El escritor Adolfo García Ortega.

El escritor Adolfo García Ortega. Leo Pérez

Letras

'Los falsarios, un popurrí literario inclasificable para viajar a la luna

El traductor y escritor Adolfo García Ortega propone un viaje delirante que fusiona ensayo, poesía y humor, rescatando el mito de si la luna estaba o no habitada.

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Resulta imposible definir Los falsarios, nueva obra del prolífico y versátil Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), con un único término. Se diría que se ha propuesto aglutinar en ella los géneros que, aparte el trabajo como traductor, integran su corpus literario, la narración y la poesía.

Portada de 'Los falsarios'.

Portada de 'Los falsarios'. Impedimenta

Los falsarios

Adolfo García Ortega

Impedimenta, 2026. 171 páginas. 20,95 €

El libro se somete, además, a la andadura ensayística, no lejana, incluso, del estudio académico como lo evidencia el que reproduzca la cubierta de monografías antiguas y que en ocasiones agregue digresiones en notas a pie de página. Por otra parte, ilustraciones a toda página (un luciferino murciélago o el reloj “Omega Speedmaster Professional First on the Moon” del anexo) indican la vertiente lúdica de semejante popurrí literario.

Toda esta impronta de creatividad sí tiene, en cambio, un objetivo sólidamente unitario, hablar de la luna. Con la llegada del hombre a nuestro satélite natural, con la ocasión primera en que una persona, Neil Armstrong, lo pisó en 1969, nuestro satélite perdió por entero su dimensión mítica.

Así lo afirma, a modo de tesis, García Ortega: “Se entraba desde ese momento en el futuro, un futuro que suponía el final de la Luna como evasión de la nostalgia, como amparo de los orates o como fantasía escapista”. Dicho lo cual, ya tiene expedito el autor el camino a recorrer para recontar, revisar, desmitificar, burlarse o solo glosar dichas actitudes de nuestros congéneres a lo largo de la historia.

García Ortega hace esta indagación histórica cual juez que lleve a cabo una instrucción prospectiva y acumula un sinnúmero de testimonios de todo tiempo y de diferentes clases. Fruto de una curiosidad dilatadísima, el escritor repasa las figuraciones incorporadas al satélite desde la antigüedad, en el esoterismo egipcio o en la mitología grecorromana.

No deja de poner un punto de sentido común al observar las prudentes reservas formuladas por la Ilustración. Y rescata y comenta libros dedicados a la luna desde el siglo XVIII y durante la centuria siguiente, entre cuyos autores no puede faltar Julio Verne, quien, a pesar de su prodigiosa inventiva visionaria, no llegó a poner al hombre en la superficie del satélite.

También da cuenta García Ortega de varios títulos de indeliberada ciencia ficción y, en un pasaje bien ameno del libro, se extiende en una extraña “Sociedad de Falsarios de la Luna”, la cual, constituida a la manera de las sociedades secretas de masones o rosacruces, “tenía como única finalidad la elaboración de teorías chocantes o esnobs sobre la habitabilidad” del satélite.

Buen jugo le saca nuestro autor al asunto de si la luna estaba o no habitada, y se recrea en contarnos los presuntos tipos de habitantes, los refinados y alados “selenios”, los velludos y agresivos “vespertillos” y los brutos y gigantescos “castores”.

Buen jugo le saca el autor al asunto de si la luna estaba o no habitada, y se recrea en contarnos los presuntos tipos de habitantes

Con amplitud selecciona García Ortega el libro De la lune habitée par la terre, de un misterioso Émile-Marie Wolf, quien ocultaría a su verdadero autor, Marcel Proust, según la frustrada investigación de André Breton y Benjamin Péret.

No habrá que señalar el territorio lúdico en que nos adentra la jocosa hipótesis. Y las páginas antologadas del tal Wolf suponen una invención desatada y un satírico paralelismo con los hábitos terrestres: la preeminencia de la burguesía, la construcción de una torre de chatarra que se verá desde la tierra, la lujuria selenita... y otras ocurrencias y disparates.

Ante un discurso tan lunático (con perdón) como el de Los falsarios caben dos opciones: salir corriendo o entregarnos a disfrutar el juego del apócrifo, el humor y la libérrima creatividad.