espacio en el que los elementos y tipos reconocibles y hasta característicos de una novela rural -la tía Josefa, el vaquero Damián, los niños, Miguel el pajarero, etc.- e incluso escenas como el mercadillo del pueblo, aparecen, sin embargo, un tanto esfumados, como en un segundo plano, sobriamente estilizados, porque lo que se impone es la figura del adolescente que remedia como puede su soledad imaginando vidas, acciones y sentimientos.

La técnica narrativa de Vicente Soto tiene su filiación más evidente en el modelo de Gabriel Miró; de un Gabriel Miró menos estático, pero con la misma morosa atención a las impresiones sensoriales, con idéntica mezcla de las perspectivas de narrador y personaje mediante el uso del discurso indirecto libre, con análoga tendencia a proporcionar valor casi simbólico a pequeños detalles: la carta escondida en el forro del ejemplar de La isla del tesoro, la destrucción del espantapájaros cuando la imaginada historia de amor ha ofrecido ya la prueba de su fragilidad y el mismo sentido último del espantapájaros acreditan bien este carácter mironiano del relato, que aflora asimismo a la superficie del discurso en algunos arranques de capítulos o epígrafes (véanse páginas 93, 119, o el principio del capítulo X), así como en la técnica descriptiva y en el sutil uso de procedimientos como la sinestesia, con percepciones cercanas a la expresión abstracta: "Sí que había ensayo y sí que quemaban por los campos hojas y cañas, algo verde de la tierra y el agua. Orilla del camino por su tragaluz Javier veía entre blandos brochazos de humo las máscaras de los músicos perfilándose contra la luna. Algunas pasaban haciendo palabras. El humo sabía a campo y a noche húmeda. Y los chiquillos se asombraban a brincos a la luna".

Algunos excesos, como los diálogos con el espantapájaros, no logran borrar la excelente impresión de muchas páginas y de escenas con auténtica calidad -propias de quien es un buen autor de cuentos-, a pesar de que la finura estilística, a veces poemática, detenga en varios momentos la fluencia de la narración y se convierta en un obstáculo.