Image: Soy un caballo
Reiteradamente se habla de la relación servil de muchos escritores españoles de literatura infantil y juvenil hacia la escuela. La avasallante producción de obras de temáticas sociales forma parte de la respuesta de la industria editorial al mercado que ampara la prescripción escolar. Entre el modelo pedagógico que fomenta el "trabajo" de los valores transversales y los autodenominados escritores comprometidos, hay una simbiosis tan lucrativa como perjudicial para la calidad literaria.
Esta situación explica por qué tantas novelas juveniles son protagonizadas por chavales que viven en situaciones de riesgo (drogas, anorexia, racismo, violencia de todo tipo) o por minorías discriminadas (inmigrantes, refugiados, minusválidos y oprimidos varios). Más allá de los fines loables, este modelo de libro peca de escasa originalidad, de un empleo abusivo de fórmulas narrativas y, paradójicamente, del fomento de estereotipos y simplificaciones que alientan una visión maniquea de la realidad. Además, refleja deficiencias comunes a estos escritores: tras su necesidad de escribir acerca del otro se esconde la incapacidad de afrontar historias propias; tras su preocupación por alertar o concienciar, establecen una relación vertical y subestiman al joven lector.
Pese a su aparente novedad, Soy un caballo es un libro más en esta dirección. La lastimosa voz de la primera persona equina es tan aleccionadora como vacua. Un lenguaje pseudopoético encubre el escaso arraigo literario. La constante apelación a la emotividad revela la falta de interés por el lector. La exaltación a la naturaleza y la libertad evidencian la ausencia de una historia propia que contar.
Esta situación explica por qué tantas novelas juveniles son protagonizadas por chavales que viven en situaciones de riesgo (drogas, anorexia, racismo, violencia de todo tipo) o por minorías discriminadas (inmigrantes, refugiados, minusválidos y oprimidos varios). Más allá de los fines loables, este modelo de libro peca de escasa originalidad, de un empleo abusivo de fórmulas narrativas y, paradójicamente, del fomento de estereotipos y simplificaciones que alientan una visión maniquea de la realidad. Además, refleja deficiencias comunes a estos escritores: tras su necesidad de escribir acerca del otro se esconde la incapacidad de afrontar historias propias; tras su preocupación por alertar o concienciar, establecen una relación vertical y subestiman al joven lector.
Pese a su aparente novedad, Soy un caballo es un libro más en esta dirección. La lastimosa voz de la primera persona equina es tan aleccionadora como vacua. Un lenguaje pseudopoético encubre el escaso arraigo literario. La constante apelación a la emotividad revela la falta de interés por el lector. La exaltación a la naturaleza y la libertad evidencian la ausencia de una historia propia que contar.