Francisco de Asís. Retrato de Dirck van Baburen, hacia 1618. © Museo de Historia del Arte de Viena

Francisco de Asís. Retrato de Dirck van Baburen, hacia 1618. © Museo de Historia del Arte de Viena

Letras

Francisco de Asís, el santo de los pobres que despreciaba los libros y señaló un mundo enfermo de vanidad

El aniversario de su muerte, ocho siglos atrás, propicia el regreso a las librerías del estudio que le dedicó Jacques Le Goff. Fascinado por su carisma, sostiene que la revolución del 'poverello' tuvo tanto de progreso como de reacción.

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Cuenta la tradición que, en 1206, el hijo de un rico mercader de Asís, un veinteañero llamado Francisco, le robó a su padre un fardo de paños, cabalgó hasta Foligno –apenas veinte kilómetros– y allí vendió la mercancía por una suma considerable. A su vuelta donó el dinero a la Iglesia; en concreto, al pobre clérigo de San Damiano, que carecía de medios para reparar el templo. Furioso por la desaparición de los paños, el padre lo mandó buscar. Pero Francisco se había escondido ya en una bodega abandonada, donde un amigo lo alimentó en secreto durante alrededor de un mes.

San Francisco de Asís

Jacques Le Goff

Traducción de Eduardo Carrero
Akal, 2026
216 páginas. 18 €

Después, el joven decidió salir y asumir responsabilidades. Sus paisanos, al verlo demacrado y sucio, le tomaron por loco: se burlaron de él y le tiraron barro y piedras. Al enterarse, el padre salió a buscarlo, lo apresó y lo encadenó en su casa. Pero a los pocos días su madre, compasiva, lo liberó; él corrió entonces a casa del obispo, donde escenificó su irreversible transformación interior: entregó todo lo que tenía, se quitó la ropa y, desnudo, proclamó su renuncia.

Con aquel gesto, el futuro santo sellaba su separación de un mundo que consideraba enfermo de vanidad. La conversión se consumó en los siguientes dos años: primero, al besar a un leproso; más tarde, en la capilla de San Damiano, al oír la voz de Dios, que le decía: "Francisco, ve y repara mi casa, que, como ves, está en ruinas".

Según sus primeros biógrafos, Francisco aún tardó un tiempo en comprender bien el sentido de su búsqueda. Lo haría en la ermita de la Porciúncula, "el lugar que más quería", considerada hoy la cuna del movimiento franciscano. En aquel humilde oratorio, oyó a un sacerdote leer el capítulo 10 de Mateo, donde Jesús prescribe la renuncia material –al oro y la plata, pero también a cualquier cosa que no sea una túnica y un par de sandalias– e invita a ir casa por casa, y entrar en ellas.

En ese momento, 1208 o 1209, Francisco elige una sola túnica, la de tela más áspera y desagradable que encuentra, un cordón y un crucifijo, y se transforma en misionero. "Había nacido Francisco", escribe Jacques Le Goff (1924-2014) al terminar su descripción del episodio, "e iban a nacer los franciscanos".

La editorial Akal recupera ahora, en vísperas de celebrar el 3 de octubre 800 años de la muerte del santo, los principales textos que el prestigioso medievalista francés dedicó a una de las figuras más carismáticas e influyentes de la cristiandad.

El libro incluye cuatro estudios independientes, escritos en momentos distintos, que abordan la personalidad y el legado de San Francisco desde diferentes perspectivas: el primero, de 1981, analiza el contexto histórico en que surgió su figura; el segundo, de 1967, constituye el núcleo del libro y detalla la biografía del santo, de forma sencilla, divulgativa; los dos últimos, publicados respectivamente en 1973 y 1981, de carácter más especializado, añaden a lo anterior un estudio del vocabulario y de los modelos culturales del siglo XIII, y un análisis crítico de las principales biografías del santo, todas ellas condicionadas por el culto a su persona.

La aproximación crítica a los textos antiguos está entre lo más interesante del análisis de Le Goff, pues permite hacer una lectura contemporánea del legado franciscano y discernir con cierta claridad entre la verdad y la propaganda. Tres fenómenos fueron decisivos, señala el historiador, en la orientación de Francisco de Asís: "La lucha de clases, el ascenso de los laicos y el progreso de la economía monetaria".

Francisco, hijo de mercader, se situaba socialmente entre las clases populares, a las que pertenecía por nacimiento, y la aristocracia, con la que compartía cultura y modo de vida, gracias a la fortuna familiar. Según Le Goff, esto le hizo "particularmente sensible" a los conflictos sociales y políticos, en los que él mismo participó antes de su conversión.

San Francisco desconfiaba de los sabios, pues creía que la ciencia, según Le Goff, era "una forma de posesión"

Sin ese contexto biográfico no se entendería, por ejemplo, la horizontalidad de su discurso, dirigido sobre todo a los laicos, pero que congregaba a ricos y pobres, a nobles, gente de más o menos cultura, mercaderes, reyes, príncipes e incluso niños. "El santo llega, he aquí el santo", se gritaba en las plazas, antes de su aparición; y una vez aparecía, la multitud se acercaba para verle, tocarle y escucharle.

Francisco vivió una época de profundo cambio en las mentalidades. Además del uso del dinero, se extendieron la división del trabajo y el empleo asalariado. Con la normalización de la moneda, apareció su enérgica condena (aunque los franciscanos, con el tiempo, se adaptaron e integraron su uso incluso dentro de la propia orden).

El fundador de los hermanos menores propugnó la mendicidad absoluta ("cima sublime de esta extrema pobreza que ha hecho de vosotros, mis queridísimos hermanos, herederos y reyes del reino de los cielos", escribió); al voto de pobreza añadió los de obediencia y castidad. Por otro lado, pedía a sus seguidores, como hacía Jesús en el capítulo del Evangelio que él había escuchado en la Porciúncula, que abandonasen a su familia y se uniesen a él.

Aunque dejó obra escrita –en realidad, muy poca: dos Reglas, el Testamento, las cartas, las oraciones, algunos textos litúrgicos–, el santo italiano llevó a cabo su misión casi en exclusiva mediante el ejemplo, y tanto él como sus hermanos dedicaron su vida a la predicación itinerante. En 1219, su labor misionera lo llevó hasta Egipto, en plena quinta cruzada, donde se reunió con el sultán Al-Kamil.

No quería universitarios en sus filas. Despreciaba los libros, incompatibles, a su juicio, con la práctica de la pobreza: eran muy caros y, por entonces, no se consideraban herramientas de trabajo, en cuyo caso habrían tenido un pase (a los hermanos artesanos se les permitía la propiedad de lo necesario para ejercer su oficio, aunque no podían percibir salario a cambio). Desconfiaba de los sabios, pues creía que la ciencia, en palabras de Le Goff, era "una forma de posesión y los doctos, un tipo particularmente temible de poderosos".

El saber era para él una fuente de "orgullo" y "dominación", de poder intelectual, contrario al mandato de ser humilde. Con el tiempo, sin embargo, como ocurrió con otros aspectos de su doctrina, reculó y se sirvió de sabios, a los que consultaba; asimismo, la orden no tardó en evolucionar, posibilitando la coexistencia de la espiritualidad franciscana más ardiente con una vasta sabiduría, como muestran los casos de Ramón Llull o Roger Bacon.

Al tomar como modelo a Cristo, esto es, al Dios hombre, Francisco "devolvió al humanismo las ambiciones más altas"

El asunto de la obediencia ilumina un aspecto clave de la personalidad de Francisco, que siempre detestó el poder. Aunque los hermanos debían obediencia al prelado (condición que él siempre rechazó para sí mismo), tenían derecho a no obedecer cualquier orden contra animam, y los prelados estaban obligados a la humildad y a cumplir con su función "como si se tratara de lavar los pies a los hermanos".

Como otros revolucionarios de la iglesia, fue una mezcla de progreso y reacción. Impulsó el habla vulgar –escribió mucho en italiano– en una época de predominio del latín y quiso una iglesia integradora. En su interpretación del Evangelio, sin embargo, fue, dice Le Goff, "netamente reaccionario". Para Francisco, para los franciscanos, el Evangelio, el Nuevo Testamento, era la base de todo.

Con una intransigencia por momentos rayana en la herejía –obviaba a la curia y más de un milenio de tradición cristiana–, los franciscanos promovieron un "retorno a las fuentes", la salvaguarda de unos "valores esenciales" frente a la evolución. Dicho esto, Le Goff, obviamente fascinado por la figura del santo, no oculta las innovaciones de quien, en puridad, era un ortodoxo. Según él, al tomar como modelo a Cristo, esto es, al Dios hombre, Francisco "devolvió al humanismo las ambiciones más altas".

Por otro lado, sacó a los monjes del aislamiento, al alejar de sí mismo la tentación de soledad e imponerse ir al centro de la "sociedad viva", las ciudades y las plazas, donde predicó con más frecuencia. Al proponer un ideal positivo, de amor a todas las criaturas y a la creación –Dios está en todas las cosas–, transformó la sensibilidad y la tradición monástica previa, que venía de ser más bien triste, incluso masoquista. Así, desde la alegría, siendo "el más pobre entre los pobres", el poverello lleva casi un milenio siendo uno de los guías de la humanidad.