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Letras

¿Es la IA el nuevo oráculo de Delfos?: del culto a los dioses a la fe en los algoritmos

La filósofa y profesora Carissa Véliz reflexiona en el ensayo 'Profecía' sobre nuestra obsesión por anticipar el futuro mediante la tecnología.

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Convivimos mal con la incertidumbre. El ser humano lo ha demostrado a lo largo de los siglos echándose en brazos de adivinos que ofrecían el bálsamo de la predicción. Alrededor de esa necesidad nacieron negocios desde la Antigüedad hasta nuestros días. Lo contó Thomas de Quincey en su ensayo sobre el Oráculo de Delfos.

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Profecía

Carissa Véliz

Debate, 2026. 456 páginas. 22,90 €

En nuestros días, el papel de los viejos oráculos lo ocuparían científicos sociales de cariz tecnocrático o los ingenieros de Silicon Valley. Un salto argumentativo ambicioso y discutible que Carissa Véliz (1986), filósofa hispano-mexicana-británica y profesora de la Universidad de Oxford, afronta en Profecía, un ensayo a la altura de esa ambición.

La autora ya se había ganado prestigio como auscultadora de la cara B del avance tecnológico en libros como Privacidad es poder.

La tesis central del libro es que las predicciones no son tanto herramientas de conocimiento como instrumentos de poder. Lo que solemos entender como pronósticos objetivos constituyen a menudo una forma de orientar decisiones.

La autora no niega la utilidad de la estadística, pero cuestiona la ingenuidad con la que hemos acabado confundiendo predicción y verdad. El salto más arriesgado es el de considerar que no hay un cambio en la cuestión de fondo al usar herramientas basadas en la ciencia.

Frente a la ansiedad predictiva o a la resignación, Véliz propone aprender a convivir con lo imprevisible

Entre consultar el horóscopo y pedirle un pronóstico a ChatGPT puede haber una diferencia de grado, pero no de fondo. “Donde hay predicciones, hay estafadores”, dice Véliz, y añade: “Donde hay predicciones, también hay poder”.

La primera parte reconstruye la historia de la predicción, y por aquí desfilan la Grecia clásica, Roma, los oráculos, los astrólogos y los primeros intentos de convertir la incertidumbre en cálculo. Lo que interesa a la autora es desentrañar el lado político de las profecías, y no tanto si funcionaban.

La segunda parte recorre la revolución probabilística, clave en la tecnología actual. Con la estadística moderna, la humanidad dejó de leer entrañas para buscar patrones matemáticos. El progreso fue espectacular, y la autora lo aplaude.

¿Cómo no? La predicción meteorológica o la epidemiología son impensables sin ese giro cuantitativo. Pero detrás de este progreso había un precio, porque la creencia en que todo podría terminar siendo predecible derivó en una confianza excesiva que desembocaría en la IA, la gran protagonista del libro.

La IA sería el nuevo Oráculo de Delfos. Del mismo modo que los antiguos peregrinos acudían al santuario en busca de respuestas, gobiernos, empresas y ciudadanos depositan hoy una confianza creciente en sistemas algorítmicos que clasifican riesgos, asignan recursos, detectan delincuentes potenciales o determinan nuestra visibilidad en internet.

Toda predicción, sostiene, comparte cinco rasgos fundamentales: es una conjetura, incorpora deseos, implica relaciones de poder, encuentra límites insalvables y puede causar daños. Como ha dicho en más de una ocasión el profesor Manuel Arias, “toda predicción se sostiene secretamente en el deseo”.

En cualquier caso, más que develar la realidad, la modela. Una de las acusaciones al ecosistema de casas encuestadoras es ese: que al medir la realidad política, de algún modo la crean.

Véliz desarrolla también la noción de “profecía autocumplida” a través de ejemplos históricos y contemporáneos, desde pánicos bancarios hasta conflictos geopolíticos.

En la última parte, la autora discute el utilitarismo, critica ciertas corrientes asociadas al altruismo eficaz y reivindica una ética menos obsesionada con calcular consecuencias futuras y más atenta a ideales como la verdad, la virtud o la belleza.

La democracia necesita incertidumbre. Si el resultado estuviera siempre predeterminado, desaparecería lo que nos hace libres.

Mejor, por tanto, fijarse en Epicuro que en los estoicos, ahora tan populares. Frente a la ansiedad predictiva o a la resignación, propone aprender a convivir con lo imprevisible.

Quizá la solución consista en que nos lo recomiende un chatbot.