Oleg Tabakov, en el papel de Ilya Ilyich Oblómov en 'Unos días en la vida de Oblómov' (Nikita Mijalkov, 1980)

Oleg Tabakov, en el papel de Ilya Ilyich Oblómov en 'Unos días en la vida de Oblómov' (Nikita Mijalkov, 1980) .

Letras Opinión

Paisaje con turista al fondo

La imagen turística opera en un presente absoluto. Ya no responde a la nostalgia del 'souvenir', sino a la tiranía de la inmediatez.

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No me gusta viajar. Lo digo sin rodeos. Por trabajo, me paso el año entre trenes y aviones, y cuando llegan las vacaciones y el mundo entero sale en busca de aventura, mi trayecto perfecto termina siempre en el salón de mi casa.

La mejor sala VIP, el hotel más confortable, el destino definitivo: mi sofá, mi aire acondicionado y mis libros. Ahí, lo confieso, estoy siempre del lado Oblómov, el personaje de Goncharov que abrazaba la pereza y prefería vivir tumbado, a resguardo del aire de la calle.

Desde luego, me siento mucho más cerca de él que de los protagonistas de El mal del ímpetu, el otro célebre relato de Goncharov que parodiaba la pulsión moderna de desplazarse sin tregua para conjurar el aburrimiento. Aquellos personajes inquietos, temerosos siempre de perderse algo, prefiguraban ya en 1838 eso que hoy denominamos FOMO (Fear of Missing Out).

Oblómov, en cambio, que gozaba perdiéndoselo todo, como ha señalado Juan Evaristo Valls Boix, apuntaba ya maneras de verdadero héroe del JOMO (Joy of Missing Out).

“¡Viajar, perder países!”, escribía Pessoa, otro espíritu JOMO. “¡Viajar, no perderse nada!”, nos imponen ahora. Viajar para ver cosas, para verlo todo, haciendo check en cada parada. Uno no puede volver de Budapest sin haber tachado de su lista el Café New York. Y así todo. El Grand Tour se ha convertido en una yincana frenética.

Es lo que más detesto: el imperativo de "ver cosas". Si alguien busca un viaje así, que no cuente conmigo

Es lo que más detesto: el imperativo de “ver cosas”. Si alguien busca un viaje así, que no cuente conmigo. Prefiero salir del hotel –donde, por cierto, me encanta quedarme, aunque solo sea por amortizar lo pagado–, tomar cualquier dirección y extraviarme por las calles.

A veces puedo volver de una ciudad sin ver un solo monumento. Y luego quizá diga: ¡Qué fea es Bruselas! Cuando en realidad solo crucé el callejón equivocado, el que no “había que ver”, el que no tenía “la foto que había que hacer”.

Esa parece ser la clave: buscar “la foto”. Esa que ya hemos visto más de mil veces en las fotos de los demás. Acudimos a veces a los lugares simplemente para constatarla con la cámara, buscando el punto de vista que ya conocemos de memoria. Y entonces, una vez armonizado el encuadre, plantamos la cara delante. El selfi como marca de agua, única singularidad de lo idéntico.

Marcamos los lugares como en Yellowstone se marca a las reses. Para gritar: “Yo estuve aquí”. O mejor aún: “Yo estoy aquí”. Porque la imagen turística opera, cada vez más, en un presente absoluto. Ya no responde a la nostalgia del souvenir, sino a la tiranía de la inmediatez: “Yo estoy aquí y ahora. Y tú no”. También puro sesgo de clase. La imagen compartida como capital simbólico. Ay, lo que daría por leer un ensayo de Bourdieu sobre el selfi.

Y luego, al final, está esa idea de que todo está abarrotado y los demás nos sobran. No se puede ver nada tranquilo, decimos, está todo lleno de gente. Como si nosotros no formáramos parte de esa gente. Como si no molestásemos a los demás. Lo comprobamos cuando en algunos espacios abarrotados tenemos que ir esquivando encuadres y disparos, ensayando quiebros imposibles para no aparecer en las fotos ajenas.

Aunque quizá no deberíamos esquivar nada y dejar constancia de nuestra presencia en esas apariciones fortuitas en las miles de imágenes tomadas por desconocidos.

Convertirnos en paisaje. Ser manchas. Tal vez eso sea hoy lo único que nos democratiza: que todos somos ya el turista del fondo, esa silueta inesperada que alguien, de vuelta a casa, intentará recortar. “Por favor, quítame del fondo a ese señor con gorra”.

Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) es escritor e historiador del arte. Su último libro publicado es Yo estoy en la imagen: ensayos afectivos y ficciones críticas (Acantilado, 2024).