Selva Almada. Foto: © Alejandra López.

Selva Almada. Foto: © Alejandra López.

Letras

Selva Almada da voz a las víctimas de la dictadura argentina y evoca el espíritu de las Madres de Mayo

En el libro 'Una casa sola', la autora argentina narra la historia de una familia desaparecida a través de su hogar, que se convierte en testigo mudo de la impunidad del poder.

Más información: Crítica de la novela 'Nocturno de Venecia': el John Banville más siniestro demuestra que aún juega en otra liga

Publicada

Un rasgo en verdad novedoso, e insólito, me parece, caracteriza Una casa sola. En la novela de Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) no cuenta la historia un humano, sino un inmueble, la casa aislada en un paraje abrupto del título. La casa, dotada, eso sí, de rasgos humanizadores e incluso con sentimientos de ternura y piedad, es quien relata los sucesos que conforman la trama, y, además, también su propia historia, y la de quienes allí han vivido más otros episodios que ha conocido. Se convierte, de este modo, en un narrador superomnisciente y autobiográfico. Por decirlo en broma con un término de moda, la casa hace autoficción. Arranca de su otrora modestísima condición de simple refugio y alcanza tiempos posteriores de mayor empaque.

Una casa sola

Portada de 'Una casa sola'.

Portada de 'Una casa sola'.

Selva Almada

Random House, 2026

156 páginas. 18,90 €

De las muchas cuestiones que la casa ha conocido, la más importante, el meollo argumental de la novela, es la estancia en ella de Damián Lucero, primero solo, y después con Lorena, su mujer, y con sus cuatro hijos.

Allí Lucero y los suyos llevaron una vida sacrificada, él al servicio de un autoritario patrón y ella de criada de una vecina. Fueron, diríamos, buenos tiempos, hasta que ocurrió algo que no se sabe demasiado bien qué fue y por lo cual se marcharon de repente, sin explicaciones y de forma del todo misteriosa. Aunque el matrimonio había arraigado en la casa con voluntad de permanencia, según recalca el relato, la abandonó de buenas a primeras y nadie, además, ha sabido después nada de su paradero.

Tampoco nadie, incluidas las autoridades, ha puesto en ningún caso el menor interés en averiguar qué ha sido de la familia, a pesar de que no falte algún indicio o sospecha de que pudieran existir móviles criminales.

Una casa sola cuenta, por tanto, en toda su pureza y contundente simplicidad el problema de los desaparecidos, y no de aquellos a quienes ocultó y asesinó una dictadura, sino de los de época de normalidad política. La tragedia de los Lucero se enmarca en una realidad social marcada por el primitivismo y la impunidad abusiva de los poderosos. El medio socio-económico no es indiferente a la tragedia, pues Lucero pertenece al grupo muy humilde de tiranizados peones rurales.

La novela adquiere, por ello, una carga de denuncia social y política. Y no se limita, además, a dejar constancia del silencio que cubre el fenómeno de las desapariciones inexplicables. También invita a reaccionar frente al desaliento y al conformismo. Tal papel lo asume la madre de Lorena, la Tata, quien, a modo de alegórica heredera de las Madres de Mayo, se empeña en conocer qué ocurrió y en exigir explicaciones.

La novela trata de un asunto tremendo y tendría que conmover. No lo consigue por su forma artificiosa

Para contar tal historia, la narradora argentina soslaya el realismo testimonial y aplica técnicas impresionistas. Las elipsis y alusiones envuelven la trama. Los sucesos familiares se solapan con descripciones de una naturaleza hostil y violenta. El tiempo tiene un carácter vaporoso y carece de concreción, salvo una ocasional referencia a la guerra de las Malvinas. Las voces de una especie de coro griego interfieren la narración.

De todo ello resulta un relato muy exigente, que llega a niveles de auténtica dificultad a causa del abrumador léxico popular y regional argentino (habría convenido añadir un vocabulario, como hizo Camilo José Cela con los venezolanismos de La catira (1955).

Una casa sola trata de un asunto tremendo y tendría que conmover. No lo consigue. Lo impide la falta de fuerza comunicativa debida a su forma artificiosa y rebuscada, amén de más poemática que narrativa.