Salman Rushdie en el Festival literario Babell de Oporto.

Salman Rushdie en el Festival literario Babell de Oporto. Daniel Rodrigues e Igor Martins

Letras

Salman Rushdie comparte los secretos del oficio: "Lo terrible de escribir es que no se aprende casi nada"

El escritor ha participado junto a Atwood, Barnes, Krasznahorkai y Tokarczuk en el festival literario Babell de Oporto.

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Oporto
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En 1957, un pequeño Salman Rushdie de 10 años vio por primera vez El mago de Oz en el cine y ya nunca más quiso salir de allí. Impactado por aquella historia regresó a su casa y escribió su propio cuento sobre un niño que atravesaba un arcoíris y encontraba criaturas fantásticas y otros inventos. “Lo he olvidado a la fuerza –bromea ahora–. Mi padre se lo dio a su secretaria para recortar unas pocas páginas y ella lo perdió. Probablemente sea mejor así”.

Aquella influencia del séptimo arte se notaría, de algún modo, en su obra. El autor de Los versos satánicos creció en una familia acomodada en una de las épocas más pacíficas de Bombay. “Era una ciudad muy tolerante y de mentalidad abierta. Allí todo el mundo estaba obsesionado con el cine. En los años 50, en el cine indio estaba prohibido que hombres y mujeres se besaran en pantalla, porque se consideraba obsceno. Así que, en Hijos de la medianoche inventé algo que llamé el ‘beso indirecto’: un actor tomaba un mango, lo besaba, se lo pasaba a su amada y ella besaba el otro lado. Y cuando se publicó el libro, las películas empezaron a usarlo. Eso demuestra que la ficción, a veces, crea la realidad”, reflexiona.

El escritor indio es uno de los participantes de la primera edición del Festival Babell que organiza la mítica Livraria Lello de Portugal y que se ha celebrado estos días en el inmejorable marco de un Oporto soleado, coloreado por un impactante espectáculo del artista chino Cai Guo-Qiang, el maestro mundial de la pólvora sobre el río Duero.

Salman Rushdie en el Festival literario Babell de Oporto.

Salman Rushdie en el Festival literario Babell de Oporto. Daniel Rodrigues e Igor Martins

Un evento cultural que, además de la presencia española de Javier Cercas y David Uclés, ha reunido a autores de la talla de Margaret Atwood, Julian Barnes o los Nobel László Krasznahorkai y Olga Tokarczuk dispuestos a compartir con miles de lectores –la entrada no era de pago, sino que se obtenía con la compra de un libro cualquiera en alguna librería de la ciudad– sus experiencias y algunos de sus mejores secretos literarios.

Historias de aprendizaje como la de la autora de Los errantes o Los libros de Jacob, que ha recordado cómo se dedicó varios años a la psicología antes de abandonarlo todo por la literatura. “Lo que aprendí fue a escuchar atentamente lo que tenían que decir mis pacientes”, recuerda Tokarczuk, que tras poco tiempo como terapeuta comenzó a desmoronarse.

Olga Tokarczuk en el Festival literario Babell de Oporto.

Olga Tokarczuk en el Festival literario Babell de Oporto. Daniel Rodrigues e Igor Martins

“Cuando me decían que no podían dormir o que algo andaba mal, sentía la necesidad de tomarles la mano y decirles que yo tampoco podía dormir, que me sentía mal y estaba completamente perdida. Entonces pensé que no estaba bien”, comparte la escritora polaca que se encontró de golpe con una vocación literaria que requirió de su dedicación total.

“Para cumplir con las expectativas tuve que renunciar a mi propia vida. Yo era joven, mis compañeros tenían muchos planes y yo me senté a darle vueltas a las frases e intentar construir algo”.

Fue así como descubrió también que escribir es algo instintivo. “Nadie nos enseña realmente cómo hacerlo. Por eso, al principio, escribir fue un riesgo, elegí un camino que no me aportó dinero ni prestigio, solo me provocó dolor de espalda”, relata la Nobel de Literatura.

Una aventura intelectual

Pero, ¿por dónde empezar? “Hay que construir mundos sobre bases muy específicas, por eso el conocimiento enciclopédico, los diccionarios y la justificación de cada detalle constituyen una parte fundamental de mi trabajo. Investigo exhaustivamente para cada libro y solo una pequeña parte de los resultados aparece, pero es una aventura intelectual y aprendo muchísimo”, cuenta Tokarczuk que, para completar Los libros de Jacob se especializó durante varios años en la Europa del siglo XVIII.

También Rushdie comparte esta fascinación por la documentación. Cuando el escritor indio quiso investigar para La hechicera de Florencia, donde entrelazaba la historia del Imperio Mogol con el Renacimiento italiano, lo que más le llamó la atención fue que estas dos culturas, que no tenían nada en común, estaban atravesando momentos muy similares.

“La investigación te brinda aspectos que no podrías haber inventado”. Por ejemplo, relata, en aquella novela había un personaje que viajaba desde la India hasta Italia. “Pasaba por lo que hoy se llama Turquía y descubrí que justo en el momento en que llega allí, el Imperio otomano estaba en guerra con Vlad el Empalador. Por eso pude incluir a Drácula en mi novela sin tener que mentir. Pero hay que hacer el trabajo”.

Olga Tokarczuk: “Escribir fue un riesgo, al principio elegí un camino que no me aportó dinero, solo dolor de espalda”

Porque también el instinto o una sensibilidad particular desempeñan un papel imprescindible en el proceso creativo, como le ocurrió a la escritora polaca mientras componía Casa de día, casa de noche, obra aún no traducida al castellano. “Mi tercer libro es la encarnación de ciertas técnicas en mi escritura, porque no sé de dónde surgió Marta –una anciana sabia vecina de la protagonista de la historia–. Mi heroína iba a verla, empezaban a hablar y, de repente, tuve la impresión de que este personaje que había creado decía lo que le daba la gana. Fue un poco inquietante”. Ella encarnaba una parte de la narrativa que no es del todo consciente. “Y eso es muy significativo: cuando Martas como esta aparecen en mi proceso creativo significa que toda mi psique está trabajando en la escritura, no solo mi intelecto ni la parte que quiere atraer a los lectores”.

“Entonces sucedió una de las cosas más extrañas de mi vida”. La casa en la que por entonces vivía la escritora estaba situada en la Baja Silesia, una zona de Polonia que durante siglos había pertenecido a Alemania, y un día se presentaron allí los descendientes de los antiguos dueños de la propiedad. “Estábamos hablando cuando sacaron una fotografía y una de ellos dijo: ‘Esta es mi abuela Marta’. Solo cuento cómo fue. Escribir es inventar y recopilar diversos datos de una enciclopedia, pero también es una inmersión profunda en la construcción de la historia. Es algo que nos supera”.

László Krasznahorkai en el Festival literario Babell de Oporto.

László Krasznahorkai en el Festival literario Babell de Oporto. Daniel Rodrigues e Igor Martins

Muchas veces, incluso, es más auténtico que la propia realidad. Julian Barnes lo demuestra así cuando relata uno de sus primeros acercamientos a la lectura. “En mi colegio creían que todos los muchachos debían estar preparados para ser oficiales del Ejército y, a veces, teníamos que vestirnos con uniformes caqui, con todo el equipo, cinturones, polainas y botas. Una vez al año, o quizás dos, había un día de campo en el que te llevaban a algún páramo en Essex y te obligaban a arrastrarte como un mono entre la maleza”.

“Un momento clave en mi vida como lector fue uno de esos días”, relata el escritor inglés, que, en aquel entonces estaba leyendo Crimen y castigo. “Yo nunca había estado en Rusia ni en el siglo XIX, pero recuerdo haber pensado: esto tiene mucho más que ver con la vida real que ponerse un uniforme caqui y correr entre la maleza. Todo lo demás era falso y la ficción lo verdadero”.

Tal vez, como señala el húngaro, László Krasznahorkai, la escritura simplemente se forma dentro de nuestras cabezas. “En cualquier situación en la que me encuentre, frases, fragmentos, están constantemente dando vueltas en mi cerebro, como una pieza musical en la cabeza de un compositor o una de esas canciones pegadizas, que puede ser una melodía muy básica y de la que simplemente no puedes deshacerte”. Un ritmo que el Nobel de Literatura transforma en una prosa poética no exenta de su particular sentido del humor. “Pero no pretendo resolver lo trágico con lo cómico –dice–. No soy un chef que cocina con distintos ingredientes, cocino la realidad según lo que considero importante de ella, y simplemente la sigo”.

Un detector de tonterías

Sin embargo, solo algunos autores son los elegidos y pueden presumir de escribir siempre a un nivel alto. La literatura requiere de un proceso creativo que crece entre las dudas y las certezas. “Esos días no se dan muy a menudo, a no ser que seas Shakespeare”, comenta Rushdie.

“Él escribía en cuestión de meses obras para las que la gente tendría que esforzarse al máximo durante toda una vida. Es imposible ser tan bueno y no saberlo. Hemingway decía que lo que un escritor necesita es ser, sobre todo, un buen detector de tonterías. Con esto quiere decir que si no sabes cuándo algo está mal, tampoco sabes cuándo está bien. Así que, para saber cuándo algo está muy bien, tienes que saber reconocer cuándo no lo está lo suficiente”.

Margaret Atwood en el Festival literario Babell de Oporto.

Margaret Atwood en el Festival literario Babell de Oporto. Daniel Rodrigues e Igor Martins

Pero, ¿qué hacer con todos esos papeles que quedan amontonados sin llegar a buen término? “Yo se los doy a la Biblioteca de Libros Raros Thomas Fisher –el mayor depósito de manuscritos de acceso público en Canadá–, los tiro a la papelera o los publico, que es una manera de deshacerse del papel”, bromea Margaret Atwood.

“Pero, si creo que puedo usarlo más adelante, lo guardo. Es lo que hacemos los escritores, que somos eternamente optimistas, lo que significa que esta historia es un fracaso, pero si la guardo en un cajón, tal vez madure como el queso”, bromea la autora de El cuento de la criada.

Atwood: “Los escritores somos eternamente optimistas, pensamos que si guardamos una historia, tal vez madure como el queso”

Rushdie también vuelve sobre ello. Si algo que se ha escrito no está a la altura, se modifica las veces que haga falta, dice el escritor. “Escribir libros no es fácil. Es lo más difícil que sé hacer, pero también lo más gratificante. Y claro que uno se equivoca constantemente. A veces, uno se bloquea. Parece que las ruedas de la máquina se atascan y no se ve el camino a seguir. Cuando eso sucede, el error nunca está en ese punto. Está en algún lugar anterior. Hay algo que no se ha imaginado bien o que se ha escrito de forma insuficiente en la página anterior o cincuenta páginas antes”.

“Esa es una de las pocas cosas que se aprenden con el tiempo. Porque otra de las cosas terribles de ser escritor es que no se aprende casi nada con la experiencia. Cuando escribes un libro, lo único que sabes es cómo escribir ese libro. Luego te enfrentas al siguiente y descubres otro tipo de problemas”, reconoce.

Lo más complejo tal vez sea abandonar por completo una historia. Pero eso también es otra victoria. “Recuerdo una vez que estaba escribiendo una novela en una casa de pescadores en Blakeney, en Norfolk –señala Atwood–. Era una casita que se alquilaba a turistas en verano que traían novelas para leer y las olvidaban. Así que, digámoslo así, cuando te das cuenta de que te interesa más una novela romántica histórica sobre María Estuardo que tu propia novela, sabes que algo no funciona. Si te aburres de tu propia escritura, es una señal”.

La censura y la política

Como el resto de la vida, la literatura también tiene un coste. Acompañado por un amplio equipo de seguridad, Rushdie ha pagado caro sus consecuencias. Amenazado de muerte durante gran parte de su vida por la publicación de Los versos satánicos, en 2022 fue apuñalado hasta 12 veces mientras iba a dar una conferencia en un escenario, suceso que relató en Cuchillo.

Sin embargo, el autor, no cree poder separar la política de la ficción. Pensemos en Jane Austen, dice. “Su trayectoria transcurre en la misma época que las guerras napoleónicas. Sin embargo, apenas se menciona este hecho histórico de gran trascendencia en sus libros. Como la vida privada y la pública estaban tan separadas en aquel entonces ella puede explicar a sus personajes de manera brillante y profunda sin necesidad de referirse a la dimensión pública”. Pero lo que sucede, desde entonces, es que la distancia entre ambos ámbitos prácticamente ha desaparecido.

Julian Barnes en el Festival literario Babell de Oporto.

Julian Barnes en el Festival literario Babell de Oporto. Daniel Rodrigues e Igor Martins

“Ahora ambas vidas chocan casi a diario y esa dimensión debe formar parte. No tiene por qué ser lo más importante, pero el amor, el trabajo, el dinero, la clase social, la religión o los acontecimientos públicos influyen en la personalidad del personaje. Así es como concibo la política en la ficción. No quiero escribir ficción polémica, quiero escribir ficción que tenga en cuenta todo lo que hace que un ser humano sea lo que es”, matiza.

En menor medida, Barnes también comparte su experiencia con la censura. “Solo he tenido problemas con ella dos veces en mi larga trayectoria. La primera fue cuando mi primera novela, Metrolandia, fue prohibida en Sudáfrica y pensé: ‘Genial, de todas formas solo habrían distribuido unas 125 copias’. Y luego, recientemente, iba a participar en un evento en la abadía de Bath, en el oeste del país. Tenía una novela – Elizabeth Finch– sobre Juliano el Apóstata, el último emperador pagano de Roma, un pensador maravilloso y un acérrimo opositor de la Iglesia cristiana, y un periódico tituló una entrevista mía como: ‘La mayoría de los cristianos odiarán mi libro’. Ni siquiera recuerdo haber dicho eso. Pero, me prohibieron participar en aquel evento y pensé: ‘No hay nada como ganar cuando no duele’.”.

Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026, en su último libro, Despedida, Barnes, que en 2022 fue diagnosticado de cáncer de sangre, entona el adiós a priori definitivo de la literatura, en una última lección que nos recuerda que a veces hay que saber también parar. “El diagnóstico me recordó que mi vida se estaba ralentizando. Pero creo que la razón principal por la que este es mi último libro es que siento que ya he expresado todo lo que tenía que decir. Seguiré escribiendo ensayos, reseñas y cosas por el estilo, pero ya he tocado todas mis melodías. Hay demasiados escritores, generalmente hombres, que se extienden más allá de lo normal”, opina.

Barnes: “Los escritores somos como los alcohólicos, si ves el siguiente gin-tonic en la estantería, puedes disfrutar del que estás bebiendo”

“Y yo”, prosigue, “tengo muchas notas para cuentos o novelas en algunos libros antiguos –continúa–. Siempre que escribía algo, en aquellos tiempos, me consolaba hojeando libros y pensando que podría escribir eso después. Porque los escritores somos un poco como los alcohólicos, si ves el siguiente gin-tonic en la estantería, puedes disfrutar del que estás bebiendo. Y, en cierto momento, repasé todas las ideas que había anotado durante 20 años. Pero eran ideas que ya no me preocupaban en este momento. He publicado libros desde hace 45 años y he tenido muchísima suerte, así que no voy a hacer una gira de despedida y luego volver a hacer otra gira de despedida”, sentencia.

Por suerte, como recuerda Tokarczuk “ni Cervantes ni Thomas Mann desaparecieron jamás en este mundo literario. Siempre están ahí, del mismo modo que Hans Castorp o Don Quijote son más reales que todo. La literatura es un susurro que resuena sobre el mundo en el que vivimos”. Tal vez por ello, Krasznahorkai alargue tanto sus frases. “Simplemente evito el punto final porque siempre he tenido la tendencia a creer que Dios lo pone automáticamente”.