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Pepito, el habitador de tejados
El lector adulto tiene ocasión de desarrollar un sentimiento de nostalgia por tiempos, personas y sucesos que no conoció ni vivió pero de los cuales se ha apropiado a través de la lectura. Es posible que los niños y jóvenes también participen de esta experiencia, que para ellos el libro también sea una ocasión de trascender la memoria y el recuerdo individual y sobrepasen así las restricciones propias de la experiencia personal. Así, la imagen de un personaje permanecerá en la mente del pequeño lector como la de aquel amigo íntimo que un día siguió su camino, o quizás rememore con precisión milimétrica un detalle insignificante de un acontecimiento que nunca vivió o incluso citará aquella conversación que sólo conoce de leídas.En Pepito, el habitador de los tejados, confluyen el anonimato de una historia que parece emerger detrás de un manto de silencio junto a la figura arquetípica del vencido. La voz de un narrador omnisciente nos retrotrae al Madrid de los primeros años cincuenta y en la novela se entrecruzan el recuerdo y la ficción, el realismo y la fantasía, el punto de vista adulto y la perspectiva infantil en una escritura sobria, elegante y próxima. Su mayor mérito, todo lo que consigue sugerir sin decirlo. Por su parte, las ilustraciones están envueltas por tonalidades azules, atmósferas lumínicas y oscuras, manteniendo la serena nostalgia que equilibra al trazo realista. La edición cuida tanto de los aspectos materiales como el tipo de papel, las fuentes y los espacios en blanco, destacando la singularidad de la novela. Un libro que permanece más allá de su lectura.