El autor francés Jean-Baptiste del Amo. Foto: SG

El autor francés Jean-Baptiste del Amo. Foto: SG

Letras

Jean-Baptiste del Amo reinventa la casa encantada: "Le otorgo una dimensión orgánica, casi humana"

El escritor francés se lanza al terror en 'La noche devastada', una novela ambientada en los 90 en la que aborda su propia adolescencia en el extrarradio de Toulouse.

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Jean-Baptiste del Amo irrumpió en 2008 como un huracán con Una educación libertina, novela que obtuvo el Premio Goncourt a la primera obra. Entonces trabajaba como asistente social, y la noticia le resultó tan desbordante que llegó a sentir una especie de extrañamiento, como si no le estuviera ocurriendo a él. Pero la crítica no se equivocaba. Ambientada en el Siglo de las Luces, aquel debut ya dejaba entrever su universo: un París de época convertido en un decorado casi fantasmagórico, una ciudad de múltiples pliegues capaz de transformarse con cada página.

Después llegarían títulos como La sal, donde exploraba las relaciones familiares a través de una potente metáfora orgánica, y Animalia, finalista de los premios Goncourt, Femina, Médicis y Wepler. Con El hijo del hombre obtuvo el Premio Fnac y regresó a uno de los ejes centrales de su obra: los vínculos paternofiliales atravesados por la violencia.

Ahora publica La noche devastada (Seix Barral), una novela en la que se adentra sin reservas en el territorio del terror. Destacada por Lire Magazine como novela del año, la obra no solo nos sumerge en un pueblo del sur de Francia tan claustrofóbico como cambiante, sino que conecta, de forma inquietante, con la propia adolescencia del autor en el extrarradio de Toulouse. Con ecos de Stephen King, Del Amo construye un relato que funciona tanto como homenaje al género como exploración de los miedos íntimos de toda una generación.

Ambientada en los años noventa, la novela sigue a Alex, Mehdi, Max, Thomas y Lena, un grupo de adolescentes que despiertan una mañana con la noticia del suicidio de un compañero. Pronto, sin embargo, la certeza da paso a la sospecha. A medida que recuerdan e investigan, emerge un elemento común: un sueño recurrente que todos comparten, en el que aparece una casa abandonada. Deciden entonces hacer lo mismo que hizo el joven fallecido: cruzar su umbral. Y, a partir de ese momento, todo cambia.

Pregunta. De una obra a otra, su escritura ha evolucionado considerablemente, ¿no cree?

Respuesta. En efecto. Muchas veces es el propio proyecto el que define mi relación con el idioma. Cuando escribo un libro como Una educación libertina o Animalia, con un fuerte trasfondo histórico y temporal, el lenguaje me lleva hacia algo más barroco, más abundante, más lírico.

»En cambio, en un libro como El hijo del hombre, que funciona como contrapunto de Animalia, con solo tres personajes y unidad de lugar, mi escritura se volvió más concisa y compacta, aunque siempre conservando ese fondo que la caracteriza: algo orgánico, encarnado, muy físico.

»Con La noche devastada, me acerqué a mi propia historia, a los años noventa. Ese lirismo o barroquismo de mis novelas anteriores ya no funcionaba. Había una necesidad de avanzar hacia una lengua más inmediata, sin renunciar a una ambición estilística, pero con un impulso claro hacia lo contemporáneo. Por otro lado, ya no tengo la necesidad de demostrar nada a nadie como escritor. Me siento más libre. Ya no busco “hacerlo bonito”, y eso ha permitido que mi escritura evolucione de esta manera.

P. Usted defiende lo imaginario frente a una literatura muy anclada en lo real: ¿qué papel debe desempeñar hoy la ficción?

R. Pienso que vivimos en una sociedad en la que la realidad ejerce sobre nosotros una especie de tiranía. A través de los medios y de los dispositivos conectados, estamos expuestos a un flujo continuo de realidad, a opiniones inmediatas que se producen al instante. También estamos inmersos en una literatura muy centrada en lo real, en el testimonio, que puede dar lugar a textos de gran calidad, pero cuyo predominio me interesa cuestionar.

»Creo que la literatura no tiene como vocación restituir la realidad tal cual es, sino desvelarla. Para mí, no se trata de adherirse a la realidad, sino de alcanzar la poesía de su propia esencia. A partir de la realidad, existen mil relatos posibles. Hoy en día, creo que nos falta ese imaginario que, para mí, es precisamente lo que más me interesa explorar desde mi lugar como escritor.

P. Sus libros suscitan reacciones muy intensas. ¿Cree que la literatura puede llegar a desestabilizar?

R. No lo creo en absoluto. Puede desestabilizar a un lector individual, a quien decide conectar con el libro y se muestra receptivo. Pero a escala de un grupo o de una sociedad, no. Era un deseo que tenía cuando era más joven, pero hoy en día no creo que la literatura pueda cambiar el mundo.

P. Escribió La noche devastada a partir de sus propios recuerdos. ¿Hay algún personaje de ese grupo de adolescentes con el que se identifica?

R. Creo que proyecté algo de mí en cada uno de los miembros de esa pequeña banda. Como Tom, yo era un apasionado tanto del cine de terror como de la entomología. Como Mehdi, sufrí violencia y acoso por parte de otros compañeros. Como Max, descubrí mi homosexualidad durante esos años.

»Lena quizá sea el personaje más distante, aunque comparte conmigo esa idea de la fotografía -en mi caso, la escritura- como un espacio de evasión. Ella encarna, para mí, a la amiga ideal, la que soñaba con tener cuando era adolescente, y al mismo tiempo al adolescente que me habría gustado ser, por su coraje. Por eso, todos los personajes contienen algo de mí.

P. También evoca a otro “personaje” presente a lo largo de la novela: una casa abandonada. ¿Representa a un personaje, una metáfora o un dispositivo narrativo?

R. Es todo eso a la vez. Es un personaje, porque se convierte en un punto central de la novela, en un hilo conductor en torno al cual gravitan los demás. Llega a adquirir una dimensión orgánica y, por tanto, casi humana.

»También es un dispositivo narrativo, porque tuve que pensar la novela a partir de ese elemento. Sabía que, al proponer una novela de terror a lectores que no necesariamente son aficionados al género, debía atraparlos de otra manera. Trabajé la construcción del libro en torno a esa idea: cómo una casa puede contaminar la vida de los personajes, cómo el texto puede pasar de la crónica social al horror puro y asumido. El verdadero horror irrumpe en la segunda parte de la novela, de modo que el lector, atrapado por el deseo de saber qué sucede, ya no puede soltar el libro.

Jean-Baptiste del Amo. Foto: SG

Jean-Baptiste del Amo. Foto: SG

P. A quien, desde luego, le gusta este género es a usted. De joven fue un apasionado del horror a través del cine y la literatura. ¿Sigue siendo lector de ese tipo de historias?

R. Ya no tanto. Lo que echo en falta es la renovación formal dentro de este género. Con los años me he vuelto más exigente. Sin embargo, sigo viendo películas de terror, porque en el cine no busco necesariamente esa misma exigencia formal: puedo disfrutarlas sin pedirles más.

»En literatura, en cambio, los códigos del género ya me resultaban familiares desde la infancia. Por eso preferí conservar ese recuerdo e intentar descubrir cómo escribir una novela de terror en el contexto francés que fuera, además, una obra de calidad.

P. Ha dicho que la adolescencia refleja “lo que somos hoy colectivamente”. ¿Por qué cree que esta etapa es clave para comprender nuestra época?

R. Porque la adolescencia es, en términos generales, el momento de la confrontación con la edad adulta y con la brutalidad del mundo. Es un momento a veces anodino, pero en el que tomamos conciencia de que algo va a cambiar para siempre. Creo que, simbólicamente, dice mucho de nuestra sociedad.

»Para mí, La noche devastada habla de los años noventa, de ese momento en el que nos dimos cuenta de todo lo que habíamos perdido y de que no volvería jamás: el fin de ciertas ilusiones. En ese sentido, la novela tiene una dimensión claramente metafórica.

P. Al leer el texto se percibe una gran diferencia entre los personajes adultos y los adolescentes.

R. Sí, es algo inherente a la adolescencia: esa incomunicación casi total con la generación de los padres. Es un periodo de desapego en el que empezamos a mirar de forma crítica lo que nos rodea -la vida de los adultos- y buscamos construir nuestra propia singularidad. Me interesaba observar cómo estos personajes viven esa falta de comunicación y cómo intentan verbalizarla. Y no solo en relación con sus padres, sino también entre ellos mismos, porque incluso dentro del grupo hay secretos.

P. Y, en particular, en esa generación de los noventa, ¿cree que se rompió una forma de pensar más libre?

R. Sí, sin duda. La generación de mis padres vivió Mayo del 68: una revolución social que les hizo creer que otra forma de vida era posible. Experimentaron nuevas libertades en el papel de la mujer, en la apertura de la sexualidad, pero finalmente la realidad económica los alcanzó. Tuvieron que integrarse en el sistema: trabajo a tiempo completo, familia… Y mi generación llegó después, con la sensación de que ya no podía soñar. Como si estuviéramos condenados a repetir el modelo económico, social y laboral de nuestros padres.

»Para nosotros, la adolescencia fue una especie de “no-lugar”. No teníamos una cultura común claramente definida. Vivimos el paro, el sida, una cierta sensación de morosidad, de estancamiento. Sin embargo, sí había referencias compartidas: los videoclubs, la música de Nirvana, el aburrimiento, el miedo al sida… Todo eso acabó creando una cultura común y nos unió.

P. Y el género del horror, más allá de su gusto personal, ¿cree que pertenece de algún modo a esa generación de los noventa?

R. Antes de abordar ese periodo, quise explorar en mis novelas el territorio de las periferias urbanas, porque es un tema muy poco tratado en la literatura francesa. Durante mucho tiempo, los escritores franceses procedían de una cierta élite, de familias acomodadas, formados en instituciones como la Sorbona, a diferencia de Estados Unidos, donde muchos autores se formaron en la calle.

»En Francia se consideraba que, para escribir, había que mantener una relación muy “sabia” con el lenguaje, algo menos presente en la tradición estadounidense. Por eso, los autores que han empezado a explorar estos territorios son relativamente recientes. Pienso, por ejemplo, en Nicolas Mathieu o en mí mismo: voces que hablan de espacios que durante mucho tiempo no se consideraban novelables.Y, sin embargo, quienes hemos crecido en esos lugares sabemos que son territorios donde puede ocurrir de todo: dramas íntimos, verdaderos espejos de la sociedad. No todo sucede en París.

»Por otra parte, los años noventa fueron muy íntimos para mí, porque es cuando construí mi identidad. Quería sumergirme de nuevo en ellos y rendirles, de alguna manera, un homenaje. La forma más honesta de hacerlo era a través de la ficción, no del realismo. Quería hablar de la amenaza, y la manera más justa de hacerlo era mediante el espacio imaginario del horror, como me ocurrió durante mi propia adolescencia. Ese género me permitió comprender ciertos aspectos del mundo. Y eso, en gran medida, no se había hecho en la literatura francesa, aunque sí en la latinoamericana. No tenemos la misma herencia narrativa: mientras allí existe el realismo mágico, nosotros tenemos el Nouveau Roman.

P. Si volviera a ser ese adolescente, ¿qué le diría?

R. Uf… no volvería. Pero creo que intentaría quitarle el miedo. Tenía miedo de confesar mi homosexualidad, de no encontrar el amor, de acabar solo… Intentaría tranquilizar a ese chico que fui. Le diría que no se preocupe, que encontrará su lugar.