Jaime Gil de Biedma. Foto: Elisa Cabot

Jaime Gil de Biedma. Foto: Elisa Cabot

Letras

Gil de Biedma, un sentimental incontrolado: resucita su polémica biografía, con nuevas aportaciones

Tusquets recupera 'Retrato de un poeta', una edición ampliada y revisada del libro publicado hace más de dos décadas. Miguel Dalmau reinterpreta algunos de los episodios más escabrosos.

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Es difícil encontrar un poeta con una obra tan breve y, a la vez, tan trascendente. La poesía reunida de Jaime Gil de Biedma (1929-1990) cabe en menos de 200 páginas (Las personas del verbo); a su biografía, en cambio, no le bastan 500. Su lanzamiento en 2004 fue muy polémico.

Cubierta de 'Jaime Gil de Biedma. Retrato de un poeta' (Tusquets)

Cubierta de 'Jaime Gil de Biedma. Retrato de un poeta' (Tusquets)

Jaime Gil de Biedma. Retrato de un poeta

Miguel Dalmau

Tusquets, 2026
544 páginas. 26,90 €

Miguel Dalmau (Barcelona, 1957) recabó testimonios de familiares, amigos cercanos (Juan Marsé, Carlos Barral, Ana María Moix, Ángel González…) e incluso amantes para componer el Retrato de un poeta, cuyo lado oscuro ensombrecía, para muchos, el insoslayable brillo de su obra. No se obvian los abusos sexuales que sufrió desde los tres años ni un episodio que le dejaba a él mismo muy cerca de la pedofilia.

Aquella biografía alumbró también la película –no menos vilipendiada– El cónsul de Sodoma (Sigfrid Monleón, 2009), protagonizada por Jordi Mollà. Tal vez impelido por la controversia, Dalmau ha modificado algunos pasajes de su texto –"He moderado excesos algo 'amarillistas'", desliza en el prólogo–, suprimiendo algunos fragmentos e incluyendo nuevos datos, a partir de las nuevas aportaciones de Andreu Jaume, que editó sus diarios completos en 2015, Carme Riera y Luis Antonio de Villena, entre otros.

El resultado es una narración más cronológica, verdaderamente jugosa, y salpicada de fragmentos de sus poemas, cada vez más autobiográficos. "En mi poesía no hay más que dos temas: el paso del tiempo y yo", escribió él mismo.

Un señorito de Barcelona, un poeta de izquierdas en plena dictadura, un homosexual capaz de amar a las mujeres, un vividor atormentado… ¿Cómo conjugar tanta contradicción en una sola vida? Ser feliz en la infancia, incluso en la Guerra Civil, fue "una herida incurable". En un poema escribe: "Me avergüenzo / de los palos que no me han dado". E interpela a sus compañeros del Grupo de Barcelona, "por mala conciencia escritores / de poesía social".

Con ellos compartió noches etílicas en elevadas tertulias, que discurrían por los fueros de la cultura cosmopolita, y fue comprendiendo que la vida iba en serio.

Había nacido en una familia de la alta burguesía de Barcelona y ejerció un alto cargo en la Compañía de Tabacos de Filipinas, enchufado por su padre. En su despacho de Las Ramblas Gil de Biedma escribió algunos de sus poemas más célebres. Se entregó a la poesía tarde: "Tenía unas copas encima y me di cuenta de que podía ser poeta porque tenía en la cabeza un poema".

Apenas contaba con 20 años y ya había descendido a los tugurios del Barrio Chino, donde se mezclaría con estraperlistas, vendedores de grifa y marineros de permiso. Fornicó con prostitutas y, muy pronto, con chaperos. Contrajo enfermedades venéreas, se enamoró como el "sentimental incontrolado" que fue siempre, tal y como lo define su biógrafo, y siguió escribiendo.

Viajó mucho, acaso en busca de su propia identidad. En Filipinas se impregna del exotismo de sus sueños infantiles, en Roma conoce a María Zambrano y en Inglaterra se sumerge en la obra de Auden y Eliot. Sus composiciones, desde entonces, trascienden lo anecdótico y adquieren una dimensión universal.

El poeta fue rechazado por el partido comunista porque "los maricones, ante la policía, cantan"

Había puesto sus versos al servicio de la causa antifranquista, pero el desarrollismo acabó condenando su poesía social –herencia de Celaya y Blas de Otero– en favor de la "poesía de la experiencia", eslogan que terminó envolviendo a la Generación del 50. El simbolismo y el lenguaje elitista quedan también relegados. La elocuencia se impone. Poesía inteligible, pero hondísima: "Un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia", leemos.

La gauche divine le sorprendió en plena crisis existencial, pero no tardó en convertirse en el alma de la fiesta. Colita recordó cuánto impresionaba verlo llegar a Bocaccio con Bel, con quien mantuvo una intensa relación a pesar de "los memos de sus amantes" y "el bestia de su marido". Pero ella se mató en un accidente y él, entonces, se cortó las venas. Era la segunda vez que intentaba suicidarse.

No había cumplido los 40 cuando sintió que no tenía nada más que decir en la poesía. Había sido rechazado por el Partido Comunista porque "los maricones, ante la policía, cantan" y su cohorte de amigos se fue disgregando. Conservó, no obstante, una gran amistad con Juan Marsé, que escribió en casa del poeta el inicio de Últimas tardes con Teresa.

Siguió frecuentando los bajos fondos, pero su temperamento devino pendenciero, mucho más que en la época universitaria, cuando demolía a sus contrincantes con "un irritante tono aristocrático", según apuntó Carlos Barral. En los 80 por fin lo reconocieron como el poeta que fue: uno de los grandes del siglo XX. A los 55 le diagnosticaron sida. Envejecer, morir ya no eran tan solo las dimensiones del teatro. En 1990, cuando cumplió los 60, pasó a ser el único argumento de la obra.