Los escritores Franz Kafka, Gustave Flaubert y Virginia Woolf.

Los escritores Franz Kafka, Gustave Flaubert y Virginia Woolf. Diseño: F. D. Quijano

Letras

Kafka, Flaubert, Woolf y otros escritores que odiaban el calor del verano: "El sol es la muerte del pensamiento"

"Mi estado natural es la penumbra, el silencio, el frío", decía el autor de 'Madame Bovary'.

El verano convertía a Henry James en "una masa postrada, jadeante y licuada".

Más información: Verano del 56: Sylvia Plath y el amor en Benidorm

Publicada

Hay quien espera el verano durante todo el año y, al mismo tiempo, quienes no soportan las temperaturas más cálidas que nos ofrece esta estación. Entre ellos encontramos a algunos escritores que consideraban la canícula un enemigo de la creación.

Antes de que las ciudades se convirtieran en los hornos que son hoy y de que las olas de calor coparan las noticias, había quien desconfiaba de unos meses que cada año se vuelven más sofocantes. Para ellos, el verano podía convertirse en sinónimo de agotamiento y apatía, un tiempo letárgico que entorpecía su creatividad.

Uno de ellos era Henry James, que a sus 68 años seguía escribiendo y trabajando con una férrea disciplina que podía parecer poco compatible con las altas temperaturas.

En agosto de 1911, recién regresado a Inglaterra después de varios meses en Estados Unidos, escribió desde Lamb House, su casa en la localidad de Rye, a su amigo Howard Sturgis. “Creo que ya te he demostrado bastantes veces que hay más en mí de oso polar que de salamandra”, le decía, antes de añadir que “la pluma, la tinta y el papel” se habían caído de su “puño sudoroso”. No terminó ahí la queja, en esa misma carta añadió que se había convertido en una “masa postrada, jadeante y licuada”.

A pesar de todo, el autor de Retrato de una dama (1881) y Otra vuelta de tuerca (1898) no era un enemigo declarado del verano sino de su versión más extrema. Edith Wharton recordó en A Backward Glance (1934) que una tarde lo había oído pronunciar una de sus frases más célebres: “Summer afternoon, summer afternoon, to me those have always been the two most beautiful words in the English language”. En realidad, más que el verano, lo verdaderamente insoportable era cuando se convertía en una “tierra de cenizas”.

El calor también condicionaba el proceso de trabajo de Gustave Flaubert que, retirado en Croisset, su casa de campo a orillas del Sena, se encerraba entre sus paredes durante largas jornadas de trabajo, a menudo escribiendo de noche bajo la tenue luz de una vela para encontrar le mot juste, la palabra exacta.

En el verano de 1852, inmerso en la escritura de la primera parte de Madame Bovary, confesó a su amante, la poeta Louise Colet, su aversión estival: “Odio el sol, que es la muerte del pensamiento; la luz me fatiga, la agitación me cansa. Mi estado natural es la penumbra, el silencio, el frío”.

No fue la única vez que manifestó este malestar. En agosto de 1860 aseguraba estar viviendo “un calor africano” y sentir “la sed como en el desierto”. Varios años más tarde, en junio de 1877, le escribía a su sobrina Caroline Commanville: “Empecemos por gemir por el calor”, para rematar confesando que en los días previos había creído “morir de asfixia”.

Para Franz Kafka, sin embargo, el calor era más que una molestia física. En la Praga de principios del siglo XX, Kafka dividía sus días entre su trabajo en el Instituto de Seguros de Accidentes del Trabajo por la mañana y su vocación por la escritura por la noche.

En 1914 tenía 31 años y todavía no había publicado sus obras más conocidas. Aquel verano atravesaba además una de las crisis sentimentales más importantes de su vida: el encuentro con su prometida, Felice Bauer, su hermana Erna, y Grete Bloch, en julio de 1914, terminó convertido en un interrogatorio sobre sus dudas respecto al matrimonio. Pocas semanas después, el 11 de agosto, comenzaría a escribir El proceso.

En mitad de aquella crisis, el bochorno también quedó registrado en su diario. El 23 de julio escribió: “El calor reflejado por el muro de enfrente. También de los muros laterales que encierran la ventana baja de la habitación llega el calor. Además, el sol de la tarde”.

Años más tarde, durante su intensa relación epistolar con la escritora Milena Jesenská (editada bajo el título de Cartas a Milena), el estío volvió a aparecer asociado a la sensibilidad física que este le producía. “La claridad del verano está demasiado cerca de los ojos”, escribió en 1920, fecha en la que Kafka ya sufría las dolencias de la tuberculosis que le habían diagnosticado en 1917.

El verano también alteraba el ánimo de Virginia Woolf, que lo relacionaba directamente con su capacidad para pensar y la estabilidad de sus nervios. En una temprana carta enviada a su amiga Violet Dickinson en el verano de 1903, la autora relacionaba aquellos días con una alteración de su estado de ánimo: “Mi melancolía primaveral se está convirtiendo, en estos días de calor, en una auténtica locura de verano”.

Así, el 2 de agosto de 1924, mientras trabajaba en la redacción de La señora Dalloway (1925) desde Monk’s House (su refugio en Sussex, adquirido junto a Leonard Woolf para huir del bullicio de Londres), escribió en su diario: “He estado escribiendo con un calor asfixiante. Pero cuando las palabras se resisten, el calor se vuelve doblemente pesado”. Para la autora de Una habitación propia, el calor más despiadado frenaba su creatividad y convertía el proceso de escritura en una lucha casi física.

En plena Segunda Guerra Mundial, Woolf volvería a dejar testimonio de una jornada sofocante: “Calor, calor, calor. Ola de calor récord, verano récord, si lleváramos registros este verano”. La entrada del diario de septiembre de 1940 prosigue: “A las 2.30, un avión pasa a toda velocidad; diez minutos después, suenan las sirenas antiaéreas; veinte minutos después, se da el aviso de fin de alarma. Calor, repito, y dudo de que sea poeta”.

Sin duda, la incomodidad ante el verano no es nada nuevo. También la poeta Gabriela Mistral dejó varios testimonios de su dificultad para soportar las jornadas más sofocantes. En el poemario Desolación, publicado en 1922, incluyó el poema Verano, que comienza con una escena abrasadora: “Verano, verano rey, del abrazo incandescente, sé para los segadores ¡dueño de hornos! más clemente”.

Décadas después, esa misma hostilidad adquiría una dimensión aún más física. En una carta enviada a la escritora estadounidense Doris Dana el 12 de agosto de 1948, Mistral explicaba: “No puedo salir salvo al atardecer o por la noche durante los meses de verano. El calor me causa problemas cardíacos”.

En 1952, mientras ejercía de cónsul de Chile en Nápoles, volvía a quejarse: “Creo que necesito ir a un lugar fresco durante un mes cada verano. No puedo trabajar con estos dolores de cabeza… el calor me incapacita”.

El sol, el calor, el verano es para algunos el momento perfecto para descansar, para desconectar, para disfrutar de una temporada de vacaciones. Van Gogh podía trabajar “a pleno sol, sin ninguna sombra” y lo disfrutaba “como una cigarra”. Sin embargo, para Flaubert era la muerte del pensamiento, para Woolf, un elemento desestabilizador. Quizá el enemigo no sea la estación en sí, sino unas temperaturas extremas que nos llevan al límite.