Novela

La república de los sueños

Nelida Piñón

25 julio, 1999 02:00

Traducción de Elkin Obregón Sanín. Alfaguara. Madrid, 1999. 766 páginas, 2.950 pesetas

Esta novela resulta fascinante sobre todo por la visión que de Galicia ofrece una nieta de gallegos que adoptaron como propia la patria de sus hijos

Q uince años después de su edición original, llega por fin al lector español una de las obras más destacadas de la escritora brasileña Nélida Piñón, Premio Juan Rulfo en 1995. Se trata de La república de los sueños, que ya circulaba en español gracias a esta traducción, publicada en Bogotá en 1991, de Elkin Obregón Sanín, que me parece en lo fundamental correcta, salvo en lo que se refiere a ciertos barbarismos como “sanduches”, “rasquiña”, “leveza” o “decolar”. Denominar “peregrinaciones jacobinas” a las que recorren el camino de Santiago, por muy de Francia que vengan parte de ellas, no es tampoco cabal. Y no me abandona la sensación de que el trabajo del traductor ha incrementado notablemente el tono casi tribunicio de los parlamentos de ciertos personajes.

La república de los sueños consiste en una extensa saga familiar que tiene su origen en una pareja de emigrantes pontevedreses, Eulalia y su marido Madruga, el cual llega a Sao Paulo a los trece años de su edad exactamente en 1913. Ellos -y sobre todo él- vienen a constituir el eje de esta novela-río, al que afluyen otros cursos vitales, tanto de sus ancestros como de sus deudos y descendientes. Pero mejor que de una novela fluvial, por la amplitud de su texto y la riqueza del abigarrado mundo que representa, deberíamos hablar de una novela oceánica, y en especial atlántica, por los confines extremos de Galicia y Brasil entre los que se mueven sus personajes. El protagonista, Madruga, descrito como una imparable fuerza de la naturaleza, incapaz de soportar las limitaciones de su aldea natal y decidido a lograr “mi victoria sobre Brasil”, que da por conseguida cuando finaliza la novela, afirma jactanciosamente en sus primeros capítulos que el mar no es para los gallegos, sino el océano, “de prefe- rencia el Atlántico, nuestro vecino”, y que solo el océano proporciona “la visión descomunal de la realidad”. Porque sobre el fundamento autobiográfico de su propia estirpe galaica, Nélida Piñón le ha dado la vuelta al mito del conquistador y a su épica, alentada -como ilustró magníficamente Irving A. Leonard con su libro de 1949 Books of the Brave- por antiguas quimeras procedentes de la materia de Bretaña y la literatura caballeresca. La escritora brasileña desarrolla aquí otra épica, la de la emigración de los gallegos a la tierra de promisión americana en procura de ese sueño realista, doméstico quizá, pero profundamente creador que es el sueño del trabajo y la ambición.

Esta novela constituye de hecho lo que su propio título enuncia: una república verbal de sueños. Una interpretación limitada de su significado nos llevaría hasta el pesimismo de los brasileños al comprobar la “ruptura entre el sueño de una nación, en crecimiento, y su realidad inmediata” (página 42), pero el sueño es también atributo, móvil o emblema de la mayoría de los personajes que pululan por estas páginas, así como también de América toda, “sueño funesto y colosal”, y de la propia Galicia, cuya decadencia comenzó cuando le fueron arrebatados sus sueños y Compostela dejó de ser, como América, “uma terra com que sonhar”.

Precisamente la narradora principal de La república de los sueños se llama Breta, de Bretaña, y se nos presenta como un “alter ego” de la propia autora. Mas Nélida Piñón no ha volcado en esta novela imprescindible tanto sus vivencias personales y familiares cuanto su teoría de un mestizaje en el que convergen en tensión elementos opuestos: Europa y América, triunfo y fracaso, hombre y mujer, sobre todo. Leída desde esta ribera, su novela resulta fascinante por diferentes motivos, pero sobre todo por la visión que de Galicia ofrece una nieta de gallegos que adoptaron como propia la patria de sus hijos, y por la identificación que una joven brasileña, Breta, alcanza dialécticamente con su abuelo tierno y despiadado a la vez, ante las mujeres imbuido de un espíritu de dominación semejante al de los conquistadores. Su esposa, Eulalia, cuya larga agonía aporta, como la de Artemio Cruz, la anécdota en torno a la que se articulan el tiempo y el espacio del relato primario, ejemplifica también admirablemente la perspectiva contraria, en la que Breta-Nélida se identifica con el género femenino, “esas criaturas que, según la historia, inventaron” (página 712).