Giacomo Leopardi y algunas de las cartas que escribió a su padre, a su primo Francesco Cassi, a su editor Antonio Stella y a Francesco Puccinot.

Giacomo Leopardi y algunas de las cartas que escribió a su padre, a su primo Francesco Cassi, a su editor Antonio Stella y a Francesco Puccinot. Diseño: Rubén Vique

Letras

La desdichada vida de Giacomo Leopardi, el poeta-filósofo de la nada que se adelantó a Nietzsche

Diego Garrido rastrea en las cartas del autor italiano la biografía y el pensamiento de uno de los padres de la poesía contemporánea.

Apodado "el jorobado" y frustrado con el mundo, decidió "vivir en las letras".

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Diego Garrido (Madrid, 1997) desarrolla en Lengua mortal no dice lo que sentía (Anagrama) una tesis audaz. A su juicio, Leopardi se anticipó a Nietzsche y creó un sistema “coherentísimo y terrible en total relación con su poesía, que era la misma cosa pero dicha de otra forma: era para él su forma suprema de filosofía”. Y para demostrarlo se sumerge en su correspondencia, al tiempo que retrata de una de las existencias más desdichadas que cabe imaginar.

Cubierta de 'Lengua mortal no dice lo que sentía'.

Cubierta de 'Lengua mortal no dice lo que sentía'. Anagrama

Lengua mortal no dice lo que piensa

Diego Garrido

Anagrama, 2026
456 páginas. 26,90 €

Nacido el 29 de junio de 1798 en Recanati (Ancona), en una familia noble “con apellido y sin dinero”, Giacomo Leopardi era hijo del conde Monaldo, un bibliófilo “chapadísimo a la antigua, astuto y reaccionario”.

Obsesionado con la fantasía y las historias épicas, que leía en los clásicos para representarlas con sus hermanos Carlo (1799) y Paulina (1800), desde niño Leopardi se entregó apasionadamente al estudio, gracias a la gran biblioteca de más de 20.000 volúmenes de su padre. Abierta a todos sus conciudadanos, su lector más frecuente era Giacomo, que devoraba los clásicos por la noche, de rodillas, a la luz de una vela, lo que, según él, arruinó para siempre su salud.

El niño Leopardi recibirá primero clases de un jesuita, hasta que este renuncia diciendo que no tiene nada más que enseñarle. Por eso, dominado ya el latín, aprenderá sin ayuda griego y hebreo, y más tarde francés, español e inglés. A los 11 años lee a Homero, a los 13 escribe su primera tragedia; a los 15, una Storia della astronomia dalla sua origine fino all’anno MDCCCXIII, y a los 17 traduce del griego el Libro I de la Odisea, compone un Inno a Nettuno, traduce el Libro II de la Eneida y, seguro de su próxima muerte, escribe la cántica “Appressamento della morte”. También acaba Sobre los errores populares de los antiguos y a los 19 inicia su cuaderno de apuntes, Zibaldone dei pensieri, casi cinco mil páginas de pensamientos y confesiones que escribirá hasta su muerte.

Sale poco de casa por su quebradiza salud. Aunque los médicos no se ponen de acuerdo en su diagnóstico, parece que padeció tuberculosis ósea. Al crecer, cuenta Garrido, su columna “se doblará, y de su espalda y de su pecho saldrán dos pequeñas jorobas; a esto habrá que sumar las cada vez más comunes oftalmias (que lo dejarán a ratos casi ciego), los problemas intestinales permanentes, el raquitismo, el asma, los esputos de sangre...”.

“Tengo un grandísimo, tal vez desmesurado e insolente, deseo de gloria”, escribe Leopardi a los 19 años

Leopardi va a ser un hombre pequeño, de entre un metro cuarenta y un metro cincuenta, timidísimo, afable, de ojos azules, pálido y de frente grande y cuadrada. Para sus vecinos (y para sus enemigos literarios, muy numerosos), siempre será “il Gobbo”,“el jorobado”.

Como sus padres se niegan a sufragar sus estudios fuera de Recanati, su único refugio serán las cartas a sus nuevos amigos literatos. El primero de ellos, esencial en su vida, es Pietro Giordani, un respetado escritor de 43 años al que, el 21 de febrero de 1817, le envía un libro, le confiesa su admiración y se disculpa por obligarle a leer “versos tan malos”.

Giordani, admirado por el talento y la juventud de Giacomo, responde que Italia volvería a ser “grande y gloriosa” con más jóvenes de su talento y ambición. Esto conmueve al poeta, que le confiesa en la siguiente carta: “Tengo un grandísimo, tal vez desmesurado e insolente, deseo de gloria, y sin embargo no puedo soportar que cosas mías que a mí no me gustan sean alabadas”. Y acaba proclamando: “Si yo vivo, viviré en las letras, porque no querría ni podría vivir en ningún otro lugar”.

Tiempo después, asegura a su amigo en otra carta que el objetivo del arte es, por lo menos para los modernos y para él, retratar la verdad, en lo que es una declaración de principios: “Este retrato de una verdad horrenda, la única –si está bien hecho, si es obra del genio–, este mirar de tú a tú a la nada, a la nulidad cierta de todas las cosas (porque todas las cosas irremediablemente van a dejar de existir para no volver a hacerlo, y de ahí la emoción que suscitan), da a los mortales un placer inigualable. En la visión de la muerte, el arte nos acerca de nuevo, de una forma poderosísima, a la vida”.

Cuando por fin consigue dejar Recanati en 1822 para establecerse unos meses en Roma acabará escribiendo, desengañado, que se ha perdido a sí mismo, pues la ciudad es vana, los poetas, fatuos, y las romanas, esquivas. Sus amores, siempre con mujeres casadas que le hieren con sus juegos y su indiferencia, protagonizan cartas rebosantes de tristeza. “Necesito amor, amor, amor, fuego, entusiasmo, vida: el mundo no me parece hecho para mí”.

Tampoco son más felices las cartas con sus editores (Antonio Stella, Pietro Brighenti), que le proponen proyectos agotadores por sueldos miserables. Siempre al borde de la indigencia, su padre le niega ayuda, ya que quiere que abandone Bolonia, Milán o Florencia y regrese a Recanati, mientras Leopardi se aferra a sus escasos amigos, cada vez más hartos de su modo de vida. Como cuenta en algunas cartas, vive cuando los demás duermen. Al final apenas le quedará Antonio Ranieri, al que había conocido en Florencia en 1830.

Huyendo de una epidemia de cólera que asola Italia, en 1833 los dos amigos se refugian cerca de Nápoles. Leopardi, que siempre había anhelado la muerte, se aferra a la vida, pero su salud está tan quebrantada que fallece el 14 de junio de 1837. Despreciado por sus contemporáneos, hoy es uno de los padres de la poesía contemporánea, desmintiendo sus versos más oscuros: “Miro mi vida, tan abyecta/ y tan doliente, y es la muerte lo único/ que de esperanzas tantas hoy me queda”.