Jorge y Teresa Guillén en Cambridge, Massachusetts, CA. 1970.

Jorge y Teresa Guillén en Cambridge, Massachusetts, CA. 1970.

Letras

'Cartas a Teresa', el epistolario de Jorge Guillén a su hija que revela al poeta más cordial, familiar y cosmopolita

Un volumen recoge toda la correspondencia que el poeta de la Generación del 27 mandó a su hija, donde habla de su exilio, sus viajes, lecturas y la vida cotidiana de la familia.

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Biografías, memorias y epistolarios han parecido entre nosotros (hasta no hace mucho) géneros o modos menores. Sin embargo, vamos viendo su importancia y la riqueza que poseemos. ¿Quién recuerda que hay notables epistolarios de Lope de Vega, Quevedo o Góngora? Algo se recuerda el muy gran epistolario de Juan Valera. Y, más cerca, he señalado a menudo que, cuando se edite completo el epistolario de Vicente Aleixandre, tendremos una obra mayor. Igual se puede decir de Jorge Guillén (1893-1984). En sus sabrosas cartas a Pedro Salinas veíamos la amistad, el cotilleo de muchos vuelos (con dicterios) y la cultura.

Cartas a Teresa (1948-1984)

Jorge Guillén

Galaxia Gutenberg, 2026. 889 páginas. 29 €

Estas muy abundantes cartas escritas a su hija Teresa (1922-2019) y a toda la familia y entorno, muestran no solo el cosmopolitismo y los muchos viajes de Guillén, sino el lado, en general, más cordial y amable del personaje. Guillén aparece aquí como un caballero optimista cabal y bueno. La frase que le dice a Teresa sobre la familia lo resume bastante bien: “¿Y cómo hemos vivido? Muy sencillo: en amor y en verdad”.

La primera carta está fechada en París en enero de 1948 (hace poco que ha muerto su primera mujer, la francesa Germaine Cahen) y la última en Málaga –donde llevaba tiempo viviendo– en febrero de 1983, un año antes de su muerte. La despedida vuelve a dar el tono –el natural del poeta– de un rico y cuidadosamente escrito epistolario amable: “Abrazos, besitos. Vuestro JORGE”.

El bastante errabundo Guillén (que vivió en EE. UU. y en Italia) se instaló en España en 1975, todavía con alguna entrada y salida. Antes, ha venido muchas veces. En 1949, exactamente, entra por Irún, para dirigirse a Valladolid. Su intención es visitar a su padre enfermo.

Las cartas dan cuenta de este periplo. Después irá a Madrid, donde se encuentra con Vicente Aleixandre y varios poetas, entre ellos José Luis Cano o Carlos Bousoño. Me permito contar que yo conocí a Guillén en el otoño de 1973, en uno de esos viajes algo “secretos”, conectado por Aleixandre. Parte de una “Tercera España”, Guillén, ni de izquierdas ni fascista (Cernuda llamó a Salinas y a Guillén “poetas burgueses”), no quiso radicarse en la España de Franco, pero le gustaba venir de visita. Claro, no hacía actos públicos, ni conferencias, ni entrevistas.

Estas muy abundantes cartas muestran no solo los muchos viajes de Guillén, sino el lado más cordial y amable del personaje

Teresa Guillén, la principal destinataria de las cartas (y quien las conservó), estuvo casada con el hispanista estadounidense Stephen Gilman, que tuvo mucho renombre –recuerdo sus trabajos sobre La Celestina– y su otro hijo, Claudio Guillén (“Claudie” familiarmente), fue un gran estudioso y, acorde a su mundanidad, notorio en literatura comparada. “Antó” (de Antonio Gilman) es, diría, el nieto favorito de Guillén, cuyo amor y simpatía son muy visibles.

Es lógico entender que, en esa familia, universitaria y entre universidades, las amistades responden al mismo canon cultural. Y en el entorno familiar el afecto es el rey. Teresa es múltiplemente elogiada como hija ejemplar, y lo centra en una expresión que se reitera por su acierto (muy guilleniano). La quiere, dice: “Más, más, más: arrebato”.

Estamos ante un epistolario culto y con cultura por las mil personas citadas que se relacionan con el saber, desde el querido y al parecer gruñón “don Américo (Castro)” hasta los encuentros con Octavio Paz a Montale o Pasolini. Guillén está interesado por cuidar (y hacer) su obra, pero en estas cartas parece menos centrado en ese tema que en otras. Todo es educación, buen estilo, buena crianza. Se escapa raramente algún reproche. De La estación total de Juan Ramón Jiménez, afirma: “Poemas buenos, pero el conjunto es flojo. ¡Y qué narcisismo –hasta un grado satánico–!”.