Eduardo Mendoza. Foto: Iván Giménez

Eduardo Mendoza. Foto: Iván Giménez

Letras

Eduardo Mendoza: "No rechazaría el Aena ni ningún otro premio, no está el horno para bollos"

El escritor sigue sin cumplir, felizmente, su promesa de abandonar el oficio. 'La intriga del funeral inconveniente' es su nueva novela, otro divertido disparate.

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Habla con esa ligereza tan sui generis que parece que lo dicho tiene menos importancia. Ocurre en sus novelas y con sus personajes, por los que es imposible no sentir afecto (por muy desastrosos que sean). Ocurre, por supuesto, en las entrevistas, aunque tengan por motivo la promoción de una nueva obra. Amén del humor con que a menudo reviste sus historias, en los libros de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) siempre hay un tema de calado que acaso nos remite a la actualidad más urgente.

No es que esta vez haya pretendido hacer una alegoría de la corrupción en nuestro país, pero habrá quien establezca sus propias analogías al descubrir los secretos de algunos personajes que desfilan por La intriga del funeral inconveniente (Seix Barral), un disparate indiscutiblemente mendociano cuya narración, a la manera teatral, se estructura en dos actos.

En el segundo se pormenorizan los hechos deslizados en el primero, de manera que van encajando las piezas. Parecía imposible que entre ellas pudiera haber conexión alguna, pero el magisterio del autor en estas lides (y una presumible disposición del lector a no valorar la eficacia del relato por su verosimilitud) termina por imponerse y la trama, definitivamente, funciona. Además, la voz en primera persona de quien no conviene desvelar su identidad explica la resolución del entuerto en la recta final.

El autor de La ciudad de los prodigios sigue en la brecha, y muy en forma, poco menos que un año después de ser reconocido con el Premio Princesa de Asturias de las Letras y tras haber anunciado en dos ocasiones su retirada. Felizmente se truncó y, a fecha de este lunes, no se ve capaz de cumplir semejante propósito.

Sería un error, decíamos, confundir la bonhomía de Mendoza, fuera de toda duda, con la ingenuidad. En esta entrevista no rehúye ninguna cuestión, ni siquiera las que pudieran comprometerlo. La gentrificación en Barcelona, las tendencias literarias, el premio Aena, la política nacional o su propio futuro. Pero todo lo dice con una serenidad desarmante... hasta cuando duda.

Pregunta. En el discurso de recogida del Premio Princesa de Asturias dijo que todavía se consideraba una joven promesa de la Narrativa Española. Sin embargo, cuando promocionó Transbordo en Moscú y Tres enigmas para la Organización sugirió una retirada de la novela. ¿En qué punto se encuentra ahora mismo?

Respuesta. Intermedio [risas]. Lo que dije en el premio era naturalmente una broma. Me pareció una forma simpática de empezar un discurso de agradecimiento porque ya, claro, tengo una edad y los premios son casi valetudinarios. En ese momento creía que sería mejor que no siguiera escribiendo novelas, que tenía que dejarlo ya, que lo que tenía que decir ya lo había dicho y que a partir de ahora me tenía que dedicar a otra cosa.

»Y cuando lo hube dicho, pensé: 'Bueno, ¿y ahora qué hago yo?'. El día tiene muchas horas y lo que a mí me gusta es esto, ¿por qué no voy a seguir? Total, que me puse a escribir otra novela. Como ya había dicho que no iba a escribir más, tenía una libertad absoluta. Es como si no lo escribiera yo, como si fuera otro, una joven promesa. Y así me salió muy fácilmente y lo pasé muy bien. Y después de la primera, la segunda. Ya llevo dos después de mi retirada oficial.

P. O sea que ahora mismo no se atrevería a volver a decir que se va a retirar.

R. Me atrevería a decirlo, pero no sé si me atrevería a cumplirlo.

P. En todo caso, ¿se siente en forma? La capacidad de fabulación que siempre le ha caracterizado parece no resentirse en absoluto.

R. La verdad es que me siento como siempre. El problema es que hay un momento en que uno ya no se da mucha cuenta de lo que hace. En fin, hay escritores que uno piensa que deberían haberse retirado antes, cuando estaban en su mejor momento. Bueno, escritores y cantantes y futbolistas... Pero eso ¿quién lo hace? Yo tengo avisada a una serie de gente para que me diga con sinceridad: "Mira, ya más vale que esto que has escrito lo escondas ahora mismo y no se lo enseñes a nadie".

"Sería una pena echarlo ahora todo a perder por un afán tonto de seguir de aquí en la brecha"

P. Entonces sí le preocupa lo que se pueda opinar de su obra, al contrario que de sí mismo. Siempre ha presumido de que no le importaba la trascendencia.

R. No, la verdad es que no me preocupa, pero también es verdad que ahora hago balance. El año pasado hizo cincuenta años de la primera novela que publiqué, La verdad sobre el caso Savolta, y el año que viene se cumplen los cuarenta de La ciudad de los prodigios. Y me digo: "Hombre, sería una pena echarlo ahora todo a perder por un afán tonto de seguir de aquí en la brecha, cuando lo que tendrías que hacer es irte a dar de comer a las palomas al parque".

»Pero bueno, como al mismo tiempo me gusta hacer lo que hago y es un trabajo bien cómodo, que no está sujeto ni a plazos ni a servidumbres ni a nada, pues para qué voy a plantearme otra cosa. En fin, bastantes problemas trae la vida para ponerse otros adicionales. Que pase lo que tenga que pasar.

P. Cuando ha dicho que es un trabajo bien cómodo, se me ha venido a la cabeza algo que siempre ha reivindicado: escribir de pie en un pupitre. No sé si con la edad ha ido rebajando esa autoexigencia.

R. Si tienes curiosidad, sigo escribiendo en el pupitre de pie, pero al cabo de un ratito me siento. Yo creo que hay que tener, cuando se escribe, un poquito de actitud. Escribir de pie, aparte de que es saludable para las articulaciones, creo que mentalmente va muy bien. De hecho, estos pupitres eran donde escribían los escribanos: Bartleby y otros tantos. Hay algo ascético en eso. Hay quien escribe en la cama, pero eso a mí ya me parece excesivo [risas].

P. A propósito de la disciplina, ¿cómo ha sido la construcción de esta novela, en la que ocurren muchísimas cosas? ¿Tenía las tramas ideadas antes de emprender la escritura o le iban aflorando conforme avanzaba el proceso?

R. Empecé con una idea, la idea del funeral de una persona y que esta persona, por una serie de confusiones, asiste a su propio funeral. Este personaje, aunque sea un spoiler, era el detective sin nombre de otras novelas. A partir de ahí pensé: "Bueno, ¿y ahora qué pasa? ¿A quién están enterrando?" Y poco a poco fui construyendo la trama. Siempre escribo así, nunca sé lo que va a pasar en la página siguiente, hasta que llega un momento en que eso ya requiere que se le ponga un poco de orden.

"La picaresca me parece estupenda cuando el pícaro es un pobre desgraciado, no un alto cargo"

P. Esta es una historia de tramposos. Seguro que muchos de los que lean la novela no podrán evitar relacionarlo con la corrupción en nuestro país, que nos lega un episodio actualizado cada día. ¿A usted esto qué le provoca? Supongo que le indigna, pero como amante de la picaresca quizás también le divierte…

R. Hay una parte cómica innegable en todo esto que está pasando, pero me produce más indignación. Porque a mí la picaresca me parece estupenda, siempre que el pícaro sea un pobre desgraciado que recurre a estos trucos porque tiene que sobrevivir en circunstancias muy adversas. Ahora bien, que la picaresca la utilicen altos cargos de la administración y empresarios me parece muy mal. No por cuestiones morales, sino porque la gente lo pasa mal, a la gente le cuesta llegar a fin de mes y aquí hay unos tipos que echan mano de las arcas porque están en situación privilegiada. Eso no me gusta nada.

»Yo soy un moralista, como todos los humoristas, así que me molesta menos la picaresca que la corrupción. La corrupción es inevitable cuando hay poder, la naturaleza humana no la vamos a cambiar, pero que uno se crea más listo que nadie… El listillo, esto es lo que me saca de quicio.

P. Aunque esté filtrada por la sátira, hay una alusión a la mirada de desprecio que arrojan los poderosos sobre los desheredados. ¿Cómo logra equilibrar esa crítica con el humor y que no parezca una frivolidad?

R. Uy, mira, no lo sé. La verdad es que yo no pretendo hacer crítica. Una novela es una novela, construyes un mundo paralelo, imaginario, pero, claro, tiene que tener contactos con la realidad del momento. El que se pone a escribir es el mismo que luego está leyendo el periódico, viendo la televisión, oyendo la radio y presenciando lo que sucede. No sé si un escritor puede abstraerse de tener algún contacto con la realidad. Sobre todo, en novelas que pasan en Barcelona en el año 2026.

P. También dijo en aquel discurso del Princesa de Asturias que no le gusta el mundo tal como lo veía. Si nos ceñimos a la más absoluta actualidad, precisamente, ¿qué es lo que menos le gusta? ¿Y lo que más le preocupa?

R. A ver, yo no creo que el mundo en estos momentos esté peor de lo que ha estado siempre. Lo que me indigna y me preocupa es que casi todas las guerras son por tonterías. La original y más famosa y literaria, que es la guerra de Troya, se produjo porque uno le ha robado la mujer a otro. ¿Valía la pena realmente diez años de guerra sangrienta? Se podría haber arreglado de otra manera. Esto es lo que me indigna, la estupidez del género humano que se lanza a estas aventuras sangrientas en las que, además, casi nunca pringa el que lo ha organizado.

P. Respecto a Barcelona, que vuelve a ser casi un personaje crucial en esta novela, ha lamentado en varias ocasiones su transformación en los últimos años. ¿Qué es lo que menos le gusta y lo que más echa de menos?

R. Si me planteo seriamente la cuestión, no te sabría decir si estoy tan descontento. Es verdad que se pierden muchas cosas, pero tampoco son cosas tan importantes. La ciudad se vuelve muy cara, se expulsa a la gente joven, las clases medias tienen que hacer equilibrios por las inversiones de los grandes grupos… Bueno, esas cosas que todos sabemos. Pero por otra parte pienso que tampoco es que vengamos de una ciudad perfecta.

»Es verdad que han desaparecido algunos comercios tradicionales, que hay oficios que se pierden, pero también lo es que están saliendo cosas nuevas, que la ciudad está muy viva. Y está un poco vendida al negocio del turismo, pero de algo hay que vivir… Es decir, o hacemos eso o fabricamos zapatos o buscamos carbón en un agujero, pero de alguna manera hay que trabajar.

"Cuando cierran algún comercio de siempre, me pregunto cuántas veces he ido a comprar últimamente a ese sitio. Ninguna. Pues no me voy a quejar"

»Cuando cierran algún comercio de siempre, me pregunto cuántas veces he ido a comprar últimamente a este sitio. Ninguna. Pues no me voy a quejar. Cerraron hace poco una tienda que vendía mantones de manila… Pues hombre, es una pena, porque hacía bonito, pero la verdad es que contribuí muy poco a los ingresos de este negocio.

»Cuando vives tiempo en otras ciudades, que tienen fama de ser muy eficientes, te das cuenta de que no estamos tan mal, ni mucho menos. Descubres que en las ciudades más importantes del mundo es la misma chapuza, el mismo atasco de todos los días...

P. Fue muy comentada la consideración que le atribuyó el jurado del Princesa de Asturias: "proveedor de felicidad", rezaba el acta. A usted le gustó mucho, según reconoció en el discurso. ¿Cuál cree que es el rasgo de su obra que más felicidad ha reportado a sus lectores?

R. Primero habría que ver lo que entendemos por felicidad. Me he dado cuenta con el tiempo de que mis novelas de humor, que están hechas un poco deprisa pero trabajadas seriamente, quizás no han dado tanto como felicidad, pero sí consuelo y bienestar a mucha gente. Muchos lectores me han dicho que, en un momento difícil, una novela mía les había animado. Esa es una cosa bonita. No sé si he dado felicidad, pero con esta frase me la han dado a mí.

P. El humor, desde luego, parece que ha sido determinante. Un humor que arraiga en el disparate. Quizás esa deformación de la realidad se debe a que esta no le parece suficientemente atractiva.

R. No lo sé. A mí me gusta el género del humor y tengo referentes muy ilustres: la picaresca, el Quijote, el esperpento… Se me ocurrió practicar el humor en la novela, que era una cosa muy infrecuente. Estaba en el teatro, en el cine, en la televisión, en los humoristas que contaban chistes, en Gila... Pero la novela es otra cosa. No es un género en el que el humor esté muy aceptado. Si haces una lista, verás que es muy escasa. Saliendo de la picaresca, luego se refugia en Inglaterra y por ahí está Dickens, pero la gran novela es dramática, naturalista…

»No tenía un plan, pero un día me encontré escribiendo novelas de humor sin saber muy bien por qué, cuando publiqué El misterio de la cripta embrujada. Desde entonces lo he seguido practicando, alternándolo con otro tipo de novelas más serias, y últimamente creo que ya estoy un poco fuera de las grandes ligas.

"No creo que la novela sea el sector cultural más necesitado de mecenazgo"

P. Es que ahora está muy de moda promocionar las obras literarias por su capacidad perturbadora, la incomodidad que suscita… ¿se siente alejado de esa tendencia imperante?

R. Sí, sí, sí. La leo, o sea, no rehúyo este tipo de literatura y hay cosas que últimamente me han parecido muy interesantes. Pero yo, por supuesto, no me veo ahí. Uno no tiene capacidad para hacer lo que quiere, sino lo que puede. Y lo mío es esto, no otra cosa.

P. ¿Qué libros son esos que ha leído últimamente?

R. No me gusta dar nombres porque en cuanto das uno, piensas que has dejado de dar otro. Pero me refería al libro El buen mal, de la ganadora del premio Aena, Samanta Schweblin. No puede ser una literatura más distinta de la mía, y desde luego que no se pasa un buen rato leyéndola, pero son unos cuentos espléndidos que llegan hasta el hueso.

P. Hay uno, concretamente, que es demoledor: "El ojo en la garganta".

R. Bueno… La angustia que da ese cuento es horrorosa.

P. Por cierto, usted que atesora los premios literarios más jugosos de los que otorga el Estado, ¿cómo ha seguido la polémica con el Premio Aena? Se ha criticado muy duramente el derroche de dinero procedente de una empresa de mayoría pública, mientras que desde Aena hablan de una "musculosa iniciativa de mecenazgo" como una parte de la responsabilidad social corporativa de las empresas. No sé si tiene una opinión al respecto.

R. No tengo una opinión muy clara, pero no creo que la novela sea el sector cultural más necesitado de mecenazgo. Lo que no voy a hacer es meterme con un premio que quizás algún año me caiga a mí [risas].

P. O sea, que si lo eligen entre los finalistas el año que viene, no lo rechazaría.

R. No, no, yo no rechazo nada. No está el horno para bollos.